Morfema Cero

  • Cuaderno pautado: Xashaca

    Cuaderno pautado: Xashaca

    Ta Megala          

    Fernando Solana Olivares

    —Pero mire usted —dijo el hombre desde el Portal de Mercaderes, atiborrado de un sol calcinante, pesadísimo, junto al animal suntuoso de la Catedral, con su reloj colorido untado en la torre, y toda la gente dando vueltas, protestando, paseando, vendiendo, meando al pie de la cantera, cagando en los rincones.

         —Nadie habla con ellos. El poder no abre ninguna puerta —continuó el hombre.

         —Así es aquí —contestó el otro, fascinado con los cuadernos llenos de mierda y belleza que lo asombraban a la vez. —Este pueblo siempre ha tenido caciques autoritarios, poco aptos para negociar.

         —Sí —convino el primero. —Así es Oaxaca.

    Al viajar por la Mixteca todo son montañas, las que le sobraron a Dios en la creación, y cañadas que están secas, yermas de sol. Pero en sus pliegues de tanto en tanto aparece un nido de vida: diez metros arriba, diez metros abajo y en medio una choza colgada de la gravedad, como un verde pubis henchido que refrenda el pacto entre el hombre y la naturaleza desde los pequeños formatos.

    Desfila por la ciudad nublada una procesión de pequeñas mujeres indígenas vestidas con huipiles grana. Todas gritan con comedimiento la desesperanza histórica que es su signo y su condición. Protestan, aunque en tono femenino y menor. Ningún reclamo parece convencerlas de que las cosas van a cambiar. Jóvenes y viejas tienen la misma talla, un metro y medio, cuando más. Forman hileras disciplinadas, metódicas, como listones escarlatas que se mueven en el tiempo antes que en el espacio, diferenciadas solamente por su similitud. Detrás de esa coreografía marchan los hombres, tan pequeños casi todos como sus pequeñas mujeres adelantadas, menos sabios que ellas porque con su combatividad vociferante demuestran creer lo que las otras no: que basta una marcha para que la miseria cese, que basta un grito para que el palacio se abra, que basta la voluntad del pueblo para que el mundo sea otro lugar.

    ¿Qué se hace en un lugar donde la inteligencia sólo representa y no conceptualiza, donde la imagen plástica avasalla las ideas y ninguna inmaterialidad, ninguna sutileza es concebida como realmente existente? Dice Unamuno que los escritores llevan dentro un mendigo desdeñoso. Desean ser leídos pero a fin de cuentas no les importa la opinión de quien los lee. Siempre, o casi siempre, esa opinión estará por debajo de la intención de lo escrito. Mendigo desdeñoso: sólo el escritor cree que las palabras siguen siendo las marcas del espíritu.

    Cuanto más pequeño es un pueblo más fuertes son los estragos de la proximidad entre la gente. Por eso hay sitios donde cuando se saluda a alguien éste nunca pregunta por el otro: “¿Y tú?”. Esas dos palabras pueden derrumbarlo todo.

    Todo tiempo malo también es bueno, aun cuando las turbas de visitantes secuestran el centro de la ciudad y desfilan sin rumbo fijo, ahítos de música metálica, mezcal, chucherías artesanales y folclor. Esos tiempos permiten simplificar y ponerse a salvo desde el propio interior de cada cual. Y ver los gajos de sol que alfombran la sierra plástica de San Felipe, que a veces viene y a veces va, como si la distancia fuera ilusoria y la atmósfera su trapecio pendular.

    Esta época sin síntesis: cualquier museo tiene libretas en las que los visitantes consignan su opinión. Unos celebran en ellas el arte expuesto y lo agradecen, pero otros escriben insultos con una liberalidad estremecedora y critican por lo que no comprenden, que es casi todo lo que ven. “No me gusta”, es el prejuicio que emiten como si fuera un juicio, como si su gusto fuera una percepción propia, elaborada, y no un frágil y prepotente lugar común. ¿De qué es anuncio esa violencia escrita en un lugar generosamente público, que mayoritariamente proviene de asistentes oriundos del lugar?

    Las civilizaciones integradas a medias pueden retroceder a estirpes neuróticas y barbarizadas, porque en los tiempos como los actuales, donde la forma de lo grande cambia, surgen todo tipo de patologías de la pertenencia a lo local, de búsquedas quiméricas —y en casos extremos, sangrientas— sobre aquellas fronteras imaginarias y puras donde la amargura étnica se convierte en el éxtasis del exterminio de los otros, los extranjeros, aunque durante siglos hayan vivido pared de por medio. De ahí que toda xenofobia no sea más que el pánico abortivo de una colectividad.

    Hay una mole majestuosa que reina sobre una planicie. Es la nave capitana desde donde se tejió toda la aventura civilizatoria dominica: Yanhuitlán. La conquista devocional fue una batalla. Por eso quedaron tantas cicatrices y algunos sitios de poder. Ese viejo y poderoso convento es el corazón secreto del reloj de la parte invasora, racional y cristiana. Los soldados de Dios: tal confusión. Las celdas taoístas de sus ascetas hace siglos que están desocupadas.

    Una corriente de pensamiento advierte que estamos en el vórtice de algún tipo de transformación morfogenética, en el nacimiento de una nueva forma, en un quiebre de sistema. El problema real es de qué especie es esa transformación y si, a partir de una comprensión renovada de los modelos pasados, los hombres y sus sociedades podremos acercarnos a ciertas tendencias y alejarnos de otras, que han demostrado su atroz inutilidad. Todo indica que no: nuestro nuevo medioevo es más grave que el anterior, y como informaba Johan Huizinga para aquel periodo más temprano, la depresión vuelve a estar por doquier. La peste negra diezmó la cultura feudal de Europa y la llevó a la discontinuidad. Hoy el cáncer, el sida, la contaminación, la violencia y el número destruyen los precarios términos de la confianza vital. Aquella verdad habitual que aglutinó mundos y domesticó instintos se ha fragmentado en un montón de verdades parciales. Heráclito tuvo razón: el logos es común a todos, pero cada cual actúa como si fuese dueño de una lógica particular. Sobre todo ahora, cuando no se dice “yo pienso que” sino “yo siento que”, como si el sentimiento no fuera la verdadera superestructura de la brutalidad.

    Primero escribió que esa ciudad taladra el alma. Después su destino lo llevó a vivir en ella, regresó para que lo que había sido literatura se hiciera vida. Entonces se dio cuenta: sin saberlo, uno escribe lo que le espera porque a pesar de todo siempre se habla de sí. Esa noche rezó por Kafka, por Lampedusa, por Rulfo, por Flaubert. Todavía no termina. Apenas empezará a pedir por él.

    “Autónomo y anónimo”, dijo, y clavó otro clavo en el ataúd. 

  • El inconmensurable Ovidio

    El inconmensurable Ovidio

    El laberinto del mundo

    José Antonio Lugo

    A Laura Emilia Pacheco

    1. Inconmensurables 

    Inconmensurable es lo que no puede medirse. 

    Marguerite Yourcenar dijo de Murasaki Shikibu, la gran escritora japonesa que escribió la Historia de Genghi en el año 1000, que en su obra estaban todos los sentimientos humanos. Lo mismo dijo Harold Bloom de Shakespeare, que escribió sus tragedias 600 años después. Yo agregaría a Jorge Luis Borges, creador de constelaciones. Los tres, inconmensurables. Antes de ellos, Publio Ovidio Nasson, autor de El arte de amar y Las metamorfosis

    1. El arte de amar 

    Es el primer tratado en Occidente sobre el amor. Reúne consejos para los amantes sobre cómo seducir, retener e incluso engañar al ser amado. Es la primera piedra de libros que han reflexionado desde el ensayo sobre el amor, como Del amor, de Stendhal, El amor y Occidente, de Dennis de Rougemont, Fragmentos de un discurso amoroso, de Roland Barthes, y de novelas que han intentado explorar ese sentimiento, como El cuarteto de Alejandría, de Lawrence Durrell, entre tantas otras obras y ensayos.

    Además de El arte de amar, sobre ese mismo tema, Ovidio escribió Remedios contra el amor, Amores y Sobre la cosmética. El éxito de estos libros fue sin medida. 

    En El arte de amar, Ovidio afirma: “Si hay alguien entre el público que no conozca el arte de amar, que lea esta obra y, cuando se haya documentado leyéndola, que ame. (…) Lo primero de todo, tú que por primera vez vienes como soldado a revestirte con armas nuevas, procura descubrir lo que deseas amar. El paso siguiente es conquistar a la joven que te ha gustado; y en tercer lugar, conseguir que el amor dure por largo tiempo. Éste es mi plan; éste es el campo que mi carro dejará señalado a su paso, ésta es la meta que deben tocar mis ruedas en su loca carrera”. 

    1. La Metamorfosis

    A lo largo de infinidad de pequeños relatos, Ovidio nos muestra cómo se transforman humanos en animales, piedras, árboles o constelaciones o cómo cambia la esencia de un ser humano. Todo cambia, como decía la cantante y miles de años antes los presocráticos. De entre la enorme galería de transformaciones, quiero destacar la de Acteón, que ve a Diana desnuda y la posee con la mirada. La Diosa se deja mirar pero transforma al voyeur en ciervo. No se puede ver la belleza absoluta sin pagar un precio. Sobre este episodio, Pierre Klossowski escribió su libro El baño de diana

    Destaco también la metamorfosis de Tiresias, que fue hombre, luego mujer y de nuevo hombre y afirmó que en el sexo la mujer gozaba más que el varón. “Asumiendo el papel de árbitro del jocoso litigio, confirma las palabras de Júpiter; dicen que la Saturnia se ofendió más gravemente de lo razonable, de manera desproporcionada para el tema, y condenó los ojos del juez a la noche eterna. Pero el padre omnipotente (pues a ningún dios le está permitido dejar sin efecto las acciones de otro dios), a cambio de la luz que le había sido arrebatada, le concedió conocer el futuro y suavizó su castigo con este honor”. 

    Es el mismo Tiresias, que al ser insultado por Edipo, le dice, en la tragedia de Sófocles: “Te burlas de mí por ser ciego. Tú, tú sí ves. Pero no ves en qué desgracia vives. Ni dónde vives ni con quién cohabitas. ¿Sabes de quién naciste? En la tierra, en el Hades, repugnante serás a quien te mire. Doble azote tendrás: el de una madre, el de un padre también. Fuera de esta tierra habrán de expulsarte. ¡Terrible cosa: hoy miras: un día ya no verás… serán tus ojos perpetuas tinieblas! Ten por seguro que ningún hombre jamás será azotado por el Destino como lo serás tú”. 

    1. Publio Ovidio Nasón 

    Fue el más célebre de los escritores en lengua latina después de Virgilio. Nació el 23 de marzo del 43 a.C. y murió el 17 de marzo del 17 d.C. Su éxito fue su perdición. Fue desterrado al confín del Imperio Romano, a Dacia, específicamente a la ciudad de Constanza, en Rumania, que entonces se llamaba Tomis. Estuvo allí 8 años, olvidado. Un día desapareció. No se conocen las causas exactas de su desaparición física. La influencia de su obra traspasa los siglos: el Roman de la Rose, Shakespeare, Dante, Shakespeare, Orfeo, de Jean Cocteau… 

    1. El último mundo, de Christoph Ransmayr

    Este novelista austriaco, nacido en 1954, escribió esta espléndida novela, que recrea el exilio de Ovidio -llamado en la novela Nasón-. Allí plantea distintos motivos del ostracismo: el haberse dirigido al público directamente, en lugar de al César; haber albergado en su casa los amores ilícitos de la nieta del César; haber escrito un discurso casi revolucionario; incluso, haber pertenecido a una secta neopitagórica… 

    El último mundo recrea no la continuación de la vida de Ovidio, el famoso poeta, sino su transformación, su metamorfosis íntima y personal. A través de un juego de espejos, los lectores atisbamos distintas posibilidades de la vida de Nasón, tanto las reales como las simbólicas, en una obra donde se entremezcla el tiempo romano con la actualidad. 

    “Y Nasón había acabado liberando a su mundo de los seres humanos y de sus disposiciones al poner fin a cada historia. Entonces él mismo había entrado en la imagen deshabitada, rodado por las laderas como un guijarro invulnerable, rozado como un cuerno marino las crestas espumosas del oleaje y descansado como triunfante musgo púrpura sobre el último y efímero resto de muro de una ciudad. Los libros se desmoronaban con el moho; incluso los signos grabados en basalto desaparecían bajo la paciencia de las babosas. La inventiva de la realidad no necesitaba más anotaciones”.

    Hay que leer y releer a Publio Ovidio Nasón, el inconmensurable. 

  • Cartas de cumpleaños de Ted Hughes / I

    Cartas de cumpleaños de Ted Hughes / I

    Colaboraciones

    Héctor Ramírez

    Para Mariana Jasso
    Con infinito agradecimiento por esta revelación

    En mis lecturas tengo la pésima costumbre de muchas veces saltarme las trancas de los prólogos y de las introducciones. Es por ello que cuando inicié la lectura de Cartas de cumpleaños de Ted Hughes pensé que se trataba de una cuestión epistolar tradicional y me lancé de lleno a las páginas iniciales. Por supuesto no entendí nada. Me desconcertó enormemente el encontrarme con lo que me pareció una prosa cortada o una poesía extendida, me refiero por supuesto a la estructura de los párrafos, sin embargo, desde las primeras líneas (ya después de leída la introducción y puestas en contexto muchas cosas) caí en un estado de fascinación que hace mucho no me ocurría.

    A diferencia de lo que me sucede con la novela, me gusta leer los libros de poesía de “una sentada”, de principio a fin, por lo menos al realizar la primera lectura, ya después regreso con otro ritmo e incluso con otro orden. En el caso del libro de Hughes, una hermosa edición bilingüe de Lumen, parecía muy complicado seguir mi costumbre pues se trata de 477 páginas y en un principio dudé cumplir con mi hábito, pero no fue así. El libro lo abrí la mañana de un domingo y pensé que llegaría hasta donde tuviera que llegar ese día. Sin darme cuenta las horas se me fueron acumulando y me encontré sin la menor intención de abandonar la lectura. Cancelé un par de actividades que tenía planeadas para ese día y me dejé llevar por la lectura como en uno de esos ríos que en las películas llaman “rápidos” donde la corriente es de una fuerza y velocidad inauditas y quienes conducen las balsas apenas tienen tiempo y oportunidad de esquivar las rocas y otros obstáculos.

    Andreu Jaume en su introducción hace un brillante análisis de la obra de Hughes, de su relación con T. S. Elliot como su primer editor, de su evolución como poeta y lo determinante que es en su obra la de William Shakespeare. Inevitablemente realiza algunos apuntes de la relación de Sylvia Plath y Ted Hughes, el suicidio de la poeta norteamericana en 1963 y cómo este hecho empañó la carrera del poeta inglés con especulaciones respecto a su responsabilidad en el suceso; asimismo de lo que califica como “mimético suicidio”  de Assia Wevill, la también poeta alemana por la que Hughes decidió dejar a Plath y que , al quitarse la vida en 1969, resolvió llevarse consigo a Shura, la hija que había tenido con Hughes. ¿Hasta dónde tuvo qué ver el poeta inglés con en estos lamentables acontecimientos? Esto se ha discutido mucho desde aquella época y, según dicen algunos, es justo este dilema el que ha contribuido al aura de la que gozan la poeta norteamericana y su obra. Al respecto Hughes escribió:

    “En los años siguientes a la muerte de Plath, cuando los estudiantes se me acercaban, yo trataba de tomar sus aparentemente serias preocupaciones por la verdad sobre Sylvia Plath también con seriedad. Pero aprendí la lección rápidamente… Si trataba esforzadamente de explicar cómo ocurrieron algunas cosas, con la esperanza de rectificar alguna fantasía, era muy probable que yo fuese acusado de intentar suprimir el “Libre Discurso”. En general, mi rechazo a tener algo qué ver con la Fantasía Plath ha sido considerado justamente como un intento de suprimir dicho “Libre Discurso”… La Fantasía acerca de Sylvia Plath es más anhelada que los hechos. Si ello permite el respeto por la verdad de su vida (y de la mía), o de su memoria, o por la tradición literaria, eso yo no lo sé.”

    De lo que si podemos hablar es de los ochenta y ocho poemas que conforman estas Cartas de cumpleaños y que —de alguna u otra manera— narran aspectos personalísimos de la relación que sostuvieron por algunos años los dos poetas: desde que se conocieron cuando ella llegó a Inglaterra, de su Luna de miel, del viaje que realizaron a Estados Unidos, de su regreso al Reino Unido y de muchas otras cosas más. En este que fue el último libro de poesía que publicó Ted Hughes es claro que no está escrito desde el remordimiento, la culpa o el arrepentimiento: se trata de literatura pura. El lenguaje poético transita de lo personal a lo universal sin que nos demos cuenta, y los versos se multiplican cuando escribe: Y tus palabras/ eran rostros a contraluz/ sujetándose las entrañas. O bien cuando en el extenso poema “18 Rugby Street” afirma: Mientras caíamos/ en un estruendo de alma tu cicatriz me contó/—como contraseña o nombre secreto—/ cómo habías intentado matarte. Y oí/ sin dejar ni un momento de besarte,/ como si lo susurrase una estrella serena/ sobre la ciudad que giraba retumbando: aléjate.

    El poeta entra y sale de la narración de acontecimientos para pasar a la descripción de la mujer amada sin ningún obstáculo, como en el poema donde narra del día en que se casaron:

    Estabas transfigurada.

    Tan esbelta y nueva y desnuda, 

    asertiva esencia de lilas húmedas.

    Temblabas, sollozabas de alegría, eras la profundidad del océano

    colmada de Dios.

    Dijiste que habías visto abrirse el cielo

    y mostrar riquezas, prestas a caer sobre nosotros.

    Levitando a tu lado, permanecí sometido

    a un raro tiempo verbal: el futuro hechizado.

    Mientras que para Plath la visión acerca de Europa era idealizada, para su esposo, quien había vivido desde un inicio los horrores de la Segunda Guerra Mundial, la visita a París en la Luna de miel tenía muy poco de sublime: Mi París era un superviviente útil de la posguerra./ El hedor del miedo colgaba aún de los armarios. Para más adelante afirmar en el mismo poema: Tu París/ era el secreter de una pensión/ donde tus cartas/ esperaban sin abrir. Era un laberinto/ dónde aún corrías, derramando lágrimas./ Era un sueño en el que no podías/ despertar ni hallar la salida,/ ni al Minotauro que pusiera un final feliz/ al tormento. Así de dispares eran los pensamientos y los anhelos de los dos poetas.

    En el poema titulado “55 Eltisley” Hughes hace referencia a la casa que habitaron a su regreso de la Luna de miel: Nuestro primer hogar nos ha olvidado./ Cuando un día pasé por delante conduciendo,/ ví lo insignificantes que habían sido nuestras vidas/ al no dejar ningún rastro. / Cuando allí nos mudamos por primera vez. Para más adelante escribir: Afiancé a solas nuestro primer hogar/ y dormí solo en él,/ intentando no inhalar el fantasma/ que colgaba aún del aliento de la cama./ La muerte de él y el duelo de ella/ fueron nuestros únicos invitados a la fiesta de inauguración. Los fantasmas rondan a la joven pareja y no son solo los que heredan en la casa que recién habitan, también los invocan como sucede en el poema titulado “Ouija” y en el que se acumulan preguntas y respuestas de temas tan británicos como son los resultados de la quinielas de fútbol o fragmentos de poemas de Shakespeare y más concretamente del Rey Lear, uno de los temas preferidos del autor. Pero la hay una interrogante que llama más la atención: 

    Una vez, arrimados los dos, pregunté:

    ‹‹¿Seremos famosos?››, y tú apartaste la mano hacia arriba

    como si alguien la hubiese agarrado desde abajo.

    Destellaron tus lágrimas, tu cara estaba convulsa,

    tu voz se rompió, era a la vez trueno y relámpago:

    ‹‹¿Y salir a la luz? ¿Eso es lo que queréis?

    ¿Por qué queréis ser famosos?

    No lo veis, la fama lo arruinará todo››

    Para más adelante concluir:

    Te negaste a seguir con la ouija. Nada

    de lo que se me ocurría explicaba

    tu impresión y tu llanto. Tal vez,

    simplemente, habías cazado un susurro que se me escapó,

    antes de que nuestro vaso se moviera, una débil y quieta voz:

    ‹‹Vendrá la Fama. Especialmente para ti.

    La Fama no puede evitarse. Y cuando llegue

    la habrás pagado con tu felicidad,

    con tu marido y con tu propia vida››.

    Sin lugar a dudas el lenguaje poético le ofrece un atuendo distinto a la realidad. A veces la engalana, otras la disfraza y otras más la desnuda. En estas maravillosas cartas Ted Hughes hace postales de lo bueno y de lo terrible que hay, siempre, en las relaciones de pareja; el péndulo se mueve para dejarnos en ese viaje que realiza las virtudes y los defectos de “el otro” y le otorga a ese otro exactamente la misma oportunidad para que vea lo mismo en nosotros. Antes de transcribir algunas líneas del poema titulado “Rodaballo”, me gustaría compartir aquí la información que ofrece Wikipedia:

    “El rodaballo (Scophthalmus maximus) es una especie de pez marino pleuronectiforme de la familia Scophthalmus. Su cuerpo es romboidal, casi circular, con los ojos en el flanco izquierdo, llegando a alcanzar una longitud de 100 cm y 12 kg de peso, aunque lo más habitual son los 60 cm. Los machos son más pequeños que las hembras.” 

    El poema habla de un día de pesca, justo de esta curiosa especie, pero lo realmente importante es la impresión que produce en el poeta:

    Qué diminuta aventura

    para hacerse tan monumental en nuestro matrimonio.

    Una leve ordalía de lo que pudo haber sido, 

    y un leve aliento de emoción de lo que es la vida para muchos.

    Un pequeño trofeo, un juguete en miniatura 

    de esa vida que pudo habernos unido

    en un solo animal y en un alma sola.

    Fue una visita de la diosa, la belleza,

    hermana de la poesía, vino para decir

    a la poesía que nos mimaba en exceso.

    La poesía quizás lo oyó, nosotros no oímos nada.

    Y la poesía no nos lo dijo. Y nosotros

    solo hacíamos lo que la poesía dictaba.

    En este mapa tan personal que va trazando Hughes, los lugares, los espacios que ocupa el matrimonio son puntos de gran importancia que se revelan así por la extensión de los poemas, cuando se trata de estos temas. 9  Willow Street que en su primera línea define como Calle del Sauce, poético domicilio es el lugar que habitan cuando viajan a los Estados Unidos y, como en las otras residencias, Boston está lleno de luces y sombras, de encuentros y desencuentros:

    Te envolví

    con las alas negras, alas de la negritud que me encerraban,

    meciéndome de modo infantil,

    y encerrándote conmigo. Y tu corazón

    daba brincos contra las costillas, te faltaba el aire.

    Intentabas aprehender el mundo

    esforzándote inútilmente, tu café matinal, cualquier cosa

    con tal de seguir volando.

    (…)

    Como siameses, cada uno pudriéndose

    en la singular toxina del alma del otro,

    éramos cada uno una estaca

    empalando al otro. Avanzábamos en silencio

    por las calles, afirmándonos mutuamente,

    tullidos por los sueños y por los sueños cegados.

    (…)

    La felicidad

    apareció momentáneamente,

    se asomó a tu ventana

    como un migrante salvaje, una oropéndola,

    un sinsonte, un colibrí, puramente americano,

    pedacitos marrones de la libertad del continente,

    pero, sin rumbo, se marcharon

    antes de que los pudiéramos identificar.

    (…)

    En casa miré la sangre y me acordé:

    los murciélagos americanos tienen la rabia. ¿Cómo podría el Hado

    montar un tan simbólico escenario

    sin haber escondido el fin trágico

    y la muerte irónica? Confirmó

    el mito en el que habíamos entrado cual sonámbulos: la muerte.

    Esa era la luz del murciélago en la que vivíamos: la muerte.

    Los versos se suceden, el viaje continúa y nos va llevando de una emoción a otra, de momento en momento: Nuestra mirada bogó a través suyo como una pluma/ perdida en el resplandor crepuscular de sus sensaciones. O para generar imágenes: A lo largo del sur/ la tormenta se deslizaba y resplandecía como una guerra. En sus cartas Ted Hughes también habla de sí mismo y, por momentos, es el centro: Estaba mirando al mar, supongo./ Intentando sentirme profundamente solo,/ simplemente yo mismo, con afiladas aristas./ El mar y yo una gran tabula rasa,/ como si mis huellas al retornar/ desde aquel lienzo de resplandor, aquel borrón a lo largo del horizonte,/ pudieran ser un nuevo comienzo.

    El padre de la Plath es un tema recurrente en Cartas de cumpleaños: Finalmente, te habías arrancado el vestido de la muerte/ y lo quemaste en la tumba de Papá/ Lo hiciste con tanta resolución, creaste/ de ello tal triunfante magia, que la Vida/ se sintió atraída y se volteó,/ dudosa, como una paloma silvestre que se posara en tu cabeza. O en otro poema, en otros versos donde dice: Tuviste que levantar/ la tapa del ataúd un dedo./ ¿En tu sueño o en el mío? Extraño buzón./ Sacaste el sobre. Era/ una carta de tu Papá. ‹‹Estoy en casa./ ¿Puedo ir a verte?›› Nada dije./ Para mí una solicitud era una orden. Para más adelante afirmar en el mismo poema: Como una monja/ atendiste a lo que quedaba de tu Papá./ Vertiendo nuestras vidas del cántaro/ en su café matinal. Luego hiciste/ añícos, toscas estrellas/ y se lo diste a tu madre.

    Esta edición bilingüe de Cartas de cumpleaños nos permite apreciar cómo, en el idioma original, algunas frases o conceptos tienen una mayor sonoridad en la lengua original, como es el caso del poema titulado “The rag rug” donde las erres vibrantes múltiples crean de entrada un divertido juego que hace sonar pobre y sin gracia la traducción que la define como “alfombra de retales”; de entrada me parece que más que “alfombra” es lo que nosotros conocemos como “colcha de parches”; en fin, sin importar de qué objeto se trate, la diferencia es muy significativa. Es en ese poema en el que, mientras Sylvia Plath trabaja en cuestiones domésticas, el poeta la entretiene, en un cuadro muy hogareño: De igual modo, podía/ sentir tus dedos acariciando mi lectura hora tras hora,/ ensamblando el desordenado arcoriris de la serpiente./ Yo era como el encantador de serpientes, cimbreándose/ mi voz sobre las tiras amontonadas. Mientras tú/ sacabas de la tierra algo más profundo que nuestros versos./ Un conocimiento como las dos mitades de un imán roto.

    En esos asuntos domésticos se encuentra de manera cotidiana también la muerte y el padre de ella. Un tema que ronda constantemente estas cartas en la vida de los poetas. Así sucede cuando Hughes habla de la mesa que le construyó para que ella pudiera escribir:

    Compré una ancha tabla de olmo de dos pulgadas de grosor.

    La corteza silvestre rematando el borde,

    toscamente cortada para un ataúd. El olmo de los ataúdes 

    halla una nueva vida, con su cadáver,

    hundido en las aguas de la tierra. Da protección

    a los muertos para un viaje ligeramente más largo

    que el que podrían hacer el fresno, el haya o el pino. Con un cepillo

    preparé una perfecta pista de aterrizaje 

    para tu inspiración. No sabía

    que había fabricado y dispuesto una puerta 

    que, hacia abajo, comunicaba con la tumba de tu Papá.

    (…)

    Ya no es un escritorio.

    Ni tampoco una puerta. Una vez más sencillamente es una tabla. 

    La tapa de un ataúd

    apartada con la violencia

    de tu mirada hacia arriba.

    Volvió de nuevo a la superficie,

    alcanzó la orilla, al otro lado del Atlántico,

    un objeto curioso,

    fregado con el sudor con que lo empapé

    encontrando a tu padre para ti y luego

    abandonándote con él.

  • Hilo a las infancias y la sonrisa

    Hilo a las infancias y la sonrisa

    Hilar el mundo

     Nidia Soledad Esteva

    Todos los adultos hemos pasado por la infancia, etapa de vida que generalmente va desde el nacimiento hasta los 12 años, dividida en subetapas que reflejan el desarrollo físico, cognitivo y emocional. Mucho se ha escrito e investigado sobre esta etapa de vida y su impacto en todo lo subsecuente. Su trascendencia es innegable, pero su fragilidad lo es aún más.

    Mientras escribo, resuena de fondo “Smile Jamaica” de Bob Marley. La canción es un himno de resistencia para un lugar que parece perderlo todo de forma cíclica entre huracanes, sismos y crisis políticas. En ese contexto de pérdida, surge un dato revelador: se estima que en la niñez se sonríe, en promedio, 400 veces al día. Al llegar a la adultez, esa cifra se desploma a apenas 20. Una caída dramática que marca nuestro paso por el mundo.

    En las subetapas de la infancia se aprende a comer, la autonomía, las muestras de emociones, el control o autocontrol de otras tantas. Pero es también ahí donde se tejen las primeras y más crueles desigualdades: la calidad de la nutrición, la estimulación cognitiva y la construcción emocional determinan quiénes seremos.

    Por ello hablar de la sonrisa, que tiene tantas definiciones y enfoques, desde una visión fenomenológica puede interpretarse como un acto que revela la interioridad del sujeto. Umberto Eco sugería que la sonrisa es una herramienta de la ironía, la marca del escéptico culto; por su parte, para su conocido personaje literario, Jorge de Burgos, la risa es vulgar, hace que los aldeanos pierdan el miedo y eso entraña múltiples riesgos para el poder, pero ambos coinciden en que es fuente de rebeldía y libertad. La risa y la sonrisa son, entonces, el gesto de quien entiende que la realidad tiene múltiples capas y a veces es puente entre lo íntimo y lo social, un gesto que comunica sin palabras. Hay, además, un “misterio” de la biología que conmueve: los bebés que nacen ciegos sonríen al sentir alegría, sumando un argumento a que el gesto es una herencia genética del gozo, incluso antes de ser un espejo social.

    Sin embargo, en las infancias actuales se reflejan los mayores fracasos de la humanidad. Hoy, millones de niñas y niños carecen de acceso a esquemas básicos de vacunación o salud; los espacios escolares para la primera infancia en el sector público son escasos y miles de vidas transcurren bajo el estruendo de la guerra.

    UNICEF ha publicado recientemente su informe bandera «Estado Mundial de la Infancia 2025», el cual se centra en la pobreza infantil, pero también aborda las «megatendencias» (como el cambio climático y la tecnología) que están moldeando el presente y futuro de las infancias. Acaso, se pretende que las generaciones nacidas después de la primera década del siglo XXI comiencen a enfrentar el mundo con inteligencia artificial para sortear los misterios de la vida. 

    Hemos pasado del mundo que mi abuela vio transformarse en derechos y asfalto, al milagro del estado benefactor que soñaron los padres de los sesenta del siglo XX, hasta llegar a los millennials —la última generación que conoció el tiempo de la carta postal antes de la inmediatez—. Hoy, frente a la Generación Z y la niñez que vienen, urge recuperar el proyecto ético de la alegría, tal como lo sugiere Fernando Savater recuperando a Aristóteles, la sonrisa es la manifestación de la eutrapelia: la virtud del buen humor y la alegría moderada. No es una burla, sino una forma de hospitalidad hacia el otro. 

    Quizá por eso la sonrisa infantil, repetida cientos de veces al día, sea el verdadero patrimonio de la humanidad. No es ingenuidad, es conciencia. Y cuando el mundo les niega agua, salud, escuela o futuro, lo que se apaga no es sólo un gesto: es la posibilidad misma de que la conciencia se exprese en plenitud.

    La vida entre su inicio (infancia) y fin (vejez) no sólo no puede prescindir sino que debiese llevar una alta frecuencia de sonrisas. Y mientras termino de teclear este texto, resuena “Al final de este viaje” de Silvio Rodríguez, que dice “Quedamos los que puedan sonreír”. Les propongo tejer el hilo que interpela las injusticas, reconoce la generosidad y no pierde la gratitud, con un sólo gesto. A manera de paráfrasis vamos a quedarnos los que queramos sonreír en plena luz.

  • Abigael Bohórquez, poeta rompehuevos

    Abigael Bohórquez, poeta rompehuevos

    Ta Megala

    Fernando Solana Olivares

    I.

    Lo escribió el genio de Ezra Pound antes de ser confinado en una jaula por el ejército yanqui como castigo a su simpatía y colaboración con el régimen fascista de Mussolini, volcadas ambas en legendarios programas de radio —eruditos, inapelables, virulentos— que cruzaban el Atlántico e iban desde Italia, donde vivía, hasta Estados Unidos, su patria que por ello lo acusó de traición pero lo juzgó como si estuviera loco. Así la quiero, decía de la poesía: dura, en los huesos, libre del baboso sentimiento, del efecto complaciente, del kitsch emocional.

              Que Pound fuera exhibido como un criminal demente por los vencedores de la guerra sólo resultaba un efecto inevitable de esa doctrina de la precisión y la esencia, porque para ser coherente con la desnudez estética predicada por este gran creador (il miglior fabbro, como le llamó Eliot al dedicarle La tierra baldía), él mismo debía pensar y opinar estando libre del baboso sentimiento, ya fuera el amor patrio o los valores supuestos de una civilización. En un sentido no hay hechos sino interpretaciones, así que el viejo Ezra eligió la suya y combativamente la fundamentó. Las buenas conciencias políticamente correctas se escandalizan todavía de su error histórico, una apuesta política equivocada porque el fascismo italiano perdió la contienda bélica junto a sus aliados.  

              Se comprende así por qué Platón expulsó a los poetas de su república ideal, argumentando en ellos trastornos incurables como decir siempre lo que se cree, lo que se piensa, lo que poéticamente se percibe. Estas aflicciones los convertían en nocivos para la comunidad, en asociales. La razón de tales cargos —apenas aludida por Platón, él también políticamente correcto— era, como siempre, un conflicto de poder. Abigael Bohórquez, poeta sonorense nacido en Caborca en 1936 y fallecido en Hermosillo en 1995, mucho pudo decir al respecto, pues su deslumbrante y poderosa obra poética corresponde canónicamente a la superioridad expresiva requerida por Pound para la verdadera lírica, y cae bajo el anatema dictado por el griego que desde hace más de dos mil años gobierna la razón occidental: poetas los dos, Ezra y Bohórquez, expulsados del ideal público según los respectivos seguidores del filósofo que le tocaron sufrir en suerte a cada quien.

             Lo mismo que la del malogrado autor de los modernos Cantares, la vida de Bohórquez está llena de las pruebas del héroe y su poesía también consiste en una verdadera revelación. De pronto, conforme el azar se muestra pródigo y sorprendente, al cumplir la tarea de dictaminación para diversos proyectos culturales llegan a manos de uno papeles inesperados que cuentan la historia de este poeta sonorense genial—“el mejor que ha producido el Norte de México en mucho tiempo”, afirmó hace años Carlos Pellicer, sin que se le hiciera caso—, y muestran estrujantes partes de su obra, desconocida masivamente hasta hoy debido al ninguneo cultural y al silencio crítico organizados alrededor de su inmenso y renovador valor literario. 

              Debido a eso, precisamente: a su valor literario. La cultura también es un espacio de poder y cuando aparece un talento de primer orden todo se coaliga a su alrededor para vencerlo, advirtió Balzac desde el siglo antepasado. El ninguneo y el silencio son una táctica constante de los grupos de interés en todas las repúblicas de las letras. “Me resigné ante juicio tan unánime (no existe unanimidad más perfecta que la del silencio)”, confesó un dolido Italo Svevo alguna vez sobre su obra ignorada. Pero el temple literario de Bohórquez no se resignó ante el silencio amafiado o envidioso y siguió escribiendo hasta morir, con su obra poética y dramatúrgica prácticamente inédita, tenida por objeto de culto entre unos pocos enterados y obviada por el parnaso nacional. 

              Según diversos testimonios de quienes lo conocieron, como el de Alejandra Olay, el conflicto de Abigael Bohórquez se originó cuando en un programa de Paco Malgesto, y después en un acto celebrado en el Politécnico, discutió, presumiblemente de poesía y quizá de política, con Carlos Monsiváis. “Estos encuentros —escribe Olay—propiciarían el silencio y la indiferencia de las vacas sagradas hacia Abigael Bohórquez y su obra, todo ello maquillado desde el centro del país por La Mafia, como se hacía llamar el grupo que dirigió durante años el periodista y escritor Fernando Benítez.”

              Quienes conocimos a Fernando Benítez y trabajamos con él comprendemos una imputación así, proveniente de la provincia mexicana culturalmente invisibilizada por el centro del país. Está en lo posible que Benítez hubiera excluido de sus refinadas ediciones a cualquiera que se confrontara de un modo para él hostil con algún amigo suyo, ya que sus amigos constituían su riqueza principal, su orgullo humano. Un defecto editorial fincado en una virtud moral, si se quiere, que de todos modos no empaña su venerable y querida memoria para los que fuimos alguna vez, sin que la obra poética anfibia y luminosa de Bohórquez pasara por nuestras manos, sus colaboradores. 

              Sin embargo, otros creen que el hermanito Benítez se comportó como un cabrón. Dijo el poeta Alonso Vidal a Alejandra Olay lo siguiente: “A Abigael se le hizo fácil pelearse con Monsiváis pero le cerraron las puertas en suplementos y publicaciones de la ciudad de México porque conocían a Benítez. Fue un boicot para no publicarle.” Tanto las antologías poéticas de Zaid y Monsiváis publicadas entonces, que instituían el canon poético del momento, lo omitieron. Bohórquez, pues, no existía.

              Entonces se marchó a Milpa Alta para vivir aislado del medio literario que lo había proscrito —todo paranoico se pregunta si está vivo o muerto: Bohórquez estaba culturalmente muerto—, cultivando lechugas entre otras hortalizas, bebiendo, amando carnalmente a otros hombres y escribiendo su salvación poética, una alta obra de la literatura en lengua española —así de grande es la magnitud de esta “furibunda ansiedad de rompehuevos”, según afirma Dionicio Morales, uno de los pocos autores que han escrito hasta hoy sobre los libros de Bohórquez, a diferencia de unos cuantos años más cuando los ensayistas y estudiosos sobre el gran poeta y dramaturgo de Caborca tendrán que ser, si es que existe la justicia poética en la historia de la literatura mexicana, un abundante grupo de análisis crítico y atención divulgativa—.  

              Puede ser que una de las claves de la historia de Abigael Bohórquez consista en la observación de su amigo Alonso Vidal: “se le hizo fácil pelearse”. Como a Pound, que se le hizo fácil emprender transmisiones radiales para conminar a los Estados Unidos a no sumarse a la guerra, a Bohórquez se le hizo fácil enemistarse aquí y allá con quienes no coincidía. Y dado que los no coincidentes tenían los instrumentos para declarar su existencia literaria inmediata o su estado civil contrario: ser el ninguneado que en la república de las letras es ninguno, Bohórquez no pudo ser algo: un poeta laureado. Pero en cambio fue alguien: un poeta canónico de profunda extrañeza y gran belleza cuya obra comienza por fin a conocerse gracias al tiempo, único juez que para la literatura existe.

       II.

    Los nuestros son los peores tiempos posibles para la lírica. No para escribirla sino para darla a conocer. La poesía es indispensable en el sistema inmunológico del lenguaje, que a pesar de las destrucciones mediáticas cotidianas y de los envilecimientos políticos sufridos en las democracias modernas, a pesar del mutismo psíquico que afecta a los sujetos ansiosos, aburridos y superficiales característicos de la actual sociedad del espectáculo, seguirá siendo un elemento esencial de la conciencia humana. Somos humanos gracias al lenguaje y desde él pueden alcanzarse estados superiores de la conciencia que ya no requieren de las palabras para expresarse o vivirse, un tópico ajeno al caso.

              Existe la poesía y poetas que la escriben, pero no vivimos una cultura mayoritaria que la aprecie o necesite, que la lea. Esa marginalidad minoritaria no obsta para que la república de las letras donde habitan los poetas sea un lugar no muy diferente a cualquier otro en el cual se junten más de dos personas y establezcan entre sí jerarquías, luchas de poder. Aunque sin duda es un sitio distinto a otros tipos de gremios más terrenales como los contadores o los bomberos, por su condición sensible, imaginaria, hasta existencial: cada poeta se percibe a sí mismo como un admirable sistema viviente y su autoconcepto es singular y complejo, es decir, poético.

              Resulta un lugar dispar también porque la literatura es una continuidad, al modo de una cadena con eslabones, fundada en las autoridades que el paso del tiempo ha establecido en la memoria común. Como en todo asunto donde se hable de autoridades, debe diferenciarse la autoridad legítima de la ilegítima, la racional de la irracional. O la temporal de la intemporal. La autoridad literaria temporal la ejercen quienes tienen los aparatos de resonancia crítica en sus manos: revistas, periódicos, premios, libros o antologías. La otra autoridad intemporal está radicada en el tiempo, único juez literario que sanciona legítimamente cuál escritor, siendo nadie ahora, se volverá parte de la memoria común, y quién otro, siendo omnipresente y celebrado hoy, será nadie mañana.

              Si quienes tenían la posibilidad (y en un sentido literario y cultural la obligación) de publicar la poesía de Abigael Bohórquez no lo hicieron, si su hartazgo por las relaciones fingidas e instrumentales del medio literario mexicano lo llevó a la misantropía y al ostracismo, si fue borracho y homosexual, si se le hizo fácil pelearse con quien no debía, todo ello le ocurrió como parte ineluctable (o sea: a huevo, poeta rompehuevos) del guion que la historia literaria llama la “aparición del autor canónico y sus denodados trabajos del héroe y luego la horrible relatoría de todas las puertas que se le cierran.”  

              La ecuación es tan diáfana como sencilla: profunda extrañeza + gran belleza = obra canónica. Una escritura poética o prosística que rompe los huevos del aparato crítico. Y aquellos autores que incurren en tal atrevimiento desatan a su alrededor el silencio y la incomprensión de sus pares, con una frecuencia en la historia literaria que sólo puede entenderse como un patrón fatal cuya razón parece ser el precio del escritor a pagar por haber obtenido la obra canónica. Cuídate de la envidia de los dioses, advierten aquí y allá. Pero cuídate más de la envidia de los demás.

              Abigael Bohórquez se cuidó muy poco de eso. Gracias a su favorecida soledad en Milpa Alta, a su elección estrambótica de ponerse a cultivar lechugas en lugar de construir y promover su persona en los espacios indicados y con los modos debidos, en vez de estar siempre presente y yendo a todas, el poeta de Caborca (no debe olvidarse a Pellicer: “el mejor del norte mexicano”) vivió una fructífera creatividad, quién sabe si “exitosa” pero objetivamente poderosa, no sentimental, y entonces feliz y plena a fin de cuentas. Por eso su nombre y su obra no se van a olvidar. 

              No viene al caso contar otras adversidades del poeta, como que su impresionante y conmovedor canto elegíaco Poesida ganó un premio internacional sobre el tema en 1992, pero que las instituciones convocantes, la OPS y la UNAM, no le entregaron el monto del galardón ni publicaron el libro, dado a conocer hasta que un grupo de fieles amigos lo imprimió (autor canónico: autor póstumo). O que la alta burocracia cultural le prometió publicar el hermoso libro finalista de 1975 en el importante Premio Aguascalientes, Memoria en la Alta Milpa, y nunca lo hizo (autor canónico: autor ocultado). 

              Veneno que cura del veneno. Si se dice que Abigael Bohórquez escribió poesía homosexual sería falso. Lo mismo si se afirmara —como pudo haber ocurrido— que su poesía no amorosa tenía rasgos políticos. Para la preceptiva literaria no hay más que dos tipos de poesía: buena y mala. La de este autor es extraordinaria. ¿Una muestra? El poema Reincidencia:

              Dejó sus cabras el zagal y vino…

              ah libertad amada dije

              éste es mi cuerpo, laberinto, avena,

              maduro grano que arderá en tus dientes,

              esquila, choza, baladora oveja,

              técorbito y aceite, paja y lumbre;

              baja a llamarme, a reprenderme, a herirme,

              a serenar turbadas hendiduras;

              baja, pupila de avellana, baja

              rústico centelleo, ráfaga de rocío,

              colibrí de ardimientos,

              soy también tu ganado, ven, congrégame,

              descíñete, descúbreme

              asido a tu cintura, dulce ramo, 

              caramillo de azahares en mi boca.

              No resulta extraño que los antiguos cantares eróticos del rey Salomón se reanuden mediante un poeta que llegó a la literatura mexicana desde Caborca, pequeño pueblo ignoto del desierto de Sonora. No es inusual porque el espíritu de la literatura sopla donde quiera y no suele mantener predilección geográfica o de clase. Tampoco es anormal que a Abigael Bohórquez le haya ido públicamente de la chingada dado que las cosas así resultan para aquellos a quienes se les hace fácil pelearse con los demás, sobre todo cuando esos demás pueden decidir temporalmente el futuro literario de uno. Sólo brevemente, como ya se dijo: el único juez es el tiempo.

              La literatura por fortuna no es una democracia. Pero muy a menudo está secuestrada en sus manifestaciones inmediatas por los grupos de poder. El poeta Bohórquez, rompehuevos del norte, como otros lo hicieron antes y otros lo harán después, se construyó a sí mismo un callejón sin salida en la vida para ponerse a escribir de verdad. Todos lo ayudaron a lograrlo: los que le hicieron bien, los que le hicieron mal y los que lo ignoraron. También aquellos que ahora, deslumbrados y agradecidos, lo leemos.

  • Virgilio y Hermann Broch

    Virgilio y Hermann Broch

    El laberinto del mundo

    José Antonio Lugo

    1. La Eneida 

    Piedra fundadora de la literatura latina, esta obra, combinación de la Ilíada y la Odisea, narra las visicitudes de Eneas, desde las tribulaciones de su viaje que recuerda al de Odiseo hasta su llegada a las inmediaciones del río Tíber, donde, en lugar de una cruenta guerra con el rey Latino, sellan un pacto, que da origen a la Roma inmortal. “Entonces Eneas piadoso reza de este modo con la espada enhiesta: ‘Sé ahora, Sol, mi testigo en esta invocación junto con la tierra por la que soportar he podido tantas fatigas. Los Enéadas no desafiarán estos reinos con la espada’”.

    Entre las vicisitudes tiene lugar la pérdida de Palinuro, el piloto de la nave de Eneas -que muchos siglos después será el personaje principal de la novela de Fernando del Paso Palinuro de México-. La Eneida tiene casi 10 mil versos y está dividida en dos mitades, la del viaje y la del desembarco de Eneas en el espacio geográfico donde sentará una nueva estirpe, los latinos/romanos, creando así un mito fundacional. La influencia de esta obra llevó a Dante Alighieri a convertir a Virgilio en su guía por el Infierno y el Purgatorio. Se dice que al final de su vida quiso quemar su obra maestra. 

    1. Hermann Broch (1886-1951) 

    Novelista austriaco, se exilió hasta el fin de su vida en los Estados Unidos -igual que Sándor Márai, el escritor húngaro-. Allí escribió una de sus obras más importantes, La muerte de Virgilio, que narra el intento de Virgilio por destruir la Eneida y cómo el emperador le hace ver que esa obra inmortal ya no le pertenece.

    El gran crítico literario Juan García Ponce, en su ensayo sobre Broch incluido en su libro Entrada en Materia (UNAM, 1982) junta bajo un mismo paraguas a tres escritores: Robert Musil, Franz Kafka y Hermann Broch. “Como artista, su posición no es distinta a la de Kafka o Musil. Como el de ellos, el arte de Broch es esencialmente problemático. Es antes que nada un novelista en crisis. Toda su obra está atravesada por el reconocimiento de que en su tiempo, como él mismo lo definía, todavía no se abandonan los viejos valores que han perdido su validez y han dejado de funcionar en un sentido vital, ni se encuentran aquellos capaces de sustituirlos, dándole una nueva dirección a la vida. Dentro de esta situación su obra ejerce conscientemente la función de un puente mediante el cual el autor espera trascender esta situación por medio de la palabra”. 

    1. La muerte de Virgilio

    En esta obra mayúscula, Virgilio desea quemar su obra por considerar que no vale la pena, que es un intento fallido. Un intento fallido -diría yo- por alcanzar el absoluto. Ya lo dijo Musil en su Diario “El absoluto no puede conservarse”. El Emperador no deja que lo haga. La Eneida permanecerá por los siglos de los siglos. Sin embargo, para su autor el lenguaje -el instrumento que tenemos para al mismo tiempo crear y asir la realidad – es insuficiente.

    Los límites del lenguaje es un tema que preocupaba a Heidegger y a Wittgenstein. También al budismo zen. El lenguaje no es la realidad, aunque intenta representar esa realidad. Pero se queda corto. Y, sin embargo, es lo que tenemos. 

    1. El final de la novela. 

    “El universo se disipaba ante la palabra, disuelto y superado en la palabra, mas conservado y contenido en ella, aniquilado y creado de nuevo para siempre, porque nada se había perdido, porque el fin se unía al principio, renacido, volviendo a procrear; la palabra se cernía sobre el universo, se cernía sobre la nada, flotaba más allá de lo expresable y lo inexpresable, y él, sobrecogido por la palabra y rodeado por su rumor, se cernía con la palabra; no obstante, cuanto más le envolvía, cuanto más penetraba él en ese mar de sonido y era penetrado por él, tanto más inaccesible y grande, tanto más pesado e inaprensible se tornaba la palabra, un mar cerniéndose, un fuego cerniéndose, pesado como el mar y leve como el mar, sin dejar por ello de seguir siendo palabra: no pudo retenerlo y no debía hacerlo; para él era inconcebiblemente inefable, pues estaba más allá del lenguaje”.

    +++

    Bajo el volcán, de Malcolm Lowry y A la búsqueda del tiempo perdido, de Marcel Proust son novelas que describen la imposibilidad del amor. La muerte de Virgilio de Hermann Broch describe los límites del lenguaje. Sonoros fracasos, digámoslo así, que dieron origen a obras literarias excelsas, del más alto nivel posible. 

  • Nudos y alteridades

    Nudos y alteridades

    Ta Megala

    Fernando Solana Olivares

    El conocimiento se funda en una vieja cláusula que ha nutrido siempre el proceso creativo. Séneca la trasmitió así: “Mío es todo lo que fue bien dicho por cualquiera”. Uno se alimenta de los otros enunciados para construir los propios, que serán tomados a su vez por alguien más y compondrán un decir, un tejido lingüístico humano y colectivo que de tal manera se va haciendo. Si todo lo sabemos entre todos, el lenguaje lo vamos haciendo entre todos.

           Del mismo modo, las personas son un sistema de relaciones que introyectan a varias generaciones familiares —dos padres, cuatro abuelos, ocho bisabuelos— en ellas mismas.  Si las siete mujeres y los siete hombres de tales generaciones anteriores son esas familias felices descritas en Ana Karenina, las cuales todas se parecen en su bienestar, representan un recuerdo emocional amparador y confortable: una alentadora genealogía.

           Pero si corresponden a las familias infelices, aquellas que Tolstoi dice que practican cada una su propia manera de infelicidad, significan algo más complejo que a veces puede resultar irreparable y alcanzar la locura desatada por los fantasmas y espectros que habitan en el interior de la conciencia. Dichas familias han enterrado a sus muertos los unos en los otros.

           Cuando se hace un intento serio de pensar hacia adentro un conjunto familiar de tres generaciones, la situación se vuelve insoportablemente compleja, afirma Ronald D. Laing.  Las alteraciones de la identidad familiar son variadas. Uno es esposo, padre, abuelo, hijo, sobrino, primo. También es sus alteraciones pronominales: yo, tú, él. Lo mismo sus alteraciones familiares: las tantas otras personas que representamos para los nuestros. De ahí proviene además la relación de cada persona consigo misma, “normada a través de las relaciones entre las relaciones que comprenden el conjunto de relaciones que tiene con los demás”.

           Un sistema orgánico de este tipo (que la enfermedad mental puede volver mecánico) debe abarcar, para funcionar aceptablemente, un conjunto de piezas capaces de encajar unas con otras. Diría Laing que toda persona es un conjunto de alteraciones. La alteración es el otro, aquello en lo que se convierte uno para los demás, quienes se vinculan a nosotros como nosotros a ellos. Aun la propia persona vista en el espejo con cierta frecuencia ve a ese otro.

           Los nudos son un concepto analítico y metodológico desarrollado por Laing en su tratamiento e interpretación de la enfermedad nombrada como esquizofrenia, en donde quien la padece ha internalizado a nivel psicológico y existencial una situación familiar multigeneracional.

            Esa internalización de relaciones, después de tres o cuatro descendencias, acabará formando un nudo indesatable que atrofia la psique y la obliga a una operación curativa que suele entenderse al revés, creyéndose que el comienzo del viaje esquizofrénico es manifestación de la enfermedad cuando significa el necesario inicio de su solución simbólica y psíquica.

           El esquizofrénico —aquel que ha sido etiquetado como tal— ha “perdido” el contacto con lo que llamamos realidad. El mundo de los símbolos, validados por consenso y en el que la gente normal se mueve con relativa facilidad, le parece totalmente extraño y en gran parte malévolo. Una teoría sobre la esquizofrenia afirma que es detonada en aquel que ya tiene una predisposición genético-parental por vínculos dobles en su infancia temprana (Double binds), patrones contradictorios de comunicación.

           La voz materna que habla de amor, pero los ojos que expresan odio o molestia. Esto es un vínculo, y lo que lo hace doble es que el niño no puede salir de esa situación ni comprenderla. Lo infantil resume las instancias reprimidas a medias que actúan desde niveles de penumbras ocultadas, e incluso anuladas, en lo más recóndito de la psique.

           Tres reglas construyen el doble vínculo. Regla A: no (hagas, digas, toques, sientas, etcétera); regla B: la regla A no existe; regla C: nunca hables de la existencia o inexistencia de las reglas A, B, C. Y los mensajes paradójicos que mediante su repetición lo propician (sí porque sí, no porque no, sí pero no) conducen a una escisión entre sentimientos y emoción, entre sentimientos y comportamiento.

           Laing, un demoledor crítico de la camisa de fuerza conceptual del término esquizofrenia, propone otra perspectiva. La aparente irracionalidad del individuo declarado como enfermo esquizofrénico encuentra su racionalidad en el contexto familiar de origen. De ahí la imagen del eslabón más sensible y a menudo más inteligente de la cadena que se enferma para desatar de una vez los nudos del proceso patológico familiar. Lo hace en nombre de todos y su curación, de darse, también será la de ellos.

           Llama “metanoia” (que significa arrepentimiento, cambio de opinión) a la sucesión del proceso en su comienzo, en su parte media y en su final. Un viaje hacia adentro y hacia atrás, hasta llegar a un punto decisivo en que el viajero regresa curado. Y afirma que en su larga experiencia clínica nunca ha visto darse esta metanoia ni en las mismas familias ni en las clínicas mentales ortodoxas.

           Por eso participó en la fundación de Kingsley Hall, una casa de salud (o contra-hospital, según Cooper, otro médico antipsiquiatra) londinense donde se cambió el régimen médico deconstruyéndolo, cambiando el eje de significación: los tranquilizantes fueron administrados a los médicos y enfermeras, de ser necesario, y se dejó a los “pacientes” en libertad de vivir su viaje metanoico con sólo dos restricciones: no atentar contra otros ni contra ellos mismos. Luego de la metanoia, cumpliéndose completa, sobreviene lo que Laing llama “neogénesis”. Una sucesión muerte-renacimiento exitosa que permite regresar a la gente al mundo de la realidad común en un nivel más alto que en su funcionamiento existencial anterior.

           Las estadísticas de Kingsley Hall son casi absolutas en la recuperación psíquica de quienes ahí estuvieron. El sistema de salud estatal —sistemas que viven de la enfermedad y no de la salud— las interrumpió. Pero quedó demostrado que todo nudo se desata. Quienes practican procesos creativos profundos (escritura, pintura, música, teatro, meditación, técnicas espirituales o artes adyacentes) exploran su propia metanoia y pueden alcanzar esa neogénesis. Quienes le rezan fervientemente a la Virgen Desatanudos también.

  • José Antonio Lugo, cartógrafo

    José Antonio Lugo, cartógrafo

    Colaboraciones

    Andrés Ordóñez

    Autor prolífico y avidísimo lector poseedor de una memoria envidiable, José Antonio Lugo nos entrega Silenciar el miedo, un extenso compendio de noticias y reflexiones cuyo eje central es la literatura como ámbito idóneo de la transversalidad en las humanidades. Se trata de un ejercicio fragmentario y fragmentado. Los textos que componen su obra más reciente son breves y, lejos de ordenar el caos, mas bien parecen suscitarlo. De manera voluntaria o no, Silenciar el miedo evoca la herencia retórica de Nietzsche, referente fundamental de quien, junto con nuestro entrañable y recordado Hernán Lara Zavala, el autor identifica como uno de sus maestros, Juan García Ponce, y referente también de otros dos de sus escritores predilectos: Lawrence Durrell y Fernando Pessoa.

    Para un lector, como es mi caso, propenso a los textos académicos, el libro de Lugo reviste, en principio, un carácter paradójico. De una parte, su lectura es amena desde la primera página. Sin embargo, por otra, su sentido general no es fácil de asir. En una lectura inicial, el libro desconcierta por su renuncia a la jerarquización de temas, autores y circunstancias. En primera instancia, fuera del goce de la reflexión y del recuerdo, el libro parece conducir a ningún lado. Podríamos decir que Silenciar el miedo ostenta un carácter centrífugo, cosa que lo convierte en una ametralladora de estímulos que, lejos de concentrar nuestra atención, la dispersa en una proliferación de sentidos posibles cuyo efecto es el de un barroquismo posterior a la mismísima posmodernidad; algo que, al tiempo de antojarse natural de un texto producido en la coyuntura de atomización absoluta que vive el paradigma occidental al cual pertenecemos, les asigna una historicidad precisa al libro y a su autor.

    La peculiaridad centrífuga que he aludido antes lleva consigo otra característica del texto: su audacia. No se trata de una audacia formal. La audacia de Silenciar el miedo es más bien sustantiva. Un lector distraído podría caer en la tentación de juzgar la proliferación en su contenido como un defecto. A mis ojos, no es ese el caso. Y no lo es porque el texto de Lugo es fundamentalmente una obra testimonial heredera de la tradición, iniciada por nuestros intelectuales porfirianos cosmopolitas, de dar noticia en el país de lo que era “el mundo” y que alcanzó su punto más alto en la obra ensayística -es verdad, a veces un poco precipitada- de Octavio Paz en libros hoy cada vez más olvidados como Las peras del olmo, Cuadrivio o Puertas al campo.

    Probablemente algunos de ustedes estimen mi apreciación exagerada. En mi defensa diría que el testimonio que brinda José Antonio Lugo es el de la configuración intelectual, estética y política, en una palabra: cultural, de la mayoría de quienes esta noche nos encontramos aquí reunidos. Ese hecho nos vuelve problemático identificar el fondo de Silenciar el miedo. La razón de ello es, simple y llanamente, porque aún carecemos de suficiente distancia crítica para objetivar su contenido y, más aún, a nosotros mismos.

    Si algo caracteriza el libro y a su autor son, junto con su erudición, dos cosas: sinceridad y generosidad. Con la candorosa transparencia que atesoramos sus amigos, José Antonio Lugo nos abre el camino a las entretelas de sus afectos intelectuales y personales. En el desorden de sus pasiones, José Antonio nos presenta un rompecabezas fascinante y bien humorado que, como la Rayuela de Cortázar, deja su ensamblaje al criterio, a la voluntad, al interés o al ánimo de cada lector.

    En lo que a mí respecta, la lectura de Silenciar el miedo me ha hecho recalar en José Antonio Lugo, el cartógrafo. El libro es un planisferio o, si se prefiere, un compendio de mapas que, en un arco de largo aliento en términos geográficos y espaciales, al tiempo de trazar la geografía intelectual de su autor, lo sitúa como actor y producto de su tiempo. De la Grecia clásica a la física cuántica. De Murasaki Shikibu del siglo xi japonés a David Toscana hoy, José Antonio traza un derrotero de fascinación por la diversidad. En este viaje el autor echa mano de un astrolabio cuyas piezas fundamentales son Jorge Luis Borges y Marguerite Yourcenar, los referentes básicos que orientan su perspectiva de las cosas.

    Como lo he mencionado antes, Lugo es heredero de la tradición noticiosa de la que Octavio Paz es epítome. De allí resulta tal vez, en conjunción con el carácter generoso que le es propio, la voluntad pedagógica que permea Silenciar el miedo. Sin embargo, vale la pena notar que la pedagogía del autor no se ejerce desde la altura de la autoridad, que de sobra posee, sino a partir del entusiasmo del amigo que comparte lo que ha aprendido. Tal es la clave de la amenidad de la lectura, donde resuena el eco de Carl Sagan en su labor de difusión. Y la mención de Sagan me lleva a otro aspecto destacable en el libro: su atención a la cultura de masas, pero especialmente en la manera en que el autor la aborda.

    Es claro que lo que fascina a Lugo es el relato que encierran las cosas, pero también es evidente que su fascinación es indisociable del placer que le causa identificar la continuidad en las rupturas: la manera en que todo es igual, pero distinto, sea en el espacio o en el tiempo. De tal suerte, con la memoria enciclopédica que la naturaleza le concedió, José Antonio recuerda, entre otras muchas cosas, los detalles de series de televisión que han llamado su atención, pero en consonancia con fenómenos sociales y tecnológicos de los cuales los relatos en sus capítulos han constituido puntos de inflexión. Por ejemplo, la premonición de la telefonía celular en Viaje a las estrellas o, con relación a esa misma serie, las implicaciones de una conversación casual entre una joven actriz de raza negra y el reverendo Martin Luther King, con el primer beso interracial de la televisión estadounidense. Lo mismo podríamos decir del fenómeno amarillista de la prensa de tabloides y la admiración por la belleza trágica, aspecto sustancial en la obra del fotógrafo mexicano Enrique Metinides, o el rescate de la cultura new age al despojarla de su frivolidad intrínseca cuando ubica el tai-chi en su sentido primordial y le restituye su dignidad científica y cultural.

    El mundo es un texto complejo. Todo en él es narración: la ciencia, la técnica, la política, la gastronomía, el cine, y todo cabe en la literatura sabiéndolo acomodar. Así parece entenderlo José Antonio Lugo, y su hilo de Ariadna es la literatura y sus autores. Es a través de los escritores que han nutrido su percepción del mundo que el autor de Silenciar el miedo traza la ruta de su élan vital, del impulso que anima su curiosidad voraz en los territorios del pensamiento, la belleza, la naturaleza, la sensualidad y el erotismo.

    Mirado en su conjunto, el universo de José Antonio Lugo se encuadra estrictamente en las coordenadas de los referentes más decantados de la cultura del siglo xx occidental y sus fuentes decimonónicas. Es desde ese mirador privilegiado que Lugo aborda la otredad, es decir, los territorios culturales del Oriente y la diversidad africana. Pero no solamente. Es también desde ese balcón que nuestro autor examina la realidad mexicana, misma que advierte partícipe del Occidente que tanto aprecia, pero a la vez no exenta de la singularidad que también la caracteriza.

    En uno de los memorables textos de reflexión literaria de Fernando Pessoa, el poeta portugués sentencia que la poesía es aquello que, siendo íntimamente nuestro, es también de los demás. La íntima cartografía de José Antonio Lugo resulta ser también la nuestra. La estética ponderada por el autor en sus páginas es también la de quienes, nacidos hacia fines de la década de los cincuenta y principios de los sesenta, incorporamos en nuestra educación intelectual y sentimental los valores en crisis del fin del siglo XIX tamizados por la violenta transformación de la guerra fría en los dominios, lo repito, del pensamiento, la belleza, la naturaleza, la sensualidad y el erotismo.

    Concluyo mi lectura de Silenciar el miedo destacando otra de las características del autor plasmada en su libro. Con la misma sinceridad con la que nos revela su deleite por la televisión y el cine, José Antonio Lugo renuncia a limitarse a la admiración de los consagrados y, con igual entusiasmo, abre sus páginas a sus contemporáneos, tanto a aquellos que, como él, gozan ya de reconocimiento, como a quienes por azares del destino vieron truncado el desarrollo de su talento. En una coyuntura marcada por la polarización y el denuesto como recurso para la propia exaltación, la generosidad de José Antonio nos hace abrigar la esperanza de que exista en el medio mexicano un camino alternativo al de las catacumbas.  

  • Lobo Antunes y Saramago

    Lobo Antunes y Saramago

    El laberinto del mundo

    José Antonio Lugo

    “Cuánto más se conoce a
    los hombres, más se aprecia
    a los electrodomésticos”. 
    ALB

    1. António Lobo Antunes

    Ha muerto este gran novelista portugués, premio FIL de Guadalajara. Psiquiatra, su obra está marcada por una visión lúcida y sin esperanza, redimida sin embargo por la escritura.

    Tuve la oportunidad de verlo y escucharlo en el Palacio de Bellas Artes. Ante pregunta expresa sobre el Premio Nobel de Literatura, contestó que a él lo único que le interesaba de los premios era el cheque y lo único que le importaba era escribir ocho horas diarias o más.

    Repasemos su primera novela, en la que se anuncia el resto de su obra magnífica. 

          II. Memoria de elefante 

    Narra un día en la historia de un psiquiatra, narrador alter ego de Lobo Antunes, que soporta la consulta en el hospital para enfermos mentales, le pide a un amigo que vayan a comer una hamburguesa -está deprimido- pero no puede degustarla porque le ganan las arcadas y vomita. “Había hecho de la vida una cama de fuerza en la que se le hacía imposible moverse, atado por las correas del disgusto de sí mismo y del aislamiento que lo impregnaba de una amarga tristeza sin mañana”. Y, sin embargo, el psiquiatra quiere escribir, encuentra que esa es la única salida, la única batalla por librar: “Para el psiquiatra el manoseo de las palabras constituía una especie de vergüenza secreta, obsesión eternamente postergada”. Sin embargo, la falta de ternura del mundo lo carcome. Recuerda el cuento “La gaviota” de Chéjov “cargado de la pavorosa angustia de la vida”; escucha las notas de Charlie Parker y piensa: “Aquella gaviota soy yo y yo también soy quien huye de mí. Y no tengo siquiera el valor necesario para volver atrás y ayudarme”.

    Lamento la muerte de Lobo Antunes, para mí, mucho mejor novelista que José Saramago, aunque éste último haya ganado el Premio Nobel de LIteratura.

    1. José Saramago 

    Reconozco que es el autor de dos o tres novelas espléndidas. Pienso en El año de la muerte de Ricardo Reis, entrañable homenaje a Fernando Pessoa; en Memorial del convento, que narra la historia de la construcción del convento de Mafra y la invención de una máquina de volar -la pasarola; pienso también en La balsa de piedra, que imagina que la Península Ibérica se separa del continente y navega sin rumbo por el Atlántico. Quizá también Ensayo sobre la ceguera.

    Sin embargo, el predicador le ganó al novelista. Borges decía que cuando quería mandar un mensaje, ponía un telegrama. Novelas con mensaje casi siempre son malas novelas. La caverna y tantas otras obras quieren darnos leccionesmorales. De bostezo. Me agradan, sin embargo, los Diarios de Lanzarote, en algunos fragmentos. Saramago quiso ganar el Nobel y lo obtuvo, haciendo lo necesario; Lobo Antunes sólo quería escribir y lo logró también.

    1. Monasterio de los Jerónimos, Lisboa

    Mi querida amiga Verónica González Laporte -que vive en Lisboa- me anuncia que irá al funeral de Lobo Antunes en el famoso recinto. Le pedí que le llevara al Maestro una flor, de parte de un lector mexicano. ¡Salve, maestro! Prefiero tu oscura lucidez a la Francis Bacon que los mensajes edulcorados de quienes quieren dar sermones desde la literatura. 

  • Hilo a los cuidados y la ternura

    Hilo a los cuidados y la ternura

    Hilar el mundo

    Nidia Soledad Esteva

    Hablar de cuidados y ternura en plena primavera puede sonar cursi e ingenuo, pero en un mundo aquejado por la violencia y el clima es, quizá, el gesto más radical y tierno que nos queda. Estamos viendo las violencias, constatando las desigualdades, viviendo las injusticias, padeciendo la sed de una tierra agrietada por el cambio climático; y antes habiendo vivido entre pandemias y aislamientos. Estoy segura de que a mí me han salvado el cuidado y la ternura que, de forma directa o indirecta, han salvado a varios en los días de su vida.

    Aquí, en el sur de México, o en el rincón más aislado del mundo, nos agrupamos en redes humanas. Algunas son estructuras de gestión participativa; otras, fenómenos sociales colectivos. Desde distintos lugares (cómodos, adversos o expuestos) nos rodea y podemos constatar, si tenemos la sensibilidad necesaria, aquello que señaló Olga Tokarczuk al recibir el Nobel de Literatura en 2018: “La avaricia, la falta de respeto a la naturaleza, el egoísmo, la falta de imaginación, la rivalidad interminable y la falta de responsabilidad han reducido el mundo al estado de un objeto que se puede cortar en pedazos, agotar y destruir”.

    Esta labor, que durante siglos fue un mero silencio doméstico, encontró nombre y argumentación cuando Carol Gilligan señaló en su libro In a Different Voice de 1982 que existía una ética del cuidado distinta a la ética de la justicia. Argumentó que mientras la moral tradicional se basa en reglas y derechos, la ética del cuidado se basa en la responsabilidad por los demás y en mantener los vínculos humanos.

    Hilar cuidados es sostener el mundo con hebras invisibles que evitan que se desgarre, es ese algo que ha estado ahí siempre y es imposible cuantificar, algo que ha movido la propia economía, algo que hace funcionar el mundo como un organismo infalible, los cuidados, esos que todas las personas necesitamos en todas las etapas de la vida, en todas las condiciones y clases sociales, en todos los momentos, hasta al comer y tomar agua, por ejemplo, sin discutir la calidad y periodicidad de la misma ni lo que fue necesario para que ese líquido vital esté a nuestro alcance.

    El cuidado no es sólo un concepto ético: es el motor oculto de la economía. Está en los núcleos mínimos, en la madre que teje una red invisible para que sus hijos e hijas sean los primeros miembros de la familia en pisar una universidad o cruzar una frontera, posibilitando así romper el círculo de la pobreza. Lamentablemente, muy pocas veces esos cuidados esenciales que las personas necesitan para mejorar sus condiciones de vida están en un sistema político que se haga cargo de sostenerlos. Quizá se encuentran, de manera incompleta, en algunas políticas públicas de movilidad social, horarios de trabajo, enfoques de género y derechos humanos.

    En medio del cuidado más cercano es más fácil advertir la ternura, un gesto que allí podemos encontrar casi a diario, como lo menciona Tokarczuk: “dar existencia a todas las pequeñas partes del mundo que están representadas por las experiencias humanas”.

    Las políticas públicas, las economías, los feminismos en México y el mundo discuten como articular el sistema de cuidados desde una mirada positivista, pero no debe olvidarse que los sistemas de organización son diversos: comunitarios, urbanos, rurales, y que no existe una receta única para cuantificarlos o potencializarlos. Las posibilidades radican en la voluntad de las personas para hacer conciencia y no perder la ternura en el intento de aprender a dar y recibir cuidados.

    El cuidado y la ternura atraviesan todas las vidas y las impactan mucho más de lo que creemos. Sería fácil y tal vez sonaría superficial indagar en las vidas de familias que nacieron con capas de privilegio, pero también ahí existen esas manifestaciones y sus necesidades. Para ejemplificarlo recomendaré el libro Lazos fuertes- lazos débiles de Patrick Inglis (2026). A través de preguntas metodológicas pertinentes, Inglis documenta historias de personas cuyas trayectorias se transforman entre procesos de movilidad social como puente de vínculos, entre lazos (fuertes y débiles) que impactan sus vidas. Recuerdo especialmente su encuentro con Francesca en la periferia profunda de la capital del país, una zona de contrastes como Chimalhuacán, y más tarde en la Central de Abastos, epicentro de una metrópoli avasalladora. Al enterarse del embarazo de Francesca, Inglis reflexiona con una crudeza poética sobre la fragilidad de su red de apoyo: «Un lazo débil que pende en el aire, pienso para mí mismo. Un lazo fuerte ahora deshilachándose».

    A este panorama vivencial, debemos sumar la explotación externa y extrema a la que somos sometidos por la búsqueda del éxito, lo que Byung-Chul Han describe en La sociedad del cansancio: nos hemos convertido en sujetos de rendimiento que se autoexplotan hasta el colapso. En esa carrera por la productividad, el «otro» desaparece y, con él, la capacidad de cuidarlo. El descuido no es solo falta de atención, es la erosión misma de la vida bajo el peso del éxito individual.

    El cuidado no es únicamente un principio ético: es el engranaje invisible que sostiene la economía y la vida. Está en la madre que teje un futuro improbable, en las redes comunitarias que rompen el círculo de la pobreza, y en las pocas políticas públicas que logran reconocerlo, también en la sonrisa de mis abuelos que sembraron mangos durante décadas. Sin ese tejido, el mundo se desploma. 

    Entonces, sin cuidados y sin ternura, el mundo no se deshilacha: se rompe.

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