Cioran en Tlacuitapa

Ta Megala          

Fernando Solana Olivares

Es extraño o simplemente curioso, pero mientras más pasa el tiempo menos se entiende lo que va sucediendo. Quien diga lo contrario peca de soberbia y miente. O bien —siempre hay almas buenas— cree que entender tanta complejidad sin síntesis nada más consiste en el uso de algunos términos adecuados para ello: globalización, democracia crujiente, posmodernidad. Ha de ser, pero parece más propio de estas horas revueltas darse cuenta de que los pájaros aprenden cosas mejor que la gente.

          Me lo contó el bardo de por aquí y lo tuve que ir a corroborar. Los cuervos colocan todo tipo de granos y hasta nueces y bellotas a medio metro de las llantas de los vehículos cuando el semáforo del cruce de la carretera está en rojo. Se retiran un par de metros, dando saltitos como se acercaron, y aguardan que su comida haya sido pulverizada al ponerse la luz verde para picotearla enseguida a placer.     

          El bardo, un solitario sujeto al que cada vez que encuentro lo veo más acabado, quiso demostrarme con ese ejemplo de inteligencia ornitológica que su más reciente decisión existencial era la correcta: dejar la lírica, retirarse del medio literario en el que hasta hoy contemporizaba y no volver a publicar. Pero sí escribir, dijo. Lo de publicar era una exageración aplicada a su magra obra, que acaso sumaba tres o cuatro folletos, tal vez un par de libros y la participación en una antología.

          —¿Sabe qué ocurrió, doctor? —me preguntó a bocajarro antier, cuando yo iba cruzando en diagonal por la plaza del pueblito y él vino hacia mí. Le tengo dicho que no soy doctor pero le da exactamente igual. Nunca hizo caso de mi culterana broma marxista: ¿para qué querer ser algo cuando se es alguien, eh?

          —No, ¿qué pasó?

          —Fíjese que escribí un pequeño texto para la cuarta de forros del libro de ensayos de un amigo. Y que me habla una muchachita de la editorial y me dice que mis líneas se van a tener que recortar porque he incurrido en una “saturación de la expresión”. Gulp: me quedé estupefacto, lo mismo que Mozart cuando el rey idiota le dijo que en alguna de sus sinfonías sobraban notas. 

          —¿Y usted es escritora, señorita? 

          —Pues sí, un poco. A veces.

          —Ah, caray. ¿Cómo cuántas veces?

          —Ay, pues mire, no sé. Además no cabe.

          —Pero si el autor que me lo pidió solicitó media cuartilla y eso envié.

          —No, lo que no cabe es la saturación de la expresión.

          Me confesó el bardo que luego de la llamada se sintió desolado: casi treinta años de escritura le mostraron su irreparable inutilidad. ¿Tanto para esto?, se preguntó. Luego recibió la llamada siguiente: el mero director en jefe, otro muchachito más. 

          —Oiga, don, ¿y qué le parece la frase final de su texto donde dice: “Léalo sin falta usted”?

          —Pues a mí, bien. Es una recomendación para el lector.

          —Será contraproducente, don: no me lo tome a mal, pero van a sospechar que el libro es tan malo que debe recomendarse.

          “Y vaya que me esmeré, doctor. El texto de la contra es bastante lindo”, siguió diciendo. Yo argumenté que eran gajes del oficio, y le conté algunas anécdotas de mi amigo entonces recién fallecido, el poeta Francisco Cervantes, quien vivía en un modestísimo cuarto vitalicio del gótico hotel Cosmos y escribió una, más que otras, entre tantas líneas admirables: “Dame, Señor, piedad para mí mismo y que mi obra te responda.”

          —Pues yo le respondo a Dios por cualquier palabra que haya escrito, pero mis editores no conocen la piedad, doctor. Voy a contarle más para que tenga el contexto de mi mal karma publicativo y autoral. ¿Sabe usted qué me dijo hace no mucho el editor de mi última obra? Primero, que todos los grandes autores son póstumos. Segundo, que de todos modos yo soy un asceta — me dijo el bardo.

          —Usted es un hombre muy delgado —le contesté.

          —O sea, como soy flaco no necesito nada. Así me lo espetó. Y como le resulto o un pretencioso o de verdad un buen escritor, mi literatura podría existir en un hipotético futuro canónico siempre y cuando desaparezca mi incómoda y ascética persona. Dos razones que explican la nula promoción que mi librito recibió de sus propios editores. Y antes que dolido, quedé desconcertado —confesó dolido.

          —Los tiempos son muy difíciles y a veces parece que todo está al revés. Ánimo. Recuerde lo que Eliot decía de Joyce: siempre escribirá obras maestras porque no depende del estímulo exterior para hacerlas —comenté, intentando que saliera de su monomanía.

          —¿Le digo una cosa? Ya no me importa. No sé cómo lo logré, si lo supiera quizá me haría rico al vender a otros la receta, pero la serpiente de la autoestima cada vez me corroe menos las tripas.

          El bardo repitió así las palabras que un autor le atribuye al César y que tal vez ya conocía. Es un hombre delgado que se va haciendo impalpable, pero su cultura autodidacta, la suya de él, parece ser sólida y estar bien nutrida en las bibliotecas de Los Altos.

          —¿Y eso no será también motivo de antipatía? —le pregunté, pensando en su amplia nómina de lecturas. El bardo despierta una conmiseración que estoy empeñado en no dejar que se convierta en lástima sensiblera, pero su apasionado drama personal a veces me conmueve. Sin embargo, él continuaba en el otro tema. 

          —Sí acaso les molesta que su boicot me vaya siendo indiferente, lo siento mucho. Pero la felicidad personal es una cosa muy importante para hacerla depender de la ruindad de los demás. ¿Cómo ve, doctor? Parece que ya entendí —concluyó, mientras los dos continuábamos a la sombra del quiosco de la plaza del pueblito donde el bardo había encajonado mi caminata en diagonal.

          Fue entonces que surgió la afirmación increíble:

          —¿Usted conoce a Cioran, el filósofo que ahora vive en Tlacuitapa? —me dijo de pronto, impertérrito.

          —Cioran murió en París en 1995 —me burlé.

          —Por eso, después vino a vivir ahí —dijo tan fresco.

          —No me diga, cómo no —contesté, obligado a marcharme por el horario del correo al que me dirigía antes de mi encuentro. Me remordió la conciencia cristiana dejarlo con la palabra en la boca. El bardo solía ser muy sentido y no perdonaba ningún desaire. Así y todo, seguí el camino de mi encargo. Ya sabemos que al final todo esfuerzo es inútil pero que todo esfuerzo es necesario al ser.

          Yo no le creía aquello de la alta cognición de los cuervos y la fui a comprobar. Vine a Tlacuitapa porque un bardo ascético, retirado del mundanal agandalle, escritor de malfario karmático, maltratado por ser ninguno entre sus pares, me dijo que aquí vive Cioran después de muerto, el genial y ácido rumano que escribió en el mejor francés posible máximas estoicas sobre resignarnos sin murmurar ante las cosas que no dependen de nosotros y adoptar una actitud totalmente indiferente ante ellas.

          El mundo se manifiesta de modo tan bizarro que podría ser: un muerto inolvidable cuya presencia ha pasado desapercibida porque en Tlacuitapa toda la gente es muy discreta. O cuervos que conocen la luz de los semáforos. Podría ser.

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