Las pájaras

Colaboraciones

Arturo Alvar Gómez Xelhuantzi

Dice mi padre que en los árboles no hay sexo que los distinga; que esa es una distinción reservada para las aves y los mamíferos. Y tiene razón. La biología del árbol es una unidad que no entiende de nuestras divisiones. Sin embargo, ante la lectura de esta novela, sentí la necesidad de contradecir la botánica para salvar la poesía. Propongo este «Bosquejo de las árbolas» porque, si en la naturaleza el sexo es invisible, en la literatura el género es un acto de resistencia. Si en la memoria colectiva de Oaxaca estas mujeres se han fijado bajo el nombre de «pájaras», yo he querido trazar para ellas un refugio que hable su misma lengua.

Hay algo en común entre la novela y la poesía: la búsqueda de una epifanía. Siempre he dicho que en la poesía se ve el bosque, mientras que en la novela se ven los árboles. Pero en Las pájaras, lo que vemos es un ecosistema de vulnerabilidad y fuerza: el prodigioso claro del bosque.

Recibí el paquete en la Biblioteca de México, pero fue en la breve estancia en Tlaxcala donde el libro se abrió paso. Entre el humo de un cigarro, vi aparecer a esa veintena de mujeres-enaguas cruzando el río; figuras que son, en sí mismas, la tensión de una ribera que espera. Nallely logra en su ópera prima algo que pocos consiguen: quitar la niebla del paisaje para dejarnos ver el peligro irremediable al que se dirigen.

Y es que, aunque el lenguaje de Nallely es hondo y por momentos místico, esta no es solo una ficción contemplativa. Esta novela tiene un origen de tierra y asfalto: nace de la mirada sociológica de la autora sobre la Central de Abastos de Oaxaca. Ahí, donde Nallely estudió los liderazgos y las disputas, entendió que el mundo se juega en la periferia social. La trama es la matriz de un suspenso real: la lucha encarnizada de un grupo de choque —las Pájaras— contra el poder vertical de figuras como Doña Martha.

Desde la sociología, sabemos que el territorio es identidad. En esta novela, el conflicto no es por grandes extensiones de tierra, sino por el derecho a existir en diez centímetros de pasillo, por el sitio donde poner las flores o las verduras. Es la lucha por un lugar en el «mercado de la vida». Nallely nos conduce por el mundo de los techos de lámina y los fogones, pero también por la intimidad de la culpa.

Las «pájaras» de esta novela no solo nos cuentan una historia que llamaríamos costumbrista; es una narración en el fragor de las múltiples luchas que se originan en cualquier sitio de nuestro país. El escenario es Oaxaca, pero no la de los folletos turísticos, sino la de la periferia social, donde los pensamientos se pueblan con la sabiduría del dicho popular. Dos grupos de mujeres buscando su lugar en un mercado recién construido es la batalla donde habrá ganadores y perdedores; circunstancia que las hace concebir una identidad común que define el nombre que el destino o la brega les otorga: Pájaras.

Aunque desfilan nombres como Juanita o Chucho Villarreal, el personaje central es el pueblo insurrecto que se arma de piedras para decir un ¡ya basta! a siete calles del centro que el crecimiento urbano ya ha devorado. Es una novela histórica sin pretenderlo, que se convierte en fuente de ella misma. Es como si los personajes buscaran no solo un sitio para vender sus flores, sino un sitio dentro de las letras. Son «pájaras» y no «pájaros», porque no van a contarnos el mismo trinar.

Estamos ante una «toma de las letras mexicanas». Mientras se escribe desde las aulas y los olimpos de la gran cultura, Nallely se une a voces como las de Cristina Rivera Garza, Yuri Herrera o Emiliano Monge, para rescribir una literatura nativa que habla de areneros y estufas de leña. Una vuelta a nuestros espejos cotidianos, tan vieja como los fogones que iluminaban nuestros rostros en la noche.

Esa búsqueda de lugar llega incluso a lo sagrado. Lo vemos cuando una de las protagonistas se hinca ante la Virgen de la Soledad:

“Santísima virgen, yo no soy religiosa… vengo a pedirte perdón por mis pecados y a agradecer que me permitas cometerlos, porque si tuvieras oposición alguna, si me vieras con malos ojos, no me permitirías hacer lo que hago” (p. 167).

La novela misma es un «pecado» necesario que la Soledad le permitió a Nalle compartir. Escribir esta obra ha sido como ir al infierno sin Virgilio y regresar para contarlo. Por eso, aunque la biología diga que los árboles no tienen sexo, yo elijo llamarlas árbolas. Porque en el mundo de Nallely, hasta el paisaje debe tomar partido. Estas «árbolas» son las mujeres-tronco que sostienen el cielo para que el vuelo de las pájaras, aunque peligroso y encarnizado por diez centímetros de territorio, sea al menos posible.

¡Que vuelen las pájaras muy alto, y que estas árbolas sigan extendiendo su sombra necesaria en el cosmos de nuestra literatura!

Las pájaras
Nallely Tello
Editorial Almácigo, 2025

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