Administración de los males públicos
Jorge Pech Casanova
En 1988 Guillermo Sheridan publicó uno de sus primeros libros: Frontera Norte (y otros extremos), en la Biblioteca Joven que editaba el Fondo de Cultura Económica como parte de un programa para difundir la lectura entre las juventudes. En ese libro desenfadado y muy dispuesto al relajo, Sheridan conjuntó crónicas y ensayos que aún hoy resultan muy divertidos en su mayoría. Entre esos textos resalta uno que el autor aseguró haber copiado a la letra de una sección semanal de algún periódico norteño: “Los domingos de la tía Teté”.
La sección periodística comentaba acontecimientos sociales con un tono confianzudo, cuya autora (o autor) asumía el papel de una tía chismosa del norte contándoles a sus sobrinos las novedades de sociedad: cumpleaños, casamientos, fiestas de quinceañeras y otros festejos. Lo que le llamó la atención a Sheridan fue el tono casi bizarro de quien redactaba la columna en su afán de ser gracioso y ocurrente al tratar los manidos sucesos de los festejos.
Sheridan siguió escribiendo libros y en algunos textos periodísticos perdió la gracia (al convertirse en rabioso defensor del conservadurismo político más rancio y corrupto). En cuanto a la “Tía Teté”, el internet aclara que se trata del columnista Guillermo Fárber, nacido en Sinaloa y aún activo en periódicos del norte mexicano.
El comentario en línea sobre “Domingos de la Tía Teté” apunta que “es una referencia directa a las anécdotas, dichos y reflexiones de un personaje entrañable de la tercera edad frecuentemente citado en el espacio de opinión y la cultura popular regional —como en los textos memoriales y costumbristas del escritor y periodista Guillermo Fárber en el norte de México—, caracterizado por una visión realista, directa y sin filtros de la vida cotidiana”.
Sheridan no reprodujo en su libro la columna de Fárber por su calidad literaria, sino por su extravagancia, como un ejemplo extremo de la inanidad informativa.
Y si bien quienes practicamos la comunicación por lo general rechazamos esta clase de textos, al ser parte del medio informativo, no se puede negar a las secciones de sociales su calidad de textos periodísticos, por mal que se mire a sus autoras y autores a causa de su frivolidad y escasa sustancia. Por otra parte, es innegable que muchos medios cotidianos se han sostenido precisamente con la venta de sus secciones de noticias “de sociedad”.
Entonces, el periodismo de “la Tía Teté” es una forma poco prestigiosa pero sin duda común en las prácticas periodísticas mexicanas. No se le puede negar a Fárber el título de comunicador por su frivolidad. Y en el plano de la rentabilidad de sus textos, probablemente “Domingos de la Tía Teté” redituaban más a su periódico que un puntual reportaje de investigación sobre serios problemas sociales.
En la caótica realidad de los medios informativos actuales, numerosos comunicadores basan la captación de auditorios mediante frivolidades y extravagancias. Por ello, es válido considerar que los actuales “influencers” han sustituido a los antiguos cronistas de sociales.
La información y los sucesos con que esos “influs” se dirigen al público son, al menos, tan superficiales y prescindibles como las minicrónicas de bodas y fiestas de cumpleaños. Pero indudablemente atraen a un público cuantioso que se entretiene con la insustancialidad de las transmisiones en redes sociales y canales de YouTube.
Aunque la inanidad de sus mensajes pueda causar desdén o aun indignación, los “influencers” como Valeria Márquez o César Gastélum cumplían y cumplen una función similar a los “Domingos de la Tía Teté” del cronista Fárber: informan de manera ramplona y extravagante sobre asuntos triviales que encomian el estatus de cierto sector social.
En el caso de Márquez y Gastélum, sus respectivos fines violentos evidencian un trasfondo que en el caso de “Tía Teté” permaneció siempre oculto: la relevancia social de sus sujetos estaba ligada a un poder cuyos manejos incluían no pocas veces la violencia. Las pueriles piñatas y los cursis arreglos florales de fiestas “nais”, a veces procedían del despojo y el abuso ejercido por los parientes de los festejados (políticos, empresarios, autoridades).
En el caso de los actuales “influencers”, su celebración de un estilo de vida consumista, despilfarrador, está cada vez más ligado a la riqueza de jefes de la delincuencia organizada. La ejecución de Valeria Márquez cada vez parece más consecuencia de su relación con el hijo de un notorio capo del narcotráfico, y el ataque que privó de la vida a Gastélum, desde el primer momento ofreció lecturas que lo ligan con un jefe mafioso.
Sin embargo, aun si estas víctimas de crímenes resultaran responsables de complicidad con la delincuencia, es incontestable que, en caso de probárseles, debieron ser procesados por las autoridades, no exterminados a tiros por sicarios. Aunque hubiesen pactado con malhechores, Márquez y Gastélum tenían derecho a un proceso legal. De ninguna manera se les debió privar de la vida por sus malas decisiones.
En vista del fin que han tenido esos jóvenes promotores de la frivolidad y el exceso consumista, el ejemplo de Fárber produce en estos días la añoranza de esos tiempos en que practicar un género informativo poco prestigioso era, cuando mucho, motivo de rubor para sus autores, pero de ninguna manera una profesión de alto riesgo.
El “periodismo de la Tía Teté” se ha vuelto tan riesgoso como el del reportero de guerra, con la desventaja de una aparente ausencia de peligros. Informar sobre vanidades pareciera no corresponder al oficio periodístico, pero pone a sus practicantes bajo una amenaza aún mayor que la de quienes cuestionan al poder y al crimen organizado.
La paradoja es alarmante: aliarse a los poderes oscuros no protege a sus aliados, sino que los coloca como la primera línea de posibles bajas en un medio que —cada vez más— coloca a los comunicadores como víctimas propiciatorias ante un sistema profundamente corrompido y criminal.

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