Inés Arredondo y Elena Garro

El laberinto del mundo

José Antonio Lugo

Con gratitud a Fernando Solana Olivares, 
por haber publicado ya 100 Laberintos 
en el portal Morfemacero

I. Inés Arredondo (1928-1989)

Es una de las mejores narradoras mexicanas. Me referiré a dos de sus cuentos, “La Sunamita” y “En la sombra”.

El primero nos relata la historia de Luisa, quien recibe el llamado para ir a despedirse de su tío Apolonio, que está a punto de morir. Ella lo va a ver. El final es inminente. El tío le propone matrimonio in articulo mortis, con el fin que herede sus bienes. Ella no es una mujer interesada y su primera respuesta es una negativa rotunda. Alguna de las vecinas le reprocha su soberbia y le recuerda que ese matrimonio es un acto de caridad. Finalmente ella accede.

Contra todo pronóstico, el viejo Apolonio comienza a recuperarse. El motor de esa recuperación es la lujuria. Convierte a su esposa en objeto de su deseo, lo que la hace sentir mancillada. En una escena memorable, vemos como el viejo está “palpando” (sic) las carnes de su mujer, quien se había inclinado para buscar un libro que supuestamente había caído debajo de la cama. 

Cuando la sunamita llegó a casa de Apolonio, llenó la casa de flores. Ahora, que calienta la cama del viejo y apenas tolera su presencia, el florero tiene una rosa ajada, marchita, que es lo que le ha sucedido a ella. Se siente sucia. Al final el viejo muere y si bien ella no muere con él, en términos simbólicos sí la arrastra, la conduce a un desprecio de ella misma y a las burlas de los hombres del pueblo, que la ven sólo como objeto de deseo.  

Se filmó un cortometraje basado en este cuento, dirigido por el dramaturgo Héctor Mendoza, con guión de Inés Arredondo y Juan García Ponce, con la estupenda actuación de Claudia Millán. 

En el cuento “En la sombra” dedicado a Juan García Ponce, la protagonista se degrada dejándose poseer por unos pepenadores. “No podía, no debía huir; la tentación de la impureza se me revelaba en su forma más baja, y yo la merecía. Entre ellos y yo, en ese momento eterno, existía la comprensión contaminada y carnal que yo anhelaba”.

Sobre su obra, García Ponce escribió: “Los personajes de Inés Arredondo se encuentran frente a un problema radical: el sentido de la pureza. Pero en ella se trata de la pureza en la acepción teológica, podríamos decir, de la palabra. Es la pureza que nos permite estar en disposición de nosotros mismos y del mundo. El drama que ejemplifica su pérdida es una imagen de la caída. Trae consigo la mancha y la culpa. Con ellos desaparece la libertad y el puro goce del mundo. Pero también dentro de la posesión de la pureza aparece la irreductibilidad del otro, su naturaleza ajena e impenetrable, que crea la autétnca condición trágica, en la que los personajes se destruyen por fidelidad a sí mismos”. 

II. Elena Garro (1916-1998)

Autora de Los recuerdos del porvenir, una de las grandes obras de la literatura mexicana. 

En ella se describe la historia de Ixtepec. Curiosamente, el narrador es la ciudad, que ve cómo el general Francisco Rosas toma primero como amante a Julia, una mujer poderosa y enigmática cuya impasibilidad erótica termina por erosionar el alma de él. De una manera un tanto fantasmagórica huye con Felipe Rosado, convirtiendo el alma del general en una cáscara. 

Sobreviene el conflicto cristero e Isabel, la hija de una acomodada familia católica se insinúa con el general, quien la lleva al hotel y la instala en la misma recamara donde vivió sus amores con Julia. El conflicto emocional se repite. Todo era una estrategia de ella para -en el inter de la fiesta que ofrecen a los soldados dizque para hacer las paces-, hacer huir al padre Beltrán. El general posee el cuerpo de Isabel pero no su alma. 

Los recuerdos del porvenir mezcla el pasado, el presente y el futuro de manera brillante. Las mujeres de la novela son seductoras, amenazadoras y provocan tragedias. 

III. Una vergüenza

Mucho se ha escrito sobre la relación entre Elena Garro y Octavio Paz. No entraré en esa dinámica, pero hay algo que quiero compartir con los lectores de Morfemacero.

El monumental libro Borges, escrito por Adolfo Bioy Casares, es un registro minucioso de las cenas cotidianas y las pláticas que tuvieron ambos escritores. Bioy fue amante de Garro, después de la ruptura con Paz, lo que sería intrascendente, pero… 

En 1968, Bioy consigna:

“Martes, 22 de octubre. Después de comer, llamo a Borges para hablar de la contestación a un telegrama de Helena (sic) Garro, que pide telegrafiemos nuestra solidaridad a Díaz Ordaz, ministro de gobernación mexicano (sic), por los últimos sucesos. Explica Helena que los comunistas tirotearon al pueblo y al ejército y ahora se presentan como víctimas y calumnian; que hay peligro que el país caiga en el comunismo. (…) Mucho me temo que nuestro telegrama (‘Rogamos haga llegar nuestra adhesión al gobierno de México’ reúna sólo tres firmas: Borges, Peyrou y yo”. (Borges, 2006, Ediciones Destino, pp. 1237).

Como mexicano, me parece lamentable que Elena Garro haya convencido a Bioy y a Borges -que seguramente no sabían casi nada sobre México que no fuera su literatura- a mandar ese telegrama. Así fue. 

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