Hilar el mundo
Nidia Soledad Esteva
Iniciar este texto con una imagen prestada del poema “Gente en el puente” de Wisława Szymborska puede ser riesgoso, pero la vida requiere que una se atreva a transitar los puentes.
[…] Extraño planeta y extrañas las gentes que aquí viven.
Sucumben al tiempo, pero sin querer admitirlo.
Tienen sus trucos para expresar su desacuerdo.
Crean imágenes como por ejemplo ésta:
Nada de particular a primera vista.
Se ve el agua.
Se ve una de sus orillas.
Se ve una piragua que avanza penosamente río arriba.
Se ve un puente sobre el agua y se ven hombres en el puente.
Los hombres aprietan visiblemente el paso,
porque comienza a azotarlos la lluvia
que cae de una nube oscura. […]
Más o menos así la gente apretaba el paso sobre los viejos durmientes de madera de un puente dónde mis bisabuelas trajinaron a bordo de un tren que ya no viaja más, ese viejo puente de fierro naranja que aún semeja una postal sobre un bello río que en el sur del país mexicano transcurre de suroeste a noroeste. Un caudal que va en sentido contrario sigue uniendo algo más que dos municipios pero en otra parte alejada del continente americano. Por ello para los pueblos yugoslavos la destrucción en 1993 del Stari Most (Puente Viejo) de Mostar en Bosnia-Herzegovina significó un acto de guerra intestina atroz.
Los puentes imaginarios o físicos han construido las microhistorias de muchos pueblos y las grandes hazañas. Desde aquellos puentes dónde pasaron trenes en pequeños poblados y que hoy son sólo una ventana a la historia, hasta los que construyen imaginarios para países enteros pues significan la conexión entre fronteras de poblados enteros o bien el aislamiento mutuo cuando se encuentran en guerra. Punto y aparte es lo que puede significar la contemplación a la que nos llevan los puentes icónicos del mundo.
Hoy no son suficientes las horas doradas de las postales: el rojo del Golden Gate de San Francisco, el Tower Bridge en Londres, el sobreviviente Ponte Vecchio en Florencia o el puente que nos hace soñar en la reconciliación como el Nelson Mandela en Johannesburgo. La humanidad requiere puentes transitados por personas interesadas en cruzarlos en un mundo dónde la tecnología ha desaparecido fronteras pero profundizado diferencias casi irreconciliables. Ante la polarización en el mundo, todos esos icónicos puentes de la arquitectura, esas historias de la que han sido testigo o resultado de ellas requieren ser revisadas, porque como continúa el poema que transcribí al inicio:
[…] Pero ya no sucede nada más.
La nube no cambia de color ni de forma.
La lluvia no arrecia ni amaina.
La piragua navega sin moverse.
Los hombres del puente corren
hacia donde antes corrían. […]
Ya no sucede nada, sólo queremos dialogar con quiénes piensan como nosotros, los países sólo se conjugan en bloques de una derecha creciente en América Latina y bloques europeos dónde sólo resaltan liderazgos extremos o de ultraderecha o quienes se atreven a recibir al Papa dónde las iglesias están en crisis porque la gente busca experiencias o mindfulness, no religiones.
La IA aísla de un trabajo colaborativo, de intercambiar opiniones y recibir críticas y construir de forma conjunta. En días recientes en México se recibió al rey de España después de años de distanciamiento. Quienes habitamos el mundo debiéramos recordar que tenemos muchas más cosas en común que diferencias, que probablemente lo que ahora mismo estemos comiendo ha viajado por muchos puentes de las maneras más insospechadas: quizá alguna semilla llegó a nuestra territorio entre el cabello rizado de una persona afrodescendiente.
Quizá el hartazgo ante los partidos políticos sea el mismo de una pequeña ciudad africana y el amor por el mar sea el mismo amor de una costa europea de otro océano y de otra bahía amenazada por las inmobiliarias y el turismo. Quizá la resistencia de los pueblos primigenios probablemente tenga muchas cosas en común con alguna aldea en la amazonia brasileña.
Lo que sí ha cambiado, y mucho, es el mundo que esa imagen retrata. Aquella postal rural de Utagawa Hiroshige (1857), el aguacero y las figuras anónimas que cruzan el puente y que inspiró a la poeta polaca Wisława Szymborska, se ha transformado hoy en grandes estructuras atravesadas por personas diversas, de orígenes, colores y lenguas distintas, y en autopistas llenas de tecnología pero a menudo carentes de humanidad.
Hay un puente que casi nadie cruza para llegar al otro lado: las personas se atraviesan, lo obstruyen para ser fotografiadas. Es el Pont del Bisbe, el pasadizo que une el Palau de la Generalitat con la Casa dels Canonges, en el corazón del Barrio Gótico de Barcelona. Gárgolas, arcos apuntados, una calavera cruzada por una daga y un aire medioeval tan convincente que millones de turistas se detienen a inmortalizarlo creyendo que habitan el siglo XIV. Es sólo un imaginario porque el puente se levantó en 1928 como un decorado que el arquitecto Joan Rubió i Bellver, discípulo de Gaudí, diseñó para la Exposición Internacional de 1929. “El Barrio Gótico no existe”, admitió él mismo, había que inventarlo, y lo inventaron. Nada más realista que esa escena: esperar turno para retratarse junto a un pasado que nunca corroboramos su existencia, mientras los puentes que sí podrían unirnos, los de carne y hueso, los del desacuerdo, los de la conversación con quien no piensa como uno se quedan vacíos.
Esa voluntad de atravesar y transitar, de dar el paso, hacer el esfuerzo, eso parece que se evapora. Esa sociedad que ponga al centro su voluntad, sus valores, sus argumentos, su entorno, el agua, el medio ambiente y los derechos, eso parece que se evapora y los puentes quedan vacíos. Les invito, a la manera de la última estrofa del poema que he compartido a ir más lejos, más allá del rumor. A que seamos los de “Un camino sin fin eternamente por recorrer”, quienes “en su desfachatez creen que en realidad así es.”

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