Los que sostienen

El laberinto del mundo

José Antonio Lugo

         I. ¿Quién llora a Herbie Wright?

         Hace muchos años leí en un Selecciones del Reader’s Digest -mis papás estaban suscritos-, en la sección “Historias de la vida real”, un relato que me conmovió profundamente y conservo en la memoria desde entonces.

         Herbie era un señor de más de 60 años que vivía en una pequeña localidad de Estados Unidos. Su trabajo era recorrer el pueblo llevando dos bolsas de estraza con objetos que vendería entre la comunidad y que costaban menos de un dólar: sacacorchos, trapos, destapadores, peinetas, grasa para zapatos, etc. Organizaba sus recorridos de modo que no volviera a visitar una casa antes de tres meses. Así, pasaba los días.

         Al terminar la jornada, iba a la gasolinera, cambiaba las monedas de sus ventas, comía un helado de vainilla y se iba a casa donde atendía a su madre, y se preparaba dos sándwiches, uno de atún y otro de mantequilla de cacahuate. Boleaba sus zapatos mientras escuchaba música clásica. Y luego se dormía. Esa rutina continuó idéntica hasta después de la muerte de su madre.

         Un día, apareció una esquela en el periódico local, con su nombre. Alguien pensó: “Es Herbie, nuestro Herbie”. Y no tenía parientes. Pobre, voy a ir a los servicios, se dijeron los vecinos. Casi todos recordaban que había hecho algo por ellos: mover la nieve delante del auto de un convaleciente que no podía hacerlo, cambiar un foco para alguien que no podía subirse a un banquito… Nunca pedía nada, con excepción de un vaso de agua y sentarse un par de minutos.

         Ese día todos se preguntaban qué persona importante había muerto, porque había una multitud camino a los servicios fúnebres. Todos iban por Herbie, pero nadie le había dicho a alguien más. Cada quien tenía una relación personal con él y habían decidido rendirle un último tributo para que no se fuera solo de esta vida. No sabían que TODOS eran Herbie y que él era la argamasa discreta y casi invisible que cohesionaba a toda la comunidad.

         II. Leticia Morales Bojalil

         Es una artista plástica de origen libanés que vive y se ha desarrollado en Puebla. Su más reciente exposición Ad Deum, Tiempo sagrado, se presentó en la BUAP hace apenas unas semanas.

         Sobre esta exposición, el crítico de arte y curador Luis Ignacio Sáinz señala: “Las obras que integran esta oferta icónica y tridimensional, una especialmente comprometida con la visualidad avanzada, nos demuestra que los tópicos religiosos y hasta litúrgicos, de calado histórico y característicos de creyentes, laicos y agnósticos, son fundamentales en la perspectiva espiritual de las personas en nuestro tiempo, marcado por la violencia, la frivolidad y la intransigencia”.

         III. Los trabajadores invisibles

         La artista acaba de publicar el libro Benditos y santos oficios, en el que reivindica oficios fundamentales para nuestro bienestar. Lo importante, sin embargo, no es sólo la recuperación de saberes prácticos, sino que les da nombre, al contarnos un poquito sobre quienes encarnan esos oficios.

         Todos son “don” y “doña”, como una muestra de respeto y gratitud: Don Natalio, el empacador; doña Meche, la remalladora; doña Irma, la cocinera mágica, don Miguel Ángel, el mesero que hace la diferencia; don Javier, el policía de tránsito; el Viene-viene, don Antonino, don Josué, el súper plomero; don Omar, hacedor de ventanas; don Arturo, el limpia vidrios de la vida; doña Mago, la cuidadora amorosa, don Francisco, el panadero de la colonia; doña Isabel, la elotera; don Carlos, el globero; doña Ocotlán, la tamalera; el huevero, don Antonio; doña Anita y sus churros; doña Julia, la tortillera; don Alfredo, el mimo… Y no son todos. El libro se divide en dos partes: Benditos oficios y Santos oficios (estos últimos, en riesgo de desaparecer).

         No es sólo la descripción del oficio; Leticia Morales Bojalil nos dice algo del amor con que cada quien realiza su labor. Así, le pregunta a don Jacinto cómo le hace para que sus plantas crezcan tan bien y él contesta: “Es simple, les hablo con cariño y las cuido con amor”.

         Cada uno de los capítulos está ilustrado por una viñeta/caricatura de la artista plástica, convirtiendo este libro en una propuesta del corazón, desde el arte, la empatía, el respeto y la gratitud. 

         Vivimos en un mundo donde las gentes importantes, buenas o malas (Trump, el Papa, los influencer, Elon Musk, Messi, etc.) parecen ser los únicos sobre los que vale la pena poner la mirada. No nos damos cuenta de que Herbie, don Josué o doña Mago, esos trabajadores invisibles, como los llama Luis Ignacio en el prólogo, son los que nos sostienen, son quienes sostienen el mundo.

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