Elogio del no tiempo

Ta Megala

Fernando Solana Olivares

Cada sociedad posee un tiempo propio, una teoría de la historia y una organización alrededor de la observancia de sus efemérides. El sentido del tiempo organiza toda cultura y todo trabajo representa un tiempo cristalizado. Tener poder se entiende como disponer del tiempo propio y de los otros, del tiempo presente y futuro, del tiempo del pasado en cuanto a su memoria, del modo en que su acontecer debe ser narrado.

    La historia del poder es la historia del tiempo y de sus encrucijadas, de aquellos momentos cuando cambian las formas de contarlo. Jacques Attali menciona algunos signos anunciadores que revelan fracturas culturales: el cuadrante solar, la clepsidra, el reloj astronómico, el de bolsillo, el cronómetro de la cadena de montaje, el reloj checador en los empleos, y ahora el reloj digital insomne de los mercados financieros.

    El tiempo es sinónimo de intimidación y el primer código conocido de poder es el Calendario, una sucesión de fechas rituales en las que “la violencia es legal o simulada”. Y aunque el funcionalismo señala que las primeras mediciones humanas del tiempo responden a necesidades de sobrevivencia determinadas por el clima, y que los primeros impulsos metafísicos obedecen a la perplejidad ante aquello temporal invisible que dispone la sucesión de los días y las noches, de la abundancia o la miseria, la noción del tiempo ya está dada en el Logos, en la conciencia del lenguaje. Hablar es habitar en el tiempo.

    El ser humano, dice Nietzsche, es aquel animal que hace promesas y eventualmente las cumple. Tales son acciones que ocurren en el tiempo, el cual en los albores de la civilización era también un término de referencia sobre las actividades humanas mismas. Por eso en Birmania al amanecer se le designaba como ese momento de “bastante luz para ver las venas de la mano”.

    El tiempo mítico se concibe circularmente porque representa la repetición del momento del origen, única estructura que protege contra lo inesperado. Todo dios verdadero es Dios del Tiempo y todo tiempo fundacional es un Tiempo de los Dioses. Los ciclos han de cumplir el tiempo que les ha sido asignado, agotarse y consumirse: de ahí entonces que el mundo deba envejecer. Lo supo Eliot al escribir que en el fin está el principio.

    Los chinos imaginaban al tiempo y al espacio como categorías en correspondencia, uno formado por periodos y otro por regiones. Surgía un ritmo y sucedía una danza en su contacto. Un ciclo simboliza darle la vuelta al tiempo y al espacio. Los ritos y sus lugares son tiempo y espacio cargados de densidad específica. De ahí que cuando mueren las virtudes sólo quedan en pie los ritos. El tiempo es un ritmo, quizá por eso nada más unos cuantos busquen ahora envejecer con dignidad.

    Kronos, que luego se escribirá Cronos en latín, es el Dios del Tiempo, de la Historia y de la Interrupción. Su raíz significa “deteriorar”. Cronos devora a sus hijos y los hombres mueren porque no son capaces de unir el comienzo con el fin, según establece el mito órfico. El número y el tiempo son aquellas cosas que los hombres tienen en contra. Ese dios devorador es “el tiempo mismo, el tiempo insaciable de años, que consume todos los que transcurre”, como lamentará el poeta latino.

    Sin embargo, Anacronos es estar fuera del tiempo. La obra de arte es contra el tiempo, un campo semántico inagotable que concentra el punto inmóvil donde todo fluir cesa. Es parecido al momento pagano cuando el dios Pan caminaba sobre la tierra y los seres quedaban quietos. Así el cuento no lleva tiempo y toda narración es una acción sobre el tiempo, un dis-curso. Hoy existe un tiempo puntillista, un tiempo líquido que confunde las vivencias (tiempo repetido) con las experiencias (tiempo sumado).

    El tiempo es el orden mensurable del movimiento, el movimiento intuido y la estructura de las posibilidades. Los seres humanos no pueden conocer el tiempo futuro más que por alegorías o extensiones: mañana será como vivas hoy. De pronto el tiempo se encoge y el porvenir hace surgir ahora ciertos instantes. Es un misterio que algunos llaman doble mirada y otros, intuición. Acaso en eso consista dejar atrás al sujeto histórico y salir del tiempo para estar en el espacio. En colocarse fuera del juego de las circunstancias y percibir otro tiempo sin tiempo ni linealidad.

    Al revisar las grandes metáforas de las religiones sagradas, Ralph Metzner señala que los maestros taoístas utilizan las imágenes circulares de volver al origen, a nuestro hogar verdadero o principio primordial para describir la experiencia de la iluminación. Una a-temporalidad.

    Hablando del tiempo, Borges recuerda un hermoso verso que Tennyson escribió a los quince años: “El tiempo transcurriendo en medio de la noche”. Esa palabra-tejido, transcurrir, contiene etimológica y fonéticamente lo que nombra: correr de un lado a otro, pasar rápidamente. Tal el tiempo, que se escurre entre los dedos y las vidas de la gente. Que trans-curre.

    “¿Por qué temes a tu muerte? —preguntaba una tableta agnóstica del siglo VI antes de Cristo—. El futuro le pertenece”. El tiempo existe ya desde siempre. Vamos pasando a su través, dirá otro. Por eso se le compara con el agua, y Fu-Po clama porque el tiempo fuera como el viento y volviera otra vez.

            Llegó tiempo, vino tiempo, dice la endecha castellana. Ahora que soy viejo miro un tiempo cíclico. El de las mareas que vienen y van. Es cuando descubro al niño que habiendo sido ahora a veces vuelvo a ser. Y digo “Anacronicidad”, aunque el diccionario de la computadora subraye esta palabra con rojo como si fuera un error. ¿Qué saben las máquinas acerca de la verdad?

    El tiempo ya no es el orden mensurable del movimiento, tampoco el movimiento intuido sino la estructura de una posibilidad. Abandono el tiempo como aquella esfera que abraza todo de los pitagóricos, o como esa vida del alma en la cual se pasa de un estado a otro descrita por Plotino, o como el presente, el pasado y el futuro que al mismo tiempo viven en el alma según san Agustín.

    Entonces digo “Anacronicidad” y contemplo las gastadas palmas de mis manos. A veces en ellas se detiene el instante y atisbo el no tiempo, se muestra la eternidad.

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