Sobre la existencia

Ta Megala

Fernando Solana Olivares

Dos actitudes son posibles ante el misterio de la existencia. La primera, propia del pensamiento occidental, abarca desde el cristianismo hasta el existencialismo. Afirma que la existencia del sujeto no es algo elegido por él mismo sino resuelto bien sea por los dioses o por el azar con independencia de la voluntad propia. Se viene al mundo por un designio divino o por un accidente biológico. Los dos hechos escapan al escrutinio de la razón. Uno de ellos tal vez será descifrado por el creador metafísico al morir, pero el otro volverá a aquella nada informe de la que se dice haber surgido.

       La segunda actitud, proveniente del pensamiento tradicional (la tradición no como una costumbre antropológica sino como una realidad más allá de la genealogía de los pueblos y de las vidas individuales), llamado filosofía perenne, afirma que la existencia es un hecho elegido por el sujeto. Y que se debe a un desafío: conquistar el sentido de esa misma existencia mediante un combate contra las fuerzas del caos y de la mente, contra las fuerzas del tiempo histórico predominante que, como el de ahora, niega todo significado, excepto el material e inmediato, al hecho extraordinario de existir.

       Estas actitudes establecen la distinción entre dos tipos de seres humanos: los retóricos, que buscarán su razón de ser entre lo que poseen y lo que obtienen a partir de los dogmas que profesan, y los persuadidos, para quienes el mero hecho de existir ya es la respuesta al enigma de estar aquí, al enigma de por qué hay algo y no más bien nada.

       Tal fue, como para tantos otros, la convicción de Albert Camus al sublimar el castigo de Sísifo, “el más hábil de los mortales” según los antiguos griegos, haciendo que éste ame el bloque de mármol que debe subir a la colina una y otra vez durante toda la eternidad. Sólo amando (o aceptando valientemente) nuestro destino podemos vencerlo, darle sentido. Pero amarlo es considerarlo amable, merecedor de amor, así sea una tribulación tan grande como la de aquel rey de Corinto. El sentido está en la aceptación.

       Uno podría afirmar con Cyrill Conolly: “En cualquier momento, me desagradó mi persona; la suma de esos momentos es mi vida.” Y aun en tal antipatía existe la serena convicción de que haber sido así tuvo sentido porque nos permite mirar aquellos momentos personales que llamamos vida como un sendero, inevitable cuando fue pero diferente hoy: es algo que ya no es sino que ha sido. El sentido está en el reconocimiento.

       El relato de Franz Kafka, “Ante la Ley”, ilustra el mismo dilema: la existencia nos es dada o la existencia es una elección. Un hombre de campo pide ser admitido ante la Ley. El guardián de la puerta que lleva a ella se niega a dejarlo pasar, pero le ofrece un banco y le permite sentarse. Pasan los días y los años, durante los cuales el hombre sufre su destino y después, mientras la vejez lo va cercando, decae entre lamentaciones. Cuando llega el final de su vida y está agonizando dirige una última pregunta al guardián: ¿por qué en todos estos años nadie más quiso entrar? La respuesta es devastadora: “Nadie ha querido entrar pues esta puerta solamente estaba destinada a ti. Ahora voy a cerrarla.”

       Ese hombre de campo nunca leyó a Epicteto: “Recuerda lo esencial: la puerta está abierta.” Pero Henri de Montherlant sí, y acaso condensó el tópico de la puerta, el solicitante y el guardián en esta sentencia: “La gente no sabe hasta dónde puede osar sin peligro; si lo supiera se volvería loca de pesar por no haber osado más.” El sentido está en el atrevimiento.

       Dicha audacia también es conceptual. Consiste en entender la vida propia como un tapiz tejido por fuerzas invisibles donde el significado está en las experiencias, en los sutiles patrones y las discretas enseñanzas desde los acontecimientos cotidianos. Los antiguos llamaban a esta facultad ciencia de la imaginación o arte de la liberación. Hoy en día esos instrumentos para comprender la verdad existencial son rechazados por la misma gente que se deja burlar por los fabricantes de imágenes políticas y engañar por los productores de publicidad. 

       El sentido está en la imaginación. Pero va marchitándose la fuerza imaginativa de la gente, esa energía fantástica confirmada por el poeta: hay muchos mundos y están en éste. El hombre ha dejado de ser rey de su mente, “donde permite que corra, fétido río de desperdicios, un flujo de conciencia que tampoco intenta ya dirigir”, escribe Elémire Zolla.

       La existencia recibida y la existencia elegida derivan en una tipología humana esencial: los dormidos y los despiertos. Los dormidos viven una vida ajena dispuesta por su creador, por el incomprensible azar o por la ideología. Los despiertos se hacen cargo de sí mismos y reiteran aquella oración última del Ulises joyceano: “…y su corazón golpeaba como loco y sí yo dije quiero sí.” El sentido está en la afirmación.

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