La actitud humana ante el cambio de época

Hilar el mundo

Nidia Soledad Esteva


La cabeza hacia abajo, enfocando la mirada en una pantalla de apenas 6
pulgadas en promedio y una espalda encorvada, esa es la postura de millones de
seres humanos frente a la IA. Sin mirarse entre ellos, escucharse u olerse. ¿Qué
actitud humana existe ante el cambio de época?


Etimológicamente, «actitud» viene del italiano attitudine, que a su vez deriva del
latín tardío aptitudo (aptitud, disposición). También se extendió su uso como una
expresión usada en las artes visuales para describir en una pintura o una escultura
el estado del alma.


El tema del mundo invadido por la IA domina la agenda pública: desde la encíclica
de León XIV, Magnifica Humanitas, dedicada a los efectos de la Inteligencia
Artificial sobre la dignidad humana, firmada el 15 de mayo de 2026, pasando por
nuestro acceso a los servicios básicos (agua, luz, Internet), más el celular y la
conversación con nuestros vínculos íntimos determinados por un algoritmo.


Esto es un cambio de época, algo inevitable, mientras las universidades, los
gobiernos, las iglesias, la convivencia humana planteando qué hacer. Entonces, si
la actitud es la postura del alma, propongo enriquecerla con algunos gestos
humanos: el olfato, la música y las ganas de sembrar.


Me cuestiono si el ser humano realmente reflexiona sobre su papel en este
umbral. Buscando respuestas, llegué a Refugio, de Olga Tokarczuk. A través de su
diálogo imaginario con una IA en el tiempo, comprendí que no tenemos una actitud
ante el cambio, sino apenas una postura sumisa, cabizbaja. En este momento,
después de que la imprenta desarrolló el estímulo visual sobre el oído, la pantalla
lo ha radicalizado.

La IA privilegia el lenguaje corto, breve y sesgado, sobre todo lo demás. En la
actitud que parece asomarse en ese tipo de texto está el olfato, eso que se queda
como testigo mudo de lo que no se puede digitalizar. Las grandes ciudades
apestan literalmente en muchos de sus espacios públicos, y los transeúntes
parecen ser indiferentes. Lo que nos toca hacer es una pequeña parte para no
acabarnos el mundo, sumar el olfato a la actitud.


Koselleck, historiador alemán, decía que la modernidad nace cuando el «espacio
de experiencia», es decir, lo que se ha vivido, deja de servir para predecir el
«horizonte de expectativa». Ahora mismo, cuando sólo intuimos los cambios que ya
se están viviendo, no nos atrevemos a decir que una época se acabó y a pensar lo
que esto significa para bien y para mal. Ni siquiera nos atrevemos a debatir con
los que piensan diferente, anteponiendo la actitud tolerante para encontrar
mejores respuestas. Hoy es cuando debemos hablarnos de frente y a los ojos, con
respeto, sin discursos de odio.


A este momento histórico le haría bien no perder la música, una melodía que nos
devuelva la postura, que transforme la actitud humana, que la integre como lo
haría un ritmo tradicional, porque la música ha viajado de territorio en territorio
fundiéndose entre sí. Por ejemplo, la chilena oaxaqueña y la cueca chilena que
llegó a la costa chica del sur de México a mediados del siglo XIX traída por
marineros chilenos que iban rumbo a la fiebre del oro de California. Desembarcó
aclimatándose, y hoy es tan de la costa oaxaqueña como del austral Valparaíso.
Hay un hilo invisible entre el gozo y la nostalgia de “Pinotepa” de Álvaro Carrillo y
“Volver a los diecisiete” de Violeta Parra.


Algunos dirán que toda generación siente que su mundo se acaba. Gramsci lo dijo
con una conocida frase que muchos citan: “El viejo mundo se muere y el nuevo
lucha por nacer: ahora es el tiempo de los monstruos”. En este momento en que
pareciera que una época ha quedado atrás no nos hacemos cargo de lo que
monstruosamente hemos destruido.


Así, a la actitud debe agregarse las ganas de sembrar. Hay un fragmento en
Refugio que hace alusión a que en esa época futura la tierra aún no estaba lista
para recibir la lluvia. Ojalá tuviésemos más paciencia y ganas de sembrar.
Ante el cambio brutal que representa el fin de una época no necesitamos huir sino
fortalecer la disposición de estar presentes. No necesitamos bajar la cabeza y ver
la pantalla: necesitamos mirarnos a los ojos y mirar el paisaje, aunque apeste y
nos queme caminar en el asfalto.


La actitud incluye darnos cuenta de que el mundo en varios sentidos se está
derrumbando, que no sólo es el reel de un río contaminado, que no sólo es la
hambruna en lugares donde la sequía es atroz, sino también el no olvidar a qué
huele la naturaleza y no cambiar ese aroma por esencias sintéticas. Hacerlo sería
como perder la memoria olfativa.


Toda época que termina necesita refugio para resistir, memoria para contar lo
vivido y sembrar el futuro sin dejar de participar y sentir el mundo actual. Se
requiere actitud, postura; una que confíe en que a la humanidad todavía le queda
alma. Ante la pobreza, la marginación, la destrucción ecológica, las violencias de
todo tipo y el abuso de poder, nos ha faltado la dignidad de encararlo, pararse
enfrente de ello y preguntarnos desde qué refugio y con qué actitud vivimos este
cambio de época.

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