Ta Megala
Fernando Solana Olivares
I.
Lo escribió el genio de Ezra Pound antes de ser confinado en una jaula por el ejército yanqui como castigo a su simpatía y colaboración con el régimen fascista de Mussolini, volcadas ambas en legendarios programas de radio —eruditos, inapelables, virulentos— que cruzaban el Atlántico e iban desde Italia, donde vivía, hasta Estados Unidos, su patria que por ello lo acusó de traición pero lo juzgó como si estuviera loco. Así la quiero, decía de la poesía: dura, en los huesos, libre del baboso sentimiento, del efecto complaciente, del kitsch emocional.
Que Pound fuera exhibido como un criminal demente por los vencedores de la guerra sólo resultaba un efecto inevitable de esa doctrina de la precisión y la esencia, porque para ser coherente con la desnudez estética predicada por este gran creador (il miglior fabbro, como le llamó Eliot al dedicarle La tierra baldía), él mismo debía pensar y opinar estando libre del baboso sentimiento, ya fuera el amor patrio o los valores supuestos de una civilización. En un sentido no hay hechos sino interpretaciones, así que el viejo Ezra eligió la suya y combativamente la fundamentó. Las buenas conciencias políticamente correctas se escandalizan todavía de su error histórico, una apuesta política equivocada porque el fascismo italiano perdió la contienda bélica junto a sus aliados.
Se comprende así por qué Platón expulsó a los poetas de su república ideal, argumentando en ellos trastornos incurables como decir siempre lo que se cree, lo que se piensa, lo que poéticamente se percibe. Estas aflicciones los convertían en nocivos para la comunidad, en asociales. La razón de tales cargos —apenas aludida por Platón, él también políticamente correcto— era, como siempre, un conflicto de poder. Abigael Bohórquez, poeta sonorense nacido en Caborca en 1936 y fallecido en Hermosillo en 1995, mucho pudo decir al respecto, pues su deslumbrante y poderosa obra poética corresponde canónicamente a la superioridad expresiva requerida por Pound para la verdadera lírica, y cae bajo el anatema dictado por el griego que desde hace más de dos mil años gobierna la razón occidental: poetas los dos, Ezra y Bohórquez, expulsados del ideal público según los respectivos seguidores del filósofo que le tocaron sufrir en suerte a cada quien.
Lo mismo que la del malogrado autor de los modernos Cantares, la vida de Bohórquez está llena de las pruebas del héroe y su poesía también consiste en una verdadera revelación. De pronto, conforme el azar se muestra pródigo y sorprendente, al cumplir la tarea de dictaminación para diversos proyectos culturales llegan a manos de uno papeles inesperados que cuentan la historia de este poeta sonorense genial—“el mejor que ha producido el Norte de México en mucho tiempo”, afirmó hace años Carlos Pellicer, sin que se le hiciera caso—, y muestran estrujantes partes de su obra, desconocida masivamente hasta hoy debido al ninguneo cultural y al silencio crítico organizados alrededor de su inmenso y renovador valor literario.
Debido a eso, precisamente: a su valor literario. La cultura también es un espacio de poder y cuando aparece un talento de primer orden todo se coaliga a su alrededor para vencerlo, advirtió Balzac desde el siglo antepasado. El ninguneo y el silencio son una táctica constante de los grupos de interés en todas las repúblicas de las letras. “Me resigné ante juicio tan unánime (no existe unanimidad más perfecta que la del silencio)”, confesó un dolido Italo Svevo alguna vez sobre su obra ignorada. Pero el temple literario de Bohórquez no se resignó ante el silencio amafiado o envidioso y siguió escribiendo hasta morir, con su obra poética y dramatúrgica prácticamente inédita, tenida por objeto de culto entre unos pocos enterados y obviada por el parnaso nacional.
Según diversos testimonios de quienes lo conocieron, como el de Alejandra Olay, el conflicto de Abigael Bohórquez se originó cuando en un programa de Paco Malgesto, y después en un acto celebrado en el Politécnico, discutió, presumiblemente de poesía y quizá de política, con Carlos Monsiváis. “Estos encuentros —escribe Olay—propiciarían el silencio y la indiferencia de las vacas sagradas hacia Abigael Bohórquez y su obra, todo ello maquillado desde el centro del país por La Mafia, como se hacía llamar el grupo que dirigió durante años el periodista y escritor Fernando Benítez.”
Quienes conocimos a Fernando Benítez y trabajamos con él comprendemos una imputación así, proveniente de la provincia mexicana culturalmente invisibilizada por el centro del país. Está en lo posible que Benítez hubiera excluido de sus refinadas ediciones a cualquiera que se confrontara de un modo para él hostil con algún amigo suyo, ya que sus amigos constituían su riqueza principal, su orgullo humano. Un defecto editorial fincado en una virtud moral, si se quiere, que de todos modos no empaña su venerable y querida memoria para los que fuimos alguna vez, sin que la obra poética anfibia y luminosa de Bohórquez pasara por nuestras manos, sus colaboradores.
Sin embargo, otros creen que el hermanito Benítez se comportó como un cabrón. Dijo el poeta Alonso Vidal a Alejandra Olay lo siguiente: “A Abigael se le hizo fácil pelearse con Monsiváis pero le cerraron las puertas en suplementos y publicaciones de la ciudad de México porque conocían a Benítez. Fue un boicot para no publicarle.” Tanto las antologías poéticas de Zaid y Monsiváis publicadas entonces, que instituían el canon poético del momento, lo omitieron. Bohórquez, pues, no existía.
Entonces se marchó a Milpa Alta para vivir aislado del medio literario que lo había proscrito —todo paranoico se pregunta si está vivo o muerto: Bohórquez estaba culturalmente muerto—, cultivando lechugas entre otras hortalizas, bebiendo, amando carnalmente a otros hombres y escribiendo su salvación poética, una alta obra de la literatura en lengua española —así de grande es la magnitud de esta “furibunda ansiedad de rompehuevos”, según afirma Dionicio Morales, uno de los pocos autores que han escrito hasta hoy sobre los libros de Bohórquez, a diferencia de unos cuantos años más cuando los ensayistas y estudiosos sobre el gran poeta y dramaturgo de Caborca tendrán que ser, si es que existe la justicia poética en la historia de la literatura mexicana, un abundante grupo de análisis crítico y atención divulgativa—.
Puede ser que una de las claves de la historia de Abigael Bohórquez consista en la observación de su amigo Alonso Vidal: “se le hizo fácil pelearse”. Como a Pound, que se le hizo fácil emprender transmisiones radiales para conminar a los Estados Unidos a no sumarse a la guerra, a Bohórquez se le hizo fácil enemistarse aquí y allá con quienes no coincidía. Y dado que los no coincidentes tenían los instrumentos para declarar su existencia literaria inmediata o su estado civil contrario: ser el ninguneado que en la república de las letras es ninguno, Bohórquez no pudo ser algo: un poeta laureado. Pero en cambio fue alguien: un poeta canónico de profunda extrañeza y gran belleza cuya obra comienza por fin a conocerse gracias al tiempo, único juez que para la literatura existe.
II.
Los nuestros son los peores tiempos posibles para la lírica. No para escribirla sino para darla a conocer. La poesía es indispensable en el sistema inmunológico del lenguaje, que a pesar de las destrucciones mediáticas cotidianas y de los envilecimientos políticos sufridos en las democracias modernas, a pesar del mutismo psíquico que afecta a los sujetos ansiosos, aburridos y superficiales característicos de la actual sociedad del espectáculo, seguirá siendo un elemento esencial de la conciencia humana. Somos humanos gracias al lenguaje y desde él pueden alcanzarse estados superiores de la conciencia que ya no requieren de las palabras para expresarse o vivirse, un tópico ajeno al caso.
Existe la poesía y poetas que la escriben, pero no vivimos una cultura mayoritaria que la aprecie o necesite, que la lea. Esa marginalidad minoritaria no obsta para que la república de las letras donde habitan los poetas sea un lugar no muy diferente a cualquier otro en el cual se junten más de dos personas y establezcan entre sí jerarquías, luchas de poder. Aunque sin duda es un sitio distinto a otros tipos de gremios más terrenales como los contadores o los bomberos, por su condición sensible, imaginaria, hasta existencial: cada poeta se percibe a sí mismo como un admirable sistema viviente y su autoconcepto es singular y complejo, es decir, poético.
Resulta un lugar dispar también porque la literatura es una continuidad, al modo de una cadena con eslabones, fundada en las autoridades que el paso del tiempo ha establecido en la memoria común. Como en todo asunto donde se hable de autoridades, debe diferenciarse la autoridad legítima de la ilegítima, la racional de la irracional. O la temporal de la intemporal. La autoridad literaria temporal la ejercen quienes tienen los aparatos de resonancia crítica en sus manos: revistas, periódicos, premios, libros o antologías. La otra autoridad intemporal está radicada en el tiempo, único juez literario que sanciona legítimamente cuál escritor, siendo nadie ahora, se volverá parte de la memoria común, y quién otro, siendo omnipresente y celebrado hoy, será nadie mañana.
Si quienes tenían la posibilidad (y en un sentido literario y cultural la obligación) de publicar la poesía de Abigael Bohórquez no lo hicieron, si su hartazgo por las relaciones fingidas e instrumentales del medio literario mexicano lo llevó a la misantropía y al ostracismo, si fue borracho y homosexual, si se le hizo fácil pelearse con quien no debía, todo ello le ocurrió como parte ineluctable (o sea: a huevo, poeta rompehuevos) del guion que la historia literaria llama la “aparición del autor canónico y sus denodados trabajos del héroe y luego la horrible relatoría de todas las puertas que se le cierran.”
La ecuación es tan diáfana como sencilla: profunda extrañeza + gran belleza = obra canónica. Una escritura poética o prosística que rompe los huevos del aparato crítico. Y aquellos autores que incurren en tal atrevimiento desatan a su alrededor el silencio y la incomprensión de sus pares, con una frecuencia en la historia literaria que sólo puede entenderse como un patrón fatal cuya razón parece ser el precio del escritor a pagar por haber obtenido la obra canónica. Cuídate de la envidia de los dioses, advierten aquí y allá. Pero cuídate más de la envidia de los demás.
Abigael Bohórquez se cuidó muy poco de eso. Gracias a su favorecida soledad en Milpa Alta, a su elección estrambótica de ponerse a cultivar lechugas en lugar de construir y promover su persona en los espacios indicados y con los modos debidos, en vez de estar siempre presente y yendo a todas, el poeta de Caborca (no debe olvidarse a Pellicer: “el mejor del norte mexicano”) vivió una fructífera creatividad, quién sabe si “exitosa” pero objetivamente poderosa, no sentimental, y entonces feliz y plena a fin de cuentas. Por eso su nombre y su obra no se van a olvidar.
No viene al caso contar otras adversidades del poeta, como que su impresionante y conmovedor canto elegíaco Poesida ganó un premio internacional sobre el tema en 1992, pero que las instituciones convocantes, la OPS y la UNAM, no le entregaron el monto del galardón ni publicaron el libro, dado a conocer hasta que un grupo de fieles amigos lo imprimió (autor canónico: autor póstumo). O que la alta burocracia cultural le prometió publicar el hermoso libro finalista de 1975 en el importante Premio Aguascalientes, Memoria en la Alta Milpa, y nunca lo hizo (autor canónico: autor ocultado).
Veneno que cura del veneno. Si se dice que Abigael Bohórquez escribió poesía homosexual sería falso. Lo mismo si se afirmara —como pudo haber ocurrido— que su poesía no amorosa tenía rasgos políticos. Para la preceptiva literaria no hay más que dos tipos de poesía: buena y mala. La de este autor es extraordinaria. ¿Una muestra? El poema Reincidencia:
Dejó sus cabras el zagal y vino…
ah libertad amada dije
éste es mi cuerpo, laberinto, avena,
maduro grano que arderá en tus dientes,
esquila, choza, baladora oveja,
técorbito y aceite, paja y lumbre;
baja a llamarme, a reprenderme, a herirme,
a serenar turbadas hendiduras;
baja, pupila de avellana, baja
rústico centelleo, ráfaga de rocío,
colibrí de ardimientos,
soy también tu ganado, ven, congrégame,
descíñete, descúbreme
asido a tu cintura, dulce ramo,
caramillo de azahares en mi boca.
No resulta extraño que los antiguos cantares eróticos del rey Salomón se reanuden mediante un poeta que llegó a la literatura mexicana desde Caborca, pequeño pueblo ignoto del desierto de Sonora. No es inusual porque el espíritu de la literatura sopla donde quiera y no suele mantener predilección geográfica o de clase. Tampoco es anormal que a Abigael Bohórquez le haya ido públicamente de la chingada dado que las cosas así resultan para aquellos a quienes se les hace fácil pelearse con los demás, sobre todo cuando esos demás pueden decidir temporalmente el futuro literario de uno. Sólo brevemente, como ya se dijo: el único juez es el tiempo.
La literatura por fortuna no es una democracia. Pero muy a menudo está secuestrada en sus manifestaciones inmediatas por los grupos de poder. El poeta Bohórquez, rompehuevos del norte, como otros lo hicieron antes y otros lo harán después, se construyó a sí mismo un callejón sin salida en la vida para ponerse a escribir de verdad. Todos lo ayudaron a lograrlo: los que le hicieron bien, los que le hicieron mal y los que lo ignoraron. También aquellos que ahora, deslumbrados y agradecidos, lo leemos.

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