Ta Megala
Fernando Solana Olivares
Quedó el retrato de un hombre de rostro anguloso, dueño de una mirada profunda y dulce, de sonrisa cálida con un suave rictus triste, un rostro confirmador del apotegma que dice que la forma más alta de la inteligencia es la bondad, la inteligente bondad, como se ve en el suyo. El rostro de otro testigo crítico de la sociedad industrial, inspirador del movimiento ecológico y profeta de la era de los límites. La muerte de Iván Illich, ocurrida el 2 de diciembre de 2002 en Bremen, Alemania, significó una pérdida cultural mayor. Las elegías siempre suelen hablar bien de los difuntos con el fin de consolar a los deudos, que en este caso seremos tantos, pero la del ex-sacerdote católico y pensador Illich debería ser la conmemoración luctuosa de un muerto fundamental para entender el proceso de sombras, como decía él, que arroja nuestro futuro.
Durante la primavera de 1989, en su casa de Ocotepec, Morelos, “un pequeño pueblo en las pendientes de la Sierra Madre, a unos ciento diez kilómetros de la ciudad de México”, según lo describieron, dos editores conversaron con Illich y éste mencionó el ejemplo de la tortilla azul que se elaboraba hacía menos de quince años en el pueblo con un grano precortesiano, ahora desaparecido, compuesto por ciento cincuenta cepas genéticas distintas cuyo color al hacerse harina era tan azul como las flores de la localidad.
El color del sembradío impregnaba ceremonias, templos parroquiales, fiestas populares y dietas. Por ello, y aunque el grano se hubiese dejado de cultivar después del arribo a la zona de las técnicas agrícolas desarrollistas con semillas intervenidas y violentos agroquímicos promovidas y subsidiadas por el gobierno, después de que las milenarias terrazas agrícolas prehispánicas quedaran agrestes y fueran devastadas, se continuaba celebrando el festival del maíz azul.
Iván Illich se refería a la brutal transición ocurrida en el corto intervalo de dos generaciones entre un mundo agrícola estable y un espacio social trastornado por las necesidades inducidas del desarrollo, transición donde las efemérides simbólicas de un mundo recién llegado a su fin continuaban inercialmente sin que aparecieran las compensaciones materiales prometidas por la modernidad. En el término “desarrollo” Illich cifraba la desviación moderna del reino de la necesidad que había gobernado a todas, lo subrayaba, a todas las sociedades anteriores, para diseñar al individuo posesivo y sus deseos ilimitados, para construir la sociedad contemporánea de la insaciable demanda por tener más.
El desarrollo reduce las limitaciones de la necesidad y deposita su fe en que la tecnología llevará a la sociedad a una evolución material constante. Existe una condición para que esto ocurra: la gente debe convertir sus deseos vagos y difusos, inconscientes y publicitarios, en “necesidades” de consumo que deben ser satisfechas. El mundo moderno eso le parecía a Illich: la construcción ideológica de la necesidad, aunque mentirosamente prometiera llevar a la gente fuera de la necesidad. Por eso le fascinaba a la vez que le repelía la ciudad de México, a la que veía situada más allá de la catástrofe, como “una metáfora de todo aquello que ha salido mal en el desarrollo.”
Sin embargo, el fenómeno gracias al que la ciudad sobrevivía como un símbolo de estabilidad y equilibrio entre la gente después de la catástrofe —en la charla de ese día de primavera se ejemplificaba lo anterior con los varios millones de habitantes del Valle de Chalco sin agua corriente e instalaciones sanitarias que de una manera u otra asumían esa carencia, entre otras, y la masa fecal resultante, gestionando por sí mismos la precariedad—, estaba conduciendo al surgimiento de “formas alarmantes pero efectivas de auto-gobierno que mantienen al gobierno y a las instituciones del desarrollo fuera de los asuntos cotidianos de la gente.” Esa tendencia había surgido después del terremoto de 1985 en organizaciones como la Asamblea de Barrios, y para Illich configuraría el porvenir inmediato.
Hoy se multiplican en la geografía nacional todo tipo de experiencias autogestivas y rupturistas, desde aquellas barbáricas como los actos de justicia popular por propia mano, hasta las delincuenciales que sustraen territorios y pobladores al imperio de la ley como el narcotráfico o los crímenes seriales de Ciudad Juárez; desde las insurreccionales que disputan la soberanía territorial y el dominio de los recursos naturales como el zapatismo indigenista, hasta las que resisten para defender la propiedad ejidal como San Salvador Atenco; desde las organizaciones vecinales que se hacen cargo de su propia vigilancia hasta la difusa y extendida desconfianza individualista en todo tipo de instituciones.
El autogobierno de los grupos y los individuos, o lo que Iván Illich llamó “la autoadministración de necesidades genuinamente básicas”, aunque en ese amplio espectro también alienten las formas de la mayor disolvencia social.
Iván Illich fue considerado un pensador apocalíptico y un intelectual crítico incómodo para las estructuras de poder. Desde su llegada a México en 1961, donde más tarde fundaría en Cuernavaca un legendario espacio de diálogo reflexivo, el Centro Intercultural de Documentación, CIDOC, su obra personal y los procesos intelectuales que sus actividades generaron lo condujeron a sufrir la persecución inquisitorial de la Iglesia católica. La Congregación para la Defensa de la Fe lo emplazó a responder un “espantoso cuestionario” (como lo llamó Javier Sicilia en un bello texto recordatorio) que lo juzgaba herético y anticristiano.
La ofensa resultó suficiente para que Illich renunciara al sacerdocio. Entre tantas preguntas —cada una de las cuales era una acusación: investirse de carisma y desarrollar ideas disolventes, ser rebelde a la autoridad eclesial, formar parte del clero progresista, asimilar el marxismo al cristianismo, practicar y promover la sexualidad, contaminarse de psicoanálisis, denunciar a la Iglesia como un supermercado de ganancias, etcétera— estaba la expulsión o, cuando menos, la reducción al silencio.
Pensar es anticipar y también agradecer. Entre sus lúcidas demoliciones de las falacias culturales, económicas y políticas de nuestro tiempo, Iván Illich anticipó la necesidad de encontrar un lenguaje para comprender la experiencia de la mayoría tecnofágica que se alimenta de los desperdicios del desarrollo, desde el Valle de Chalco hasta la Ciudad de los Muertos en El Cairo, para elaborar una ecología global basada en el manejo del agotamiento de los bienes comunes, y con ella construir una política “no del mayor bien ni del menor dolor, sino del máximo manejo del dolor para la especie.”
En sus libros (Energía y equidad, La convivialidad, En el viñedo del texto, Toward a History of Needs, entre otros), Iván Illich agradeció el misterio de la existencia, que consideraba producto de la gracia divina aun en el mundo posmoderno de nuestros días, y aventuró cómo saldríamos de esta época material nihilista y desmesurada: mediante la catástrofe o gracias a la transformación. Pero habrá futuro, así lo creyó.

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