Colaboraciones
Héctor Ramírez
Hay que sufrir hasta el final, hasta el momento
en que se deja de creer en el sufrimiento.
E.M. Cioran
Empezaré por decir que el origen de las palabras a veces no es ni griego ni latino, pueden provenir de raíces extrañas, más cercanas en el tiempo, pero que le dan sentido a las cosas y a las conductas.
Leopold von Sacher-Masoch es el escritor que, por sus fabulaciones, le da origen al término «masoquismo». Nació en Leópolis, una ciudad de Galitzia ubicada en el antiguo territorio del Imperio austro-húngaro y creció en el seno de una familia aristocrática. Su padre, Leopold Johan Nepomuk Ritter von Sacher, ocupaba un alto cargo del imperio como jefe de policía, y su madre, Charlotte von Masoch, era descendiente de una familia noble ucraniana. Leopold hijo estudió Historia, Matemáticas y Derecho en la ciudad de Graz y posteriormente hizo un doctorado que le permitió trabajar como profesor de Historia en la universidad entre 1856 y 1870. Después de este tiempo, decidió abandonar la vida académica para dedicarse al periodismo y la literatura. Entre 1881 y 1885 fue editor de la revista En el pináculo, una publicación mensual de Leipzig. Además, escribió múltiples ensayos sobre las minorías austrohúngaras y sobre su Galitzia natal, los cuales fueron alabados por autores e intelectuales de la época, como Víctor Hugo o Émile Zola. Hasta aquí algunos aspectos biográficos de don Leopold hijo, que bien podrían formar parte del CV de muchos profesores y académicos de la UNAM, egresados de casi cualquier facultad de esta querida institución.
Es el escándalo que acompañó la publicación de algunas de sus novelas —en particular de manera muy destacada la que se titula La Venus de las pieles— lo que le valió el curioso privilegio de que su apellido se asociara con la complacencia en sentirse humillado o maltratado y —ya en casos más extremos y extraños— en lo que se conoce popularmente como la perversión sexual de quien goza con verse sometido o denigrado por otra persona.
No sé si lo mío califique como masoquismo (en todo caso del más ligth) pues mis gustos en lo que a sexualidad se refiere no son tan desenfrenados. Lo que si es cierto y debo reconocerlo es que soy lo que podría llamarse un “Gran Sufridor”.
Sufro por grandes y trascendentales temas y por otros que, francamente, podrían entrar más bien en la categoría de “insignificantes”. Por supuesto uno de los grandes motivos de mi sufrimiento es la humanidad. Estoy consciente de los millones de seres humanos que habitamos este planeta, y lo que me hace sufrir es —por supuesto— que después de miles de años parece que no hemos aprendido nada. Para comprobarlo lo único que hace falta es escuchar un noticiero, cualquier día en cualquier momento. Sufro por ello, pero también me hace sufrir el hecho de que las personas en el transporte público se levanten en el último momento, a pesar de que saben que ya están a punto de llegar a su destino. Es increíble que aunque el camión o el vagón del Metro estén atiborrados —que no haya espacio literalmente para un cristiano más— los pasajeros estén asombrosamente compactados y haya quienes esperan hasta el último instante para abandonar sus asientos. Lo peor de todo es que se salen con la suya, logran su cometido y consiguen abandonar el vehículo justo en donde les conviene o lo tenían previsto.
Qué decir del sufrimiento que me produce el hecho de que en el Metro haya quienes disfrutan enormemente el viajar en las puertas estorbando la salida y la entrada de los heroicos usuarios. No importa que su viaje sea de terminal a terminal de la línea que usan cotidianamente; tampoco parece ser significativo para ellos que haya una gran cantidad de asientos disponibles, ellos prefieren estorbar en las puertas con sus, en muchos casos, voluminosos cuerpos y enormes mochilas o bultos. En este tema tanto me hacen sufrir los obstáculos humanoides, como aquellos que se sienten con un derecho inalienable de heredar el asiento que ocupan. Parece que hay un asunto como de sucesión testamentaria tramitada ante notario público que les da un derecho, a nivel constitucional, de determinar quién es el que debe ocupar el asiento que van a dejar libre, sin importar que haya alguien con más derecho por proximidad o cuestiones de linaje.
Sufro por lo que pasa, pero también por lo que no ha pasado. Me asombra mi capacidad de sufrimiento y es claro que esto también me hace sufrir con una intensidad inaudita.
Me causa un gran sufrimiento la pobreza, pero la supuesta soledad en la que viven los multimillonarios también me produce el mismo sentimiento. A veces no sé si sufrir de esta manera tiene sentido, pero —para no sufrir por utilizar demasiado este concepto— trataré de utilizar sinónimos que se supone se refieren al mismo concepto, aunque ya sabemos que un supuesto sinónimo no necesariamente describe con certeza y de manera puntual el concepto del que es equivalente, lo cual por supuesto me produce un lingüístico sufrimiento.
Siempre me han agobiado (hecho sufrir) las guerras, aunque creo que éstas son motivo de orgullo del hombre —aquí incluyo a las mujeres— por aquello de la paridad de género y porque definitiva e históricamente sí que se las han gastado y contribuido al tema de una manera bastante absurda. Entiendo aquello de los territorios, los intereses económicos y todas esas cosas, pero a estas alturas ya podríamos ir entendiendo que las pérdidas son demasiado cuantiosas en todos los sentidos.
Casi de la misma manera me produce un indescriptible agobio (sufrimiento) el hecho de que, en las escaleras eléctricas del Metro, las personas se empeñen en no dejar libre el lado izquierdo para que transiten aquellos que tienen prisa ¿qué les cuesta mantenerse a la derecha? ¿por qué si van con un acompañante les molesta tanto interrumpir por unos segundos sus interesantes pláticas y dejar el paso libre, simplemente alineándose a su derecha?
Estas simples reglas de convivencia social que son tan necesarias para una mejor circulación se vienen abajo porque quienes estorban creen firmemente que el utilizar una escalera mecánica les da un derecho incuestionable para no moverse y están convencidos que, quienes no quieran hacer uso de este inmóvil privilegio tienen que hacer uso de los peldaños tradicionales.
Me afligen (hacen sufrir) demasiado los sonidos inútiles en las calles. ¿Por qué las motocicletas que cada día se multiplican más, se empeñan en producir un insoportable escándalo mientras circulan por estas calles de Dios? Como si no fuera suficiente la zozobra que genera el no saber si esos intrépidos bikers que atiborran las avenidas y rebasan irresponsablemente por donde se les da la gana son repartidores de comida, de medicamentos o cualquier otra cosa (incluyendo seres humanos, pues ahora ya los llevan y los traen en dos ruedas las aplicaciones de transporte). Es decir, no se sabe si son honestos trabajadores que se están ganando la vida o si se trata de asaltantes dispuestos a desplumarte… eso sí, muy respetuosos de las leyes que les impiden circular sin casco, lo cual les sirve muy bien para ocultarse y mantener su anonimato.
La proliferación de estos cafres de dos llantas ha generado un novedoso riesgo para quienes utilizan el transporte público, ya que en muchas ocasiones circulan por el espacio que queda entre los camiones y la banqueta, pasando a toda velocidad y a menudo estando a punto de llevarse de corbata a los distraídos pasajeros que abordan o descienden de los destartalados camiones. Pero no son sólo los motores, los camioneros también contribuyen cuando hacen uso de escandalosos claxons que hacen sonar a la menor provocación: para saludar al colega que pasa en sentido contrario, asustar al transeúnte despistado o simplemente mentarle la madre a quien se les pegue la gana, por quítame estas pajas.
La angustia (entiéndase ésta como sufrimiento) se apodera de mí cuando me doy cuenta de que todas las personas que están absortas en sus teléfonos no se encuentran haciendo una consulta en Wikipedia, tampoco leyendo un e-book o escuchando embelesados uno de los conciertos de Brandemburgo. La realidad es que están utilizando un sofisticado y en muchas ocasiones carísimo dispositivo para satisfacer sus lúdicas obsesiones con jueguitos en los que el mayor reto es colocar, uno tras otro, cubos de colores. Y ya que hablo de celulares, me aflige (hace sufrir) enormemente el pensar que la escritura puede convertirse en un recurso en peligro de extinción, pues ya casi nadie se toma la molestia de escribir mensajes de texto y ahora es más común que se envíen mensajes de voz. Esto significa que las cosas se han invertido, pues han quedado muy atrás los tiempos en los que la escritura era un sistema de comunicación humana que traducía los sonidos del habla a términos visuales mediante signos gráficos convencionales (como letras, símbolos o jeroglíficos) dispuestos sobre un soporte físico. ¿Estamos destinados a quedarnos sin memoria? Al perder la escritura, estamos perdiendo un medio fundamental para registrar, conservar y transmitir información a través del tiempo y la distancia. Con todo este asunto tan digital por supuesto sufro enormemente.
El peatón, ambulante, caminante, andariego, paseante, transeúnte o viandante ya no solo es víctima y presa de los automovilistas y de los motociclistas, ahora lo es también de esa raza conocida como los ciclistas y, por supuesto, eso me genera (adivinó usted) un enorme sufrimiento. Ay de aquel que ose usar una de las vías destinadas para la circulación de bicicletas, no importa que éstas se encuentren a un lado de las aceras, pues ¿qué pretenden cuando se molestan porque —para llegar al otro lado de la calle— tenemos que pisar una ciclopista? ¿Que la evitemos levitando? Quienes andan pedaleando por la vida se han convertido en cafres agresivos e intolerantes; en desalmados que no se tientan el corazón para embestirte impunemente o pegar un enardecido grito para advertirte que van a pasar a toda velocidad.
Hay cosas que me provocan un enorme sufrimiento en otras áreas, como la estética, por ejemplo. No me refiero a la rama de la filosofía que estudia la esencia y la percepción de la belleza, el arte y el juicio de valor sobre lo que consideramos atractivo o desagradable, es más bien acerca de una cuestión más frívola y que tiene que ver con lo que alguna vez se conoció como “Estéticas Unisex”. Es en este tipo de lugares a los que acuden algunas mujeres para que les apliquen tintes que les dejan los cabellos de insospechados colores, o bien para que les depilen totalmente las cejas y se las tatúen. No sé cómo tendrán que ser las instrucciones que dan para obtener tan infames resultados: “quiero cejas en un ángulo que me haga parecer permanentemente sorprendida”, “me gustaría que mis cejas hagan evidente que vivo eternamente enojada… no, no, mejor que me hagan ver furiosa ‘por todo y contra todos’, como decía Dostoyevski”. Por lo que recuerdo haber visto, estos procesos siempre me parecieron dolorosos, porque los hacían pelo por pelo, pero se limitaban a dar cierta forma a las cejas y en todo caso eliminaban los vellos adicionales o fuera de lugar, pero ahora ese asunto tan radical e irreversible me parece temerario. Creo que lo socialmente aceptado es (o era) el eliminar el vello de las piernas y de las axilas, aunque sé de muy buena fuente que la famosa pintora Frida Kahlo no acostumbraba hacerlo en estas regiones anatómicas y mucho menos en lo que se refiere a sus famosísimas cejas.
Me parece que el regocijo de aquel Leopold von Sacher-Masoch habría sido infinito si le hubiera tocado vivir en esta época en la que la humanidad no pierde oportunidad para sufrir o para causar sufrimientos y donde parece que el gozo, de unos y otros, es generalizado.

Deja un comentario