El coito del agua

Ta Megala

Fernando Solana Olivares

En 1928, durante una visita a París, el médico norteamericano Friederich van Urban entró a un café del bulevar Clichy frecuentado por artistas y bohemios del rumbo. Se sentó en una mesa al lado de una joven y atractiva pareja que de pronto empezó a sostener una violenta pelea. Después de gritos e improperios, de mutuas recriminaciones a la francesa, la hermosa mujer dejó el lugar con un portazo. Van Urban después sabría que se llamaba Mimí. 

       El doctor había leído, después de varios años de olvidada, sobre la técnica fisiológica y espiritual del sexo llamada karezza (carezza en italiano, caricia) por John Noyes, su descubridor a mediados del siglo XIX. Una técnica que llevaba a las parejas a intensos goces de amor mutuo, a una plenitud sexual definida por sus practicantes como luminosa, extática y prolongada, aún después de años en común. 

       Así que abordó al hombre luego de la salida de la joven dama, la adorable y rabiosa tempestad pelirroja que airadamente se había marchado. Platicaron y Rudolph, un escritor bien parecido, novio de la bella Mimí, le confesó a van Urban que él era un amante salvaje, artístico, caprichoso. Hacía el amor frecuentemente con ella, pero sin duración. Mimí alcanzaba el orgasmo casi al comenzar la cópula, apasionada aunque corta. Mientras más rápidos eran los encuentros, Rudolph creía que su pasión amatoria resultaba superior. Le enorgullecía su velocidad.

       Van Urban le explicó que no, que la frecuencia de esos orgasmos drenaba su fuerza y su trabajo creativo. Que los cuerpos requieren suficiente tiempo para intercambiar su energía bioeléctrica, veintisiete minutos cuando menos, sin importar cuántos orgasmos se hubieran tenido. Le mencionó a Rudolph algunas reglas que lo enfurecieron: besarse durante unos ocho minutos, abrazarse más de doce, yacer juntos el tiempo necesario para transmitir del uno al otro la energía corporal y espiritual, ya que no hay cuerpo sin espíritu.

       Rudolph se indignó aún más. Le dijo al médico que eso le parecía un régimen militar, mecánico, que negaba la espontaneidad erótica, como si ésta no fuera una danza de vida e intensidad. Lo llamó intelectual del sexo, pero lo dejó continuar. El médico le respondió que el agudo sentido de insatisfacción y duda de la gente, “repetitivo como el amor”, se alivia sólo momentánea y genitalmente, y que ese alivio sirve como un asilo sexual-político poco duradero, temporal. 

       El escritor estalló cuando el médico le dijo que no había ninguna amante comunión en una pareja que no ha cedido y confesado entre sí “sus privadas tácticas de aislamiento, sus tendencias eróticas, sus ritos sexuales, sus tabúes, y se ha atrevido a representar ante el otro las fantasías secretas.” Y que era obvio que Mimi y él todavía no lo habían logrado. 

       El tantra y el taoísmo consideran que el orgasmo convencional no es el fin de la sexualidad. Cultivan un sexo que comparta la amplificación de las energías bioeléctricas y espirituales, similar a lo descubierto por la teoría física de los campos magnéticos. La antigua certeza de la existencia de una fuerza poderosa desarrollada entre el hombre y la mujer al juntarse físicamente, de una energía que procura salud física y desarrollo espiritual, cuyo descubrimiento fue ocultado por el pudor victoriano de la época pocos años después de darse a conocer.

       En contraste con la tradición china de la sexualidad, el norteamericano John Noyes descubrió la karezza debido al profundo amor que sentía por su hermosa mujer, con quien llevó una vida sexual normal hasta que en su decimoctavo año de matrimonio estudió el tema del coito y descubrió esa técnica. Se vio obligado a hacerlo después de que ella tuviera cinco partos, cuatro de los cuales fueron prematuros y comprometieron su salud. En el verano de 1844 Noyes le juró a ella que no volvería a ponerla en ese peligro. 

       Comenzó por razonar que los órganos sexuales poseen otra función además de su tarea generativa. Lo puso en práctica con su esposa y resultó absolutamente satisfactorio, lo fue enseñando a sus amigos íntimos y fundó una comunidad donde se aplicaron y siguieron los resultados de su modelo de cópula. La teoría de Noyes afirmó la existencia de una fuerza magnética que se intercambiaba en el acto sexual. 

       Noyes regresaba a lo que los taoístas practicaban sin nunca decirlo a la pareja, a la que se le facilitaba el orgasmo para que el varón, conteniendo su propia eyaculación, se proveyera de la mayor cantidad de fluido yin femenino proveniente de la boca (pico del loto rojo), de la transpiración en los pechos de la mujer, que libándose (jugo de melocotón, pico del loto gemelo) prolonga la salud y la vida de manera espectacular, y el fluido de la vagina, llamada el pico del hongo púrpura, la gruta del tigre blanco o la puerta misteriosa. 

       “A su libación se le llama la flor de la luna, y fluye de la vulva durante el coito, cuando el rostro de la mujer se arrebola y su garganta emite murmullos. Para absorber esta esencia, el macho retirará su pene de forma que sólo alcance dentro de la vagina la profundidad del pulgar. El hombre absorbe esta libación a través de la piel del pene”, escribiría James Powell, hablando de los adeptos chinos, de Noyes y de van Urban, que trataba de explicárselo al boquiabierto Rudolph, el atropellado amante de Mimí.

      Van Urban le contó que Noyes y su esposa acostumbraban yacer quietos durante media hora, aunque el miembro de él no estuviera erecto, y siempre de lado, sin ejercer una presión sofocante sobre el cuerpo de ella, usual entre amantes típicos como era él, de dos o tres minutos cada contacto crispado con Mimí, precoz, jadeante, histérico. La misma relajación profunda y el sentimiento pleno de amor que les daba su espera también eran obtenidos por los Noyes cuando mantenían prolongados contactos corporales sin coito y hasta sin penetración.

       El sexo del agua, dijo von Urban que se podía llamar, porque según los filósofos chinos el agua no tiene forma alguna y quien flota en ella debe utilizar lo que la naturaleza le haya dado, dejar que las corrientes vayan y vuelvan, irse al fondo con los remolinos y emerger con las corrientes, siguiendo los caminos del agua sin pensar en sí mismo al flotar. Rudolph opinó que Mimí debería escucharlo. 

       “Pero si usted quiere ser un amante taoísta, no debe decírselo”, le contestó el médico. “Sólo que quiera practicar karezza. Recuerde: juguetear con ella media hora, besos y caricias sin agotarse. Nada genital en ese tiempo. Y después prolongar el coito cesando todo movimiento y relajándose cuando se va a llegar al orgasmo. Respire profundo entonces y espere veintisiete minutos: por impacientes fuimos expulsados del paraíso; por impacientes no podemos volver a él. Le aseguro que si lo hace se volverá luminoso. Inténtelo con Mimí. Adieu.”

       Von Urban abandonó el café y nunca volvió a París. No supo si Mimí y Rudolph salvaron su relación con ese tantra sexual de Occidente compuesto de tiempo demorado y manos, mejillas, labios, cuellos, hombros, sobacos, pechos, caderas, genitales, muslos, rodillas, tobillos, pies. El universo nace de la cópula.

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