Sobre cuerpos desaparecidos y bolsas negras de basura

El laberinto del mundo
José Antonio Lugo

Fui invitado a participar en el Segundo Coloquio Internacional sobre Desaparición de personas en escenario forense: narrativas, interpretaciones y rituales funerarios. Va mi texto:

Desde siempre, la especie humana ha estado obsesionada por la muerte. 

Hace más de dos mil años, Gilgamesh se sorprendió ante la muerte de su amigo Enkidu: “¡Mi amigo, a quien yo amaba, ha vuelto al barro! ¿No habré yo de sucumbir como él? ¿Nunca jamás me habré yo de levantar?”.

En el siglo XV, Jorge Manrique escribió: “Recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte, contemplando
cómo se pasa la vida, cómo se viene la muerte tan callando”.

En el siglo XVII Rembrandt pintó “La lección de Anatomía”, y nos presentó como objeto de estudio a un cuerpo desalmado, un cuerpo sin alma, un cadáver.

En el siglo XX, Xavier Villaurrutia escribió sobre la muerte, que le dijo: “Aquí estoy. Te he seguido como la sombra que no es posible dejar así nomás en casa. ¿No me sientes? Abre los ojos; ciérralos, si quieres”.

En el camino hacia la muerte, tenemos nuestros Virgilios. 

Anubis en la mitología egipcia, Caronte y su barca en la mitología griega, el Xoloitzcuintle, guía en el Mictlán, los tanatólogos en fechas recientes. Se trata de acompañar el último tránsito y guiar a los vivos al reino de los muertos. 

Hoy, en el México del siglo XXI, no hay quien conduzca los restos fragmentados al inframundo, ni pueden hacer nada Caronte, Anubis o el Xoloitzcuintle,  porque no tenemos cuerpos.

Sin cuerpo no hay duelo. Por eso claman las madres buscadoras, para que descanse en paz su muerto y para elaborar su duelo infinito.

En el mejor de los casos, valga la expresión, tenemos bolsas negras donde se guardan fragmentos de restos humanos.

Hoy, el cordón rosa de la bolsa negra es la placenta de la muerte. 

Rembrandt nos mostró en su famoso cuadro un cuerpo: una unidad.

El moderno Prometeo, Frankenstein, la inmortal creación de Mary W. Shelley, está hecho de pedazos de cadáveres. Está unido a pesar de las costuras, es uno. Uno/unido.

Ni eso tienen los muertos que yacen en las bolsas de plástico. Frankesteins al revés, están des/unidos, ya no son uno, son meros pedazos.

Y las bolsas, su contenedor, su útero, son bolsas de basura.

Los fragmentos humanos en bolsas negras son basura. 

Y algunos ni llegan a la bolsa. 

Han sido asesinados y aventados en fosas comunes, corroídos por el ácido del tamalero o devorados por animales de carroña.

Esta realidad no acepta alegorías, metáforas ni adjetivos. Las alegorías y metáforas quedarían cortas, los adjetivos serían fútiles. 

Ante el horror, la literatura puede describir, solamente. Editorializar el horror es trivializarlo. 

El horror simplemente es. 

Hemos pasado del asombro ante la muerte, la impermanencia de la vida, el estudio del cuerpo y la conciencia de la muerte a una realidad inimaginable, atroz.

Cabe la pregunta: ¿Qué culpa pagamos los mexicanos para convertir a los hijos de la Suave Patria en bolsas de basura rellenas?

Dentro de unos días festejaremos un cumpleaños más de México. ¿Hay algo que celebrar?

No soy psicoanalista ni psicólogo social. Esa respuesta no me corresponde. 

Sólo sé que si las bolsas de Best value que se consiguen en los centros comerciales o por kilo sin marca en los mercados van a ser la metáfora del futuro de nuestra juventud, estamos jodidos, como diría Mario Vargas Llosa. Dije mal. No debía decir: “van a ser”, están siendo, gerundio doloroso. 

En esta tardomodernidad hemos normalizado esta pesadilla y la ponemos junto al resultado de la copa del mundo, el escándalo político de moda o los chiles en nogada.

Como si los fragmentos de cuerpos en las bolsas negras de basura no fueran importantes, como si los cuerpos inexistentes no fueran lo más importante. 

Atrás quedaron Gilgamesh, Jorge Manrique, Rembrandt y Villaurrutia.

Podía haber hecho la lista más grande. 

Hasta en los tzompantlis los cráneos miran al espectador y son vistos por él. 

En las bolsas de basura nadie puede ser mirado. 

La bolsa de basura es un agujero negro.

Es una nada cuya fuerza de gravedad nos jala como un poderoso imán.

Alexander Pushkin, el más grande poeta ruso de todos los tiempos, escribió en su obra Eugenio Onegin la descripción de un duelo, sin imaginar que estaba contando la que sería su propia muerte a manos de Eugenio d’Anthès, un pobre diablo que pasó a la historia por ese hecho.

Ojalá no imaginemos lo peor. Pero debemos decir, con claridad atroz:  cualquiera de nosotros podemos terminar en una bolsa de plástico negra con cordones de placenta rosa. Nadie elige ser víctima. Simplemente, sucede, le pasa a alguien, nos pasa.  

Aclaro que no me siento inseguro ni soy paranoico. Simplemente cumplo con la misión más alta de la literatura: describir el horror (y también la belleza, hay que decirlo). 

Si la literatura no sirve para mover almas, no tiene sentido escribir y todos seremos las almas muertas de Gógol.

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Sobre los desaparecidos en México.

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