Ta Megala
Fernando Solana Olivares
Peripecias y reconocimientos componen el argumento de toda tragedia, como la que sigue. Un hombre, adulto joven, investigador y docente en una universidad del interior, viaja a Italia para visitar a su mujer de esa nacionalidad y a sus dos pequeños hijos. Cuando baja del avión en Milán, cargado de regalos, es detenido, cumpliéndose así una denuncia penal que ella ha interpuesto contra él sin informárselo. Peripecias: el paso repentino de una situación a su contraria.
La esposa ya llevaba meses en su tierra, a la que había regresado huyendo de los maltratos del marido. Sería ocioso preguntarse cuán graves fueron éstos porque siendo los que hayan sido, eran. Y en el contexto de la disputa matrimonial había alcohol, pócima necesaria para que el monstruo masculino despierte. Un antiguo dicho romano aseguraba que beber vino y no golpear a la mujer era como acudir a un circo donde no hay leones. Extraña simetría: el alcohol, la droga del ego, y la violencia contra las mujeres.
La tragedia trata de acciones, no de caracteres. De tal manera que la acción de este hombre habla por sí misma y lo condena. La dura ley. Además, preso en el extranjero. Algunas versiones afirmaron que la esposa estaba arrepentida de su denuncia y las consecuencias con ella desencadenadas. Pero la justicia no toma en cuenta que los estados mentales que determinan la conducta son transitorios: un solo acto puede determinar la suerte de un sujeto.
Y éste fue encerrado en una cárcel que luego de tres años de cautiverio llamaría “un verdadero infierno”, en una carta enviada a sus íntimos: “a los crueles suplicios de toda clase, como estar atrapado entre los barrotes 22 horas al día, hay que añadir el odio, las venganzas, las calumnias, palabras indecentes, todo tipo de maldiciones, peleas, actos perversos, juramentos injustos, muerte ‘naturales’, innaturales, suicidios, angustia, soledad inconmensurable”.
Reconocimiento: cuando el personaje pasa de un estado de ignorancia al de conocimiento y gracias a ese tránsito logra hacerse cargo de, o cuando menos comprender, su situación. Tal fue la causa por la que este hombre se declarara culpable ante el juez de los delitos que le imputaban. Esa actitud desconcertó a un alto funcionario que viajó hasta allá para dar testimonio jurídico del buen del impecable desempeño laboral y la buena fama pública del investigador.
La carta confirma dicho giro, un tercer elemento de la trama, además de las peripecias y el reconocimiento: lo patético, la acción dolorosa que se representa. Rimbaud dijo: yo es otro. Este hombre dijo: yo soy culpable. Tal comportamiento corresponde a lo que toda tragedia completa busca, la catarsis, la purificación de las pasiones del protagonista.
Esa acción, purificarse, este hombre la asumió como una conversión al cristianismo. “El motivo de esta carta es muy simple: hacer eco a la voz de la esperanza. Estoy convencido de que todos nosotros somos constructores inaplazables de un mundo nuevo”, escribe al comienzo de sus páginas manuscritas. Después cita un dicho árabe: “Si quieres trazar el surco justo sobre la tierra, apunta tu arado a una estrella”, para añadir, devoto y no metafórico: “Yo agregaría: esa estrella se llama Jesucristo”.
Amor, compasión, caridad, Ratzinger el teólogo, Tomás de Aquino, citas bíblicas y latinas, un místico de la tradición ortodoxa, dos beatos, uno de ellos vietnamita, entre otras menciones etéreas de salvación componen la mayor parte del mensaje, cuya tendencia metafísica pareciera quitar tensión al tema, pero no es así: “ningún hombre está perdido”, escribe.
Quizá es extramundano el dios que este hombre invoca. Quizá si lo asumiera como intramundano describiría con detalles (peripecias) la experiencia de permanecer en una prisión extranjera por más de mil días y encontrar ahí la presencia divina. Afirmar esto resulta injusto: a un texto nada ajeno al mismo se le debe pedir.
Los maestros narradores enseñan que sobre el protagonista de un relato no debe decirse que está triste sino en vez de ello mostrar esa aflicción. Sin embargo, el lenguaje, elusiva sustancia transpersonal, tiene lógica propia y ella es empecinada. Súbitamente así, sin anunciarlo, luego de exponer todas sus hipótesis de esperanza, la carta deriva hacia confesiones personales que no se extienden porque, según afirma su remitente, “parecería que escribo para llorar y desahogarme”.
Menciona brevemente a algunos “amigos musulmanes”, a un sacerdote que lo conforta y a sus hijos, a quienes hace años no ve. Reitera su amor por familiares y amigos, porfía en su fe cristiana —la que define como un hábito— para cumplir el orden riguroso que guarda la tragedia. Cuando salga del cautiverio, porque saldrá, este hombre habrá ganado todo habiéndolo perdido todo.
La gracia acude hasta el final en las tragedias griegas, la sucesión de acciones, no de caracteres. Tal vez pueda haber tragedia sin caracteres, pero nunca sin acciones. Este hombre está en su celda y desde ahí escribe una carta de anunciación, mensajero de una buena nueva. ¿Sabrá que al escribirla y enviarla él mismo liberó su alma? ¿Qué llegó hasta la cárcel para vivir esa experiencia y escribir esa carta? Toda tragedia deja explicaciones inconclusas, cabos sueltos, vectores abiertos, potenciales historias que son otras historias.

Deja un comentario