TA MEGALA
Fernando Solana Olivares
No hay pingüinos en Groenlandia. Pero Trump y su equipo de comunicación creen que sí. Entonces, hay pingüinos en Groenlandia. Esa vergonzosa ignorancia retrata con nitidez este tiempo terminal y las limitaciones culturales y cognitivas del hegemón estadounidense y su imperio del caos.
La autora francesa Stephanie Lamy analiza en Viento Sur la mezcla ideológica —así de inculta o más que creer en la existencia de pingüinos donde nunca los ha habido— originada en el ecosistema tecnológico estadounidense y determinante para las oligarquías que han llegado al poder: el tecnomasculinismo, una dominación basada en la masculinidad hegemónica, blanca y tecnológicamente avanzada.
Una extensión, escribe Lamy, del neoliberalismo yanqui en versión desregulada, extractiva y autoritaria, que descarta el poder blando y lo reemplaza por los medios del poder duro mediante una visión agresiva de la soberanía nacional (y la violación sistemática de las soberanías ajenas), la supremacía masculina blanca y el retroceso de las normas democráticas.
Opuesto al Estado regulador, a las élites progresistas y a las instituciones de poder blando, culturales y/o diplomáticas, percibidas como feminizadas y por ello débiles, este tecnomasculinismo se sostiene en un orden tecnopolítico “basado en la extracción algorítmica, la segregación eugenista y la apropiación de los recursos cognitivos y reproductivos”. Sus infraestructuras son las criptomonedas, las plataformas de inteligencia artificial, los enclaves libertarios (Groenlandia estaría entre ellos) y las neurotecnologías para prolongar la vida, una de sus profundas obsesiones. Todo esto al servicio de una nueva casta, como los define Lamy, de “hombres-profetas, ingenieros y financieros, que se ven a sí mismos como los arquitectos suprainteligentes de un orden postapocalíptico”.
El tecnomasculinismo es considerado como la ideología matriz de la dominación contemporánea a través del neoliberalismo de última generación, del aceleracionismo —donde el colapso de las estructuras sociales y políticas existentes se asume como un paso indispensable para crear una sociedad regida únicamente por las leyes del mercado—, y del cristofascismo, el cual coincide con la escatología del tecnomasculinismo en una visión apocalíptica creyente en que el progreso tecnológico y el cumplimiento de un mandato bíblico judeocristiano derivarán en la dominación total del mundo y el fin de los tiempos.
Esta ideología, que concibe la acumulación de riqueza como una teología de la prosperidad, una bendición divina y un signo de salvación, justifica el acaparamiento de los recursos, la explotación de los cuerpos y el crecimiento incesante del capital como acciones piadosas (“la prosperidad material es el resultado de una inteligencia superior”). El colapso ecológico generado por esas mismas élites para beneficiarse de él, exacerbando las desigualdades y alimentando un ciclo de devastación (“un círculo de extinción”, le llama la autora, que convierte el colapso en un recurso adicional de las ganancias materiales), asume que la humanidad biológica es una etapa transitoria cuya tarea es dar paso a entidades superiores como la inteligencia artificial o los cyborg.
“El auge de la inteligencia artificial general (IAG) se percibe así no solo como una evolución tecnológica, sino también como una revelación, un medio para que una élite elegida sea elevada a los cielos de una realidad alternativa”, escribe. Y en el centro de esa visión está la idea de una salvación digital. Por eso la intensificación del desarrollo tecnológico y de la IA no significa para el tecnomasculinismo una amenaza sino una oportunidad: “acelerar el fin de los tiempos para alcanzar un mundo en el que el dominio de la IA marque el fin de la humanidad biológica”.
Los diversos modelos de gobernanza propuestos por el movimiento neorreaccionario rechazan la existencia de los Estados-nación soberanos y democráticos y en su lugar aspiran a crear espacios dirigidos por élites tecnocráticas no elegidas. Curtis Yarvin, el ideólogo de la Ilustración Oscura cercano a Peter Thiel y J. D. Vance, ha diseñado el modelo Patchwork: una fragmentación del mundo en microjurisdicciones de ciudades-empresas independientes gobernadas por CEO-reyes, donde se substituye la soberanía popular por una gobernanza de accionistas cuyo modelo es empresarial. En dichas entidades, subraya Lamy, no existe ningún control democrático, ni equidad ni responsabilidades públicas ni protección de los derechos individuales. Se gobierna sin el pueblo, son tecnoterritorios neocoloniales.
Como un mundo salido de la más oscura de las distopías, la enumeración de lo que está en curso es aterradora y catastrófica. El tecnomasculinismo disectado por Stephanie Lamy desde sus orígenes (“la larga historia de revuelta reaccionaria contra la igualdad democrática que comenzó con las transformaciones económicas y sociales del New Deal”) sufrió una transformación con el nacimiento del capitalismo de vigilancia y la recopilación de datos personales que ha alimentado una economía de crecimiento exponencial cuyo contenido se basa en la manipulación del comportamiento de los usuarios a través de las plataformas digitales.
“Esto ha permitido a las empresas constituir monopolios e imponer un modelo económico de cosificación del ser humano y jerarquización de su utilidad para alimentar modelos de predicción del comportamiento”, anota en el texto. Tal mudanza que vuelve a las raíces militaristas de Internet, creación del ejército estadounidense en sus orígenes, está acompañada de la obsesión eugenésica vinculada a ideas raciales y socioeconómicas por el coeficiente intelectual como indicador de superioridad. Así, las élites tecnológicas promueven modelos genéticos de selección embrionaria y condenan la diversidad social.
Dicho entorno radical tecomasculinista, con variadas características que quedan fuera de esta apretada síntesis, fomenta la difusión y puesta en práctica de tesis extremistas que pretenden asfixiar a las democracias liberales y ejercer el control autoritario y la violencia contra las mayorías políticas y las minorías opositoras. Desplazar al poder constitucional legislativo y subordinar al poder judicial en beneficio del poder ejecutivo, desmontar el gasto social del Estado, transferir esa riqueza a las élites tecnocráticas y reducir el tamaño del gobierno son acciones previstas ya en el proyecto político autocrático que configura la geopolítica de la era Trump 2.0 (Proyecto 2025 de la Heritage Foundation).
“Una visión —concluye Lamy— profundamente reaccionaria y neoimperialista en la que la expansión capitalista precede sobre las consideraciones humanas o geopolíticas”. Reconocer lo que la autora llama nuevas formas de poder duro permite entender los retos climáticos, de derechos humanos, del sistema internacional basado en normas y de la vida misma que ahora el mundo está viviendo.
Todo ello puesto en peligro no desde fuera del hegemón estadounidense, el hoy imperio del caos, sino desde su mismo interior, una operación de captura del Estado similar a la que llevó a cabo el nacionalsocialismo nazi, pero ahora con bombas nucleares e Inteligencia Artificial General.
Groenlandia ha intentado ser adquirida por Praxis, empresa detrás de la cual está Peter Thiel, mecenas de la Ilustración Oscura, e inversores de la criptoesfera, para establecer en ella un territorio neocolonial no determinado por ningún marco nacional ni soberanista. Un Estado-empresa, el atroz modelo de secesión de las élites.
En Groenlandia nunca ha habido pingüinos. En Groenlandia sí hay pingüinos.

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