La canción de las hojas

Ta Megala

Fernando Solana Olivares

Las hojas de una higuera cubrieron el sexo de la pareja adánica cuando se descubrió desnuda. La conciencia de sí es una hoja. Pero el jardín primordial quedó perdido al mirar el Creador ese súbito atuendo. Pudor, vergüenza, timidez. Aquella hoja es el testimonio de que alguna vez fuimos en el paraíso.

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Un viejo diccionario cerrado representa la materia virgen. Al abrirse, se vuelve materia fecundada. Entre sus polvorientas hojas está la definición de la palabra hoja. Quizá nunca nadie en él la había inquirido. Hoja, del antiguo foja, o de igual significado. Las hay lineales, aciculares, aovadas, lanceoladas, aserradas, dentadas, escotadas, enteras, discoloras, nerviosas, digitadas, venosas, compuestas, escurridas, envainadoras o radicales. Toda hoja significa lo mismo, toda hoja resulta diferente.

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Existen las hojas de ruta que consignan las mercancías transportadas por un tren con todos sus pormenores. Las expide el jefe de estación. Sólo esas dos vías fijas que se pierden en el horizonte permiten garantizar el inventario. Vivir, en cambio, es ignorarlo de antemano, como se ignora la estación a la que se arribará o la autoridad que dará fe de la carga que se lleva. Vivir es carecer de hoja de ruta.

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El universo es un inmenso libro, escribió Mohyddin ibn-Arabi, el cual solemos abrir por una sola de sus hojas. Las epifanías milagrosas suceden cuando se atisban los pliegos siguientes, y las reminiscencias fulminantes ocurren como un regreso a páginas anteriores. Al universo lo componen sus hojas y es Dios quien escribe en ellas.

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Las hojas de palma seca tratadas con humo fueron un soporte milenario de la escritura. El diseño redondo y cursivo de muchas grafías resultó de una adaptación al uso de esas láminas vegetales que las letras angulares podían desgarrar. Antes aún las tablillas de arcilla grabaron caracteres, explicaron el mundo y contaron sus orígenes. Siempre las hojas sin importar su materia. Todo espíritu requiere una forma de manifestación.

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En yoga existe una postura que se conoce como de la hoja plegada. El cuerpo queda recogido e inmóvil, doblado sobre sí mismo. Se juntan las piernas para sentarse sobre los talones, la inspiración une los omóplatos, las manos detrás de la espalda dejan caer el tronco hacia adelante. La frente toca el suelo y sobreviene la metamorfosis: el cuerpo/mente ya es una hoja.

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Cual la generación de las hojas, así la de los hombres, dice la Ilíada de Homero. El viento otoñal que las esparce por el suelo y la primavera reverdeciéndolas son equivalentes a la siega humana: una generación nace y la otra perece. Supremo orden de las correspondencias donde todo lo compuesto ha de morir, luego volver y después irse de nuevo. Como hojas al viento, porque nada orgánico nos es ajeno.

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Los colores son los actos de la luz, me dijiste esa tarde de quimeras. Escuché el sonido de tu voz entre el follaje y las hojas repitieron tu certeza desde los brillos incandescentes. Fue entonces cuando supe llamarte nuestra señora de las plantas, yacer a tu lado y mirar el caleidoscopio de nuestra vida. Penetramos sus telones para contemplar aquel lugar donde la alta fantasía llueve y tomados de la mano entramos a él. Con su manto nos cubrió el agua. La lluvia descendió como mansas hojas.

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Los golpes a la hoja de la puerta que se escuchan en Macbeth luego del asesinato del gentil Duncan son un anuncio del cambio de la naturaleza humana por la diabólica. Un perspicaz comentarista del pasaje habla de la retirada del corazón humano y el ingreso del corazón demoníaco. Sobre una plancha de madera retumba mínimo un sonido. El mundo se transforma mediante esa llamada. Las hojas abren o cierran los infiernos. Las hojas también ensanchan el cielo.

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Sólo decir por decir. Las palabras flotan. Pasa el tiempo, huye la vida, canta el poeta. Yo digo igual. El lugar en el que soy posible, ¿es aquí? Hace algunas noches vi un camino místico, la luna llena iluminaba un sendero. Encima de ella, uno sobre otro, en conjunción perfecta, gravitaban Marte y Urano. Quise seguirlo, pero me detuve a levantar una hoja que brillaba bajo la luz de plata. Como es arriba, es abajo, pensé, y me quedé aquí.

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Soy un viejo yo que se habla a sí mismo como a un tú conocido, pero que se trata con la dura crudeza de un él ajeno. Yo, tú, él: nominaciones convencionales que quedan escritas sobre una hoja en blanco. Quizá la corrección no sea la del vidente: yo es otro, sino yo es lo otro, y esta alba nobleza de la hoja intocada permita enunciarlo así. Esta hoja, que también se nombra lapas, frunze, bunkun, jani, lá, dhail, blad, yaza.

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Las hormigas se transforman en pedacitos de hoja. Abren senderos de doble sentido y su persistente caravana va y viene por ellos sin cesar como una naturaleza vegetal en movimiento. No cortan las hojas de cualquier planta: desprecian los paraísos y podan los fresnos, rasuran la enredadera y no tocan la hiedra, despojan la vid pero ignoran la lavanda. En una sola noche expropian un jardín o saquean una hortaliza.  Mi mujer puso en su camino granos de arroz que también se llevaron. Las hojas se convierten en hormigas. Las hormigas son las hojas que caminan hasta el hormiguero.

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Los druidas, antiguos sacerdotes de los pueblos celtas, recibían su nombre de los árboles porque moraban en bosques apartados, según contaron los historiadores clásicos. Los druidas fueron los hombres de las hojas que cortaban el muérdago, planta vampiro de los robles, con una hoz de oro solar cuya hoja curva simbolizaba a la luna. El universo constituye un conjunto donde todo se integra. El hombre no es, deviene. Los druidas, tales sabios desconocidos que devinieron de las hojas.

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Aquellos días terminaban en clase de Caligrafía. El maestro Juárez, vestido con un traje de tres piezas, pulcro y acicalado, nos enseñaba a escribir en letra Palmer. Abríamos el cuaderno siguiendo sus instrucciones y después pasábamos la mano sobre la hoja para alisarla. Tóquenla suavemente, nos decía, la hoja son ustedes, ustedes son la hoja. También el lápiz y la letra que hoy escribiremos. ¿Dónde estarán esas tardes cuando fuimos lápiz, letra y hoja?

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Se llaman fásmidos y su nombre viene del griego antiguo: phasma, aparición o espíritu. Se especializan en el camuflaje. Utilizan la homotipia y la homocromía y su críptica apariencia representa un sistema defensivo. Existen desde hace cuatrocientos millones de años y hubo un primer ejemplar que aprendió de las mismas hojas para simular su morfología y agitarse al viento como ellas. Las hojas educaron a los insectos hoja, esas apariciones o espíritus del alma del mundo. De ahí la alegoría, metáfora de la metáfora: el ser humano es como una hoja al viento. Otra phasma. Otra homotipia.

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“Yo pertenezco”. La plegaria, voz que viene de precaria, surgió por sí misma ante las planchas doradas, hojas de luz que se alzaban al cielo desde las nubes para formar un halo supremo y mostrar la escalera de la transformación. El espontáneo decir era abarcante: pertenecer a las nubes, a sus nimbos cromáticos, al sol vuelto compasivo tras bastidores, a las hojas ascendentes y sus escalones de oro. Pertenecer.

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Un texto chino advierte que “los hombres santos de antiquísimos tiempos anudaron cuerdecitas (escribieron) con el fin de gobernar”. Aparecerían después de “una sinuosa y lenta andadura” sellos mágicos sobre piedra y madera, textos sagrados en materia vegetal. El papel se introdujo en Samarcanda hacia el año 650. Después llegaría a La Meca, al valle del Nilo, a Bagdad y hasta España. Las hojas de papel hicieron las civilizaciones. Pensar es escribir sobre una hoja. Pensar es una hoja.

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El poeta salvaría el incendio. El lector salvaría las hojas. Libre: libro: hojas. Deben tocarse, mirarse, escucharse para ser. Los muertos inolvidables esperan vivir de nuevo mientras descansan pacientemente entre ellas.

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Este es un canto de las hojas que tiemblan, dicen y sueñan. Son aves ligeras, frágiles y poderosas. Señoras del tiempo y la memoria. Su autor está en las hojas. 

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La muerte se esconde en aquella gota que desciende por las hojas en la lluvia mansa, llanto del cielo. ¿Qué tipo de tiempos donde hablar de los árboles y sus hojas es un delito porque implica silencio sobre tantos horrores? se pregunta el escribiente. Por eso, en la seriedad fúnebre de la época, la muerte esconde su escondite y se mimetiza con la gota, una forma líquida de la hoja.

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La hoja es un motivo ornamental en las culturas de los labradores. En Oriente simboliza la felicidad y la fortuna. Las tres hojas del trébol significan la Trinidad y un cuadrifolio es la cruz en sus cuatro direcciones, también los cuatro evangelios y las virtudes cardinales. Cuando son siete, aluden a los dones del Espíritu Santo. De ahí que se sepa que un símbolo es aquello que se lanza para unir. Una hoja es tantas cosas: tantas cosas son una hoja.

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El médico Guillotin consideró una utilidad práctica y dos características físicas. Abreviar los procesos, aumentar el peso del instrumento y afilar su hoja, la lama de acero, con un filo oblicuo. La hoja de acero zumba al bajar y produce un silbido. Las hojas de acero cantan al chocar entre sí. Entonces la poética antigua habló de la música de las hojas para decir batalla. Después de la Revolución francesa se hizo popular un corte de cabello que se llamó corte guillotina. Las peluqueras afeitan el cuello con una navajita cuya hoja lleva un filo oblicuo.

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Entre los hipónimos de hoja están margen, dorso, envés, haz, vientre o lámina. Los pétalos son hojas de una flor, como la parte sembrada en una tierra o la que se deja en barbecho. La hoja de lata se llama hojalata. Dar vuelta a la hoja es concluir algo y pasar a lo siguiente. No tener vuelta de hoja es aludir a lo irremediable. Desistir se entiende como mudar la hoja.

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Un doble desfiguramiento es una misma hoja por el envés y el revés. Moisés, mago egipcio, sacerdote derrotado de Akenatón, crea la religión judía trasladando a ella tales elementos. Pablo, fariseo judío protoromano, traduce a esa mentalidad el cristianismo de Jesús. Dos milenios después, un escritor usará la técnica literaria del cut-up: cortar una hoja y juntarla con otra distinta para producir un nuevo significado. La delgada y blanca hostia de la comunión es aquella hoja que juntó lo ajeno, refiguró lo desfigurado y produjo un tercer sentido. Búsquese la acepción: hoja que vuelve a reunir.

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Una orquídea fantasmal está prensada entre las hojas de una libreta de apuntes cuya primera línea dice Tat tvam así, “Tú eres eso” en sánscrito. Es una sentencia de los Upanishads que señala la unidad fundamental entre el ser individual y la conciencia cósmica: “Tú eres, en ti está la totalidad de la existencia”, vendría a decir. La hoja es palmeada y conserva el discreto color del oro apagado del otoño. Se forma de tres cuerpos, aludiendo quizá a esa integración del hombre, la tierra y el cielo. Su finura es metafísica. Esa hoja trasciende el yo.

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Aquellas señoritas repartían a la salida de misa hojas volantes impresas en un papel de nombre perentorio: “Revolución”. La temida clasificaciónde las películas que llegaban a la ciudad, las Apreciaciones. Erande carácter moral y no cinematográfico: A, para todo público; B, para adolescentes y adultos; C, prohibidas por la doctrina cristiana. B y C significaban inaccesibles para nosotros, confinados a los filmes A. Mis padres dejaron de creer en ellas cuando las guardianas de la moral pública fueron vistas en una película de clasificación C. Esas hojas mentían.

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Las hojas secas crepitan al pisarse. Alquimia: son otro fuego. Se harán polvo para volverse tierra, alfombrarán el estío mientras tanto. Las hojas son episódicas. Maestras de lo efímero que crujen para durar mientras desaparecen. Su vida es como el destino que se pierde y aleja para volver. No se crean ni se destruyen, dice la metafísica: se transforman y entonces son.

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Sobre el polvo trazó su plan. Frente al extendido ejército enemigo, el estratega tebano le llamó falange oblicua a la concentración de hombres que haría en el flanco izquierdo para romper la formación espartana y rodearla después. El suelo también es una hoja con planes de batalla. La victoria antes del desenlace.

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En su Ars poetica,Horacio aconsejó que Medea no matara a sus hijos ante el público. La anotación se perdió entre las frágiles hojas de pergamino que se astillaron por el comercio de tantas manos. Hasta que esa observación del poeta a la tragedia de Eurípides no tuvo que leerse, pues quedó asumida como parte de la representación. Al contarse en escena es como si se mostrara. Las hojas perdidas construyen la memoria: evocan, como aquello que sólo se sugiere.

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Lo sagrado murió para los muchos (los tantos), no para los muy pocos que se marchan al bosque de su interior. Los emboscados viven entre las forestas. Las hojas que frecuentan representan lo sagrado. ¿Entonces aquello venerable envuelve a los renunciantes? Sí, es un hálito, un manto, un aura. Todo eso que se llama hojas.

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Cuenta la tradición que mil monjes se reunieron durante un año para escribir el canon pali en sus tres partes: la Cesta del discurso, la Cesta de la disciplina y la Cesta del conocimiento superior de los fenómenos. La Caverna de las Siete Hojas resonó con la repetición de las enseñanzas del iluminado y su confirmación a coro: así fue dicho, así fue enseñado. Siete hojas fueron parte de un eco sagrado.

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El barco de papel surca la corriente de agua que la lluvia dejó a la orilla de la banqueta. Los pequeños que lo arrojaron viajan en él. Uno de ellos llevó la hoja, otro le dio forma y el tercero lo puso en el agua. Como un prisma, sus mutaciones son incesantes. Toda la tarde han sido valientes guerreros, pilotos audaces, inflexibles marchantes de estampitas. Ahora son osados navegantes que al terminar la travesía, cuando su barco naufraga en el agua indómita, deciden volver a ser quienes son y ya no quienes han sido. Entonces brincan en los charcos, espejo de los follajes, duplicación de las hojas. Cada uno llega a su casa empapado.

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Mi viejo perro Jonás descansa a mi lado. Ha envejecido conmigo y escucho su respiración ahora cadenciosa. Esto lo anoto en una hoja, antes acaso en la de mi mente. Jonás es un perro viejo. Mi mente es una hoja.

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Aparece en el alféizar. Inmóvil, orante, meditativa. Es una Mantis religiosa que fue llamada así por su postura de recogimiento. Sus patas delanteras parecen rezar. Y su cuerpo es un monumento de piedra donde ella descansa y su mente está en paz. Para el Oriente simboliza la meditación y la calma interior. Para el África es magia y brujería. Paciente, quieta y entonces sabia, esta campamocha semeja ser una hoja. Insecto camuflaje, insecto mudanza, insecto permutante. Su reposo es una variante del movimiento. Luego esa hoja que no es hoja desaparece.

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La piedra está, dijo el filósofo, la planta vive, el animal siente, el hombre comprende. Aquella hoja acontece. Por eso está, por eso vive, siente, comprende. Hoja-piedra, hoja-animal, hoja-humana, hoja-comprendiente. Platón habla del hombre como una planta celeste, un árbol invertido cuyas raíces van hacia el cielo y sus ramas hacia abajo. Las hojas penetran en la tierra y se expanden. Entonces son hojas-rizoma, hojas-origen

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Aprender del animal su estar presente. Aprender de la hoja su inmutable variabilidad. El canto de las hojas es una salmodia que el viento entona. Una melodía que significa compasión: padecer con.

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Los vio venir hacia él avergonzados y cabizbajos, cubriendo con las manos sus partes pudendas. Las manos vueltas hojas, las hojas hechas destierro. La conciencia de sí es una pérdida que se oculta entre las hojas.

Texto recién publicado por Mano Santa Editores en la colección Prueba de autor. Se imprimieron 50 ejemplares, numerados y firmados por el autor.

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