Ta Megala
Fernando Solana Olivares
—Pero mire usted —dijo el hombre desde el Portal de Mercaderes, atiborrado de un sol calcinante, pesadísimo, junto al animal suntuoso de la Catedral, con su reloj colorido untado en la torre, y toda la gente dando vueltas, protestando, paseando, vendiendo, meando al pie de la cantera, cagando en los rincones.
—Nadie habla con ellos. El poder no abre ninguna puerta —continuó el hombre.
—Así es aquí —contestó el otro, fascinado con los cuadernos llenos de mierda y belleza que lo asombraban a la vez. —Este pueblo siempre ha tenido caciques autoritarios, poco aptos para negociar.
—Sí —convino el primero. —Así es Oaxaca.
Al viajar por la Mixteca todo son montañas, las que le sobraron a Dios en la creación, y cañadas que están secas, yermas de sol. Pero en sus pliegues de tanto en tanto aparece un nido de vida: diez metros arriba, diez metros abajo y en medio una choza colgada de la gravedad, como un verde pubis henchido que refrenda el pacto entre el hombre y la naturaleza desde los pequeños formatos.
Desfila por la ciudad nublada una procesión de pequeñas mujeres indígenas vestidas con huipiles grana. Todas gritan con comedimiento la desesperanza histórica que es su signo y su condición. Protestan, aunque en tono femenino y menor. Ningún reclamo parece convencerlas de que las cosas van a cambiar. Jóvenes y viejas tienen la misma talla, un metro y medio, cuando más. Forman hileras disciplinadas, metódicas, como listones escarlatas que se mueven en el tiempo antes que en el espacio, diferenciadas solamente por su similitud. Detrás de esa coreografía marchan los hombres, tan pequeños casi todos como sus pequeñas mujeres adelantadas, menos sabios que ellas porque con su combatividad vociferante demuestran creer lo que las otras no: que basta una marcha para que la miseria cese, que basta un grito para que el palacio se abra, que basta la voluntad del pueblo para que el mundo sea otro lugar.
¿Qué se hace en un lugar donde la inteligencia sólo representa y no conceptualiza, donde la imagen plástica avasalla las ideas y ninguna inmaterialidad, ninguna sutileza es concebida como realmente existente? Dice Unamuno que los escritores llevan dentro un mendigo desdeñoso. Desean ser leídos pero a fin de cuentas no les importa la opinión de quien los lee. Siempre, o casi siempre, esa opinión estará por debajo de la intención de lo escrito. Mendigo desdeñoso: sólo el escritor cree que las palabras siguen siendo las marcas del espíritu.
Cuanto más pequeño es un pueblo más fuertes son los estragos de la proximidad entre la gente. Por eso hay sitios donde cuando se saluda a alguien éste nunca pregunta por el otro: “¿Y tú?”. Esas dos palabras pueden derrumbarlo todo.
Todo tiempo malo también es bueno, aun cuando las turbas de visitantes secuestran el centro de la ciudad y desfilan sin rumbo fijo, ahítos de música metálica, mezcal, chucherías artesanales y folclor. Esos tiempos permiten simplificar y ponerse a salvo desde el propio interior de cada cual. Y ver los gajos de sol que alfombran la sierra plástica de San Felipe, que a veces viene y a veces va, como si la distancia fuera ilusoria y la atmósfera su trapecio pendular.
Esta época sin síntesis: cualquier museo tiene libretas en las que los visitantes consignan su opinión. Unos celebran en ellas el arte expuesto y lo agradecen, pero otros escriben insultos con una liberalidad estremecedora y critican por lo que no comprenden, que es casi todo lo que ven. “No me gusta”, es el prejuicio que emiten como si fuera un juicio, como si su gusto fuera una percepción propia, elaborada, y no un frágil y prepotente lugar común. ¿De qué es anuncio esa violencia escrita en un lugar generosamente público, que mayoritariamente proviene de asistentes oriundos del lugar?
Las civilizaciones integradas a medias pueden retroceder a estirpes neuróticas y barbarizadas, porque en los tiempos como los actuales, donde la forma de lo grande cambia, surgen todo tipo de patologías de la pertenencia a lo local, de búsquedas quiméricas —y en casos extremos, sangrientas— sobre aquellas fronteras imaginarias y puras donde la amargura étnica se convierte en el éxtasis del exterminio de los otros, los extranjeros, aunque durante siglos hayan vivido pared de por medio. De ahí que toda xenofobia no sea más que el pánico abortivo de una colectividad.
Hay una mole majestuosa que reina sobre una planicie. Es la nave capitana desde donde se tejió toda la aventura civilizatoria dominica: Yanhuitlán. La conquista devocional fue una batalla. Por eso quedaron tantas cicatrices y algunos sitios de poder. Ese viejo y poderoso convento es el corazón secreto del reloj de la parte invasora, racional y cristiana. Los soldados de Dios: tal confusión. Las celdas taoístas de sus ascetas hace siglos que están desocupadas.
Una corriente de pensamiento advierte que estamos en el vórtice de algún tipo de transformación morfogenética, en el nacimiento de una nueva forma, en un quiebre de sistema. El problema real es de qué especie es esa transformación y si, a partir de una comprensión renovada de los modelos pasados, los hombres y sus sociedades podremos acercarnos a ciertas tendencias y alejarnos de otras, que han demostrado su atroz inutilidad. Todo indica que no: nuestro nuevo medioevo es más grave que el anterior, y como informaba Johan Huizinga para aquel periodo más temprano, la depresión vuelve a estar por doquier. La peste negra diezmó la cultura feudal de Europa y la llevó a la discontinuidad. Hoy el cáncer, el sida, la contaminación, la violencia y el número destruyen los precarios términos de la confianza vital. Aquella verdad habitual que aglutinó mundos y domesticó instintos se ha fragmentado en un montón de verdades parciales. Heráclito tuvo razón: el logos es común a todos, pero cada cual actúa como si fuese dueño de una lógica particular. Sobre todo ahora, cuando no se dice “yo pienso que” sino “yo siento que”, como si el sentimiento no fuera la verdadera superestructura de la brutalidad.
Primero escribió que esa ciudad taladra el alma. Después su destino lo llevó a vivir en ella, regresó para que lo que había sido literatura se hiciera vida. Entonces se dio cuenta: sin saberlo, uno escribe lo que le espera porque a pesar de todo siempre se habla de sí. Esa noche rezó por Kafka, por Lampedusa, por Rulfo, por Flaubert. Todavía no termina. Apenas empezará a pedir por él.
“Autónomo y anónimo”, dijo, y clavó otro clavo en el ataúd.

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