Ta Megala
Fernando Solana Olivares
En la antigua Roma la palabra Numen designaba la manifestación del poder divino. Numinoso nombra la experiencia plena, terrible y fascinante de lo sagrado: la irrupción de “lo absolutamente otro”. Nicolás de Cusa la definió como Mysterium tremendum porque rebasa todas las categorías humanas y, al mismo tiempo, nos sobrecoge, nos paraliza y cautiva. Es el Dios escondido (Deo Abscondito) que sin previo aviso se revela, nos a-sombra y así disipa las opacidades de nuestra limitada razón.
Una tradición medieval distinguía tres niveles de respuesta sobre dónde está Dios. Si preguntaba alguien del pueblo se le decía que Dios está en el cielo y que, a través de sus intermediarios religiosos, observa las acciones de las gentes. Si preguntaba una persona de inteligencia media, la explicación era que Dios se encuentra en todas partes. Pero si la pregunta la hacía un sabio o una sabia la respuesta cambiaba: Dios no está en ninguna parte, porque lo es todo y no puede afirmarse que se presente en este lugar aunque no allá.
Tal vez esa sea la respuesta que Siegrid Wiese privilegia al dar a su muestra pictórica un título en femenino: Numinosa. ¿Dónde está Dios para esta artista? En 17 piezas sin título —buscando que cada espectador les otorgue nombre, en otro gesto de manifestación e intangibilidad— en las cuales no lo muestra, no lo ilustra ni lo señala; pero sí lo alude, lo metaforiza y lo vuelve evidente a través de su ausencia, de su drástica irrepresentación.
Formulado con mayor claridad: ¿dónde está el Dios/Diosa de Siegrid Wiese? Lo numinoso no es Dios mismo sino su intuición. La tradición perenne, aquello radicalmente contrario al materialismo contemporáneo, entiende el arte como se definía antaño a la belleza: “el esplendor de la verdad”. No un mero esteticismo que complace los sentidos sino un soporte para la contemplación. Y ésta sugerida sólo como un anhelo, un empeño o un afán.
Toda re-velación es un mostrar que vuelve a esconder lo mostrado. Bien sea porque lo que se aludió no está sino que es, bien sea por la naturaleza misma del hecho estético, esa intuición de lo bello en tanto secreto: “Jamás se captó una verdadera obra sino cuando ella se expuso ineludiblemente como secreto”, escribió Walter Benjamin, para designar tal objeto, la obra verdadera, a la que le resulta esencial el velo. Antes, en el siglo VI, el poeta hindú Kalidasa habrá dicho que “velados, los senos son más deseables que desnudos”.
Dos rostros casi bocetados, uno de cuyos ojos parten triángulos en direcciones contrarias llenos de luz y otro de cuencas vacías también enmarcado en un triángulo de vértice hacia abajo, repitiendo una figura geométrica que predominará en 10 de las piezas de Numinosa, siempre triángulos equiláteros símbolo de la divinidad; una figura humana ascendente, abducida entre cambios de veladuras y tal vez la obra más directa en la exposición del esclarecimiento que un flotante rapto eleva hacia arriba; otros cuerpos imprecisos o siluetas rodeados de formas orgánicas que en su casi abstracción apuntan a conjuntos más allá de aquel campo semántico inagotable del cual todo decir es directamente imposible y —paradoja— aquí queda dicho sin decirse, sugerido sin nombrarse, mostrado entre alusiones que lo esconden al apuntarlo: Dios/Diosa, cuyo nombre es el silencio.

Numinosa
La cromática característica de Siegrid Wiese, proveniente de mezclas y tonalidades propias de una maestría que sólo otorgan el tiempo, el talento y la práctica, ahora alcanza una belleza que es otro orden de la expresión, la correspondencia de la forma y el fondo resultado de una serenidad: el dominio que se logra por el oficio. Y aunque todo comienzo es un volver comenzar de nuevo, como si fuera la primera vez (“para nosotros sólo cuenta el intento, afirma un poeta, lo demás no es asunto nuestro), los tonos y las combinaciones de esta paleta singular, lenguaje plástico dentro del lenguaje, son parte de este encuentro con lo inefable que inquiere —y al hacerlo logra— Numinosa, en toda su refrescante singularidad.
El signo de la obra creativa excepcional es la poderosa extrañeza y la gran belleza. Extraña por única y atípica, bella por el alcance de su condición. Esta muestra de Siegrid Wiese encuentra su originalidad temática y plástica dese el único camino posible para ello: volver al origen. Y en el origen está lo trascendente, lo innominado, lo absolutamente otro, como líneas atrás se mencionó. Esta búsqueda metafísica es propia de los que no están dormidos sino despiertos, según distinguen los gnósticos entre la gente.
Y Siegrid Wiese está despierta, develando con su poderosa y sorprendente pintura los muchos mundos que están en éste. Una autora con la que queda emparentada, Simone Weil (SW), dijo imaginar que Dios ama esa perspectiva de la creación que sólo puede ser vista desde el punto donde ella se encuentra. “Pero yo hago las veces de una pantalla —escribió—. Debo retirarme para que Dios pueda verla”. Lo mismo ha hecho Siegrid Wiese (SW): vaciarse de sí, retirarse para mirar, estar presente sin estar.
Como si una cuarta dimensión conceptual se agregara a las otras tres sobre la ubicación de Dios/Diosa: donde uno, estando, no está.
Numinosa. Buscando a Dios. Galería Arte de Oaxaca. Murguía 105, Centro. Oaxaca de Juárez. Del 6 de junio al 6 de julio de 2026.

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