Nudos y alteridades

Ta Megala

Fernando Solana Olivares

El conocimiento se funda en una vieja cláusula que ha nutrido siempre el proceso creativo. Séneca la trasmitió así: “Mío es todo lo que fue bien dicho por cualquiera”. Uno se alimenta de los otros enunciados para construir los propios, que serán tomados a su vez por alguien más y compondrán un decir, un tejido lingüístico humano y colectivo que de tal manera se va haciendo. Si todo lo sabemos entre todos, el lenguaje lo vamos haciendo entre todos.

       Del mismo modo, las personas son un sistema de relaciones que introyectan a varias generaciones familiares —dos padres, cuatro abuelos, ocho bisabuelos— en ellas mismas.  Si las siete mujeres y los siete hombres de tales generaciones anteriores son esas familias felices descritas en Ana Karenina, las cuales todas se parecen en su bienestar, representan un recuerdo emocional amparador y confortable: una alentadora genealogía.

       Pero si corresponden a las familias infelices, aquellas que Tolstoi dice que practican cada una su propia manera de infelicidad, significan algo más complejo que a veces puede resultar irreparable y alcanzar la locura desatada por los fantasmas y espectros que habitan en el interior de la conciencia. Dichas familias han enterrado a sus muertos los unos en los otros.

       Cuando se hace un intento serio de pensar hacia adentro un conjunto familiar de tres generaciones, la situación se vuelve insoportablemente compleja, afirma Ronald D. Laing.  Las alteraciones de la identidad familiar son variadas. Uno es esposo, padre, abuelo, hijo, sobrino, primo. También es sus alteraciones pronominales: yo, tú, él. Lo mismo sus alteraciones familiares: las tantas otras personas que representamos para los nuestros. De ahí proviene además la relación de cada persona consigo misma, “normada a través de las relaciones entre las relaciones que comprenden el conjunto de relaciones que tiene con los demás”.

       Un sistema orgánico de este tipo (que la enfermedad mental puede volver mecánico) debe abarcar, para funcionar aceptablemente, un conjunto de piezas capaces de encajar unas con otras. Diría Laing que toda persona es un conjunto de alteraciones. La alteración es el otro, aquello en lo que se convierte uno para los demás, quienes se vinculan a nosotros como nosotros a ellos. Aun la propia persona vista en el espejo con cierta frecuencia ve a ese otro.

       Los nudos son un concepto analítico y metodológico desarrollado por Laing en su tratamiento e interpretación de la enfermedad nombrada como esquizofrenia, en donde quien la padece ha internalizado a nivel psicológico y existencial una situación familiar multigeneracional.

        Esa internalización de relaciones, después de tres o cuatro descendencias, acabará formando un nudo indesatable que atrofia la psique y la obliga a una operación curativa que suele entenderse al revés, creyéndose que el comienzo del viaje esquizofrénico es manifestación de la enfermedad cuando significa el necesario inicio de su solución simbólica y psíquica.

       El esquizofrénico —aquel que ha sido etiquetado como tal— ha “perdido” el contacto con lo que llamamos realidad. El mundo de los símbolos, validados por consenso y en el que la gente normal se mueve con relativa facilidad, le parece totalmente extraño y en gran parte malévolo. Una teoría sobre la esquizofrenia afirma que es detonada en aquel que ya tiene una predisposición genético-parental por vínculos dobles en su infancia temprana (Double binds), patrones contradictorios de comunicación.

       La voz materna que habla de amor, pero los ojos que expresan odio o molestia. Esto es un vínculo, y lo que lo hace doble es que el niño no puede salir de esa situación ni comprenderla. Lo infantil resume las instancias reprimidas a medias que actúan desde niveles de penumbras ocultadas, e incluso anuladas, en lo más recóndito de la psique.

       Tres reglas construyen el doble vínculo. Regla A: no (hagas, digas, toques, sientas, etcétera); regla B: la regla A no existe; regla C: nunca hables de la existencia o inexistencia de las reglas A, B, C. Y los mensajes paradójicos que mediante su repetición lo propician (sí porque sí, no porque no, sí pero no) conducen a una escisión entre sentimientos y emoción, entre sentimientos y comportamiento.

       Laing, un demoledor crítico de la camisa de fuerza conceptual del término esquizofrenia, propone otra perspectiva. La aparente irracionalidad del individuo declarado como enfermo esquizofrénico encuentra su racionalidad en el contexto familiar de origen. De ahí la imagen del eslabón más sensible y a menudo más inteligente de la cadena que se enferma para desatar de una vez los nudos del proceso patológico familiar. Lo hace en nombre de todos y su curación, de darse, también será la de ellos.

       Llama “metanoia” (que significa arrepentimiento, cambio de opinión) a la sucesión del proceso en su comienzo, en su parte media y en su final. Un viaje hacia adentro y hacia atrás, hasta llegar a un punto decisivo en que el viajero regresa curado. Y afirma que en su larga experiencia clínica nunca ha visto darse esta metanoia ni en las mismas familias ni en las clínicas mentales ortodoxas.

       Por eso participó en la fundación de Kingsley Hall, una casa de salud (o contra-hospital, según Cooper, otro médico antipsiquiatra) londinense donde se cambió el régimen médico deconstruyéndolo, cambiando el eje de significación: los tranquilizantes fueron administrados a los médicos y enfermeras, de ser necesario, y se dejó a los “pacientes” en libertad de vivir su viaje metanoico con sólo dos restricciones: no atentar contra otros ni contra ellos mismos. Luego de la metanoia, cumpliéndose completa, sobreviene lo que Laing llama “neogénesis”. Una sucesión muerte-renacimiento exitosa que permite regresar a la gente al mundo de la realidad común en un nivel más alto que en su funcionamiento existencial anterior.

       Las estadísticas de Kingsley Hall son casi absolutas en la recuperación psíquica de quienes ahí estuvieron. El sistema de salud estatal —sistemas que viven de la enfermedad y no de la salud— las interrumpió. Pero quedó demostrado que todo nudo se desata. Quienes practican procesos creativos profundos (escritura, pintura, música, teatro, meditación, técnicas espirituales o artes adyacentes) exploran su propia metanoia y pueden alcanzar esa neogénesis. Quienes le rezan fervientemente a la Virgen Desatanudos también.

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