Ta Megala
Fernando Solana Olivares
El arte perdido. Según Ernst Jünger, citado por Luc-Olivier d’Algange, el arte de vivir es el arte de no aburrirse nunca. Y el olvido de una “ciencia original” descrita en su gran novela Heliópolis es la causa fundamental del tedio posmoderno y del horror que ello presagia: “El universo tal como se ofrece a nuestros ojos no es más que una de sus innumerables secciones posibles. El mundo es como un libro; de sus hojas incontables sólo vemos aquella por la que está abierto”. Pero no a todos, señala el comentarista, les es dado saber voltear las páginas: tal es el objeto de la metafísica experimental. Metafísica, en tanto que la concepción de un universo de secciones múltiples va más allá de la percepción inmediata o establecida, y experimental en tanto que se trata del arte de pasar de una sección a otra. El discreto intervalo de la vuelta de las hojas es lo que algunos filósofos llaman intuición y ciertos escritores definen como epifanía.
Lo que se sabe. “La obra de Jünger puede leerse como un arte de vivir cuya virtud fundamental sería celebrar el reencuentro de la persona y su destino. Estamos aquí en las antípodas de esas teorías de la modernidad que quisieron hacernos creer que nuestra vida personal está desprovista de sentido, que la única forma de existir en este mundo es inscribirse en el ‘sentido de la historia’, despreciando la naturaleza y sus dioses, como si debiera prevalecer un inmenso olvido que reduce a los hombres a no ver ni comprender nada, fuera de ellos mismos, en una delectación narcisista, delante de pantallas mentirosas”. (Luc-Olivier d’Algange.)
Lutero en el islam. Y es una mujer, además. Ayaan Hirsi Ali, pensadora y activista musulmana somalí, propone cinco tesis para reformar al islam, “clavadas en una puerta virtual”: 1. Garantizar que Mahoma y el Corán se prestan a la interpretación y a las críticas. 2. Dar prioridad a esta vida, no a la vida después de la muerte. 3. Limitar la sharía (el dogma rígido, literal e integrista impuesto por una versión del islam que se conoce como wahabismo o salafismo) y poner fin a su preponderancia con respecto a la ley seglar. 4. Poner fin a la práctica de “ordenar lo que está bien, prohibir lo que está mal”. 5. Abandonar el llamamiento a la yihad (la guerra santa contra los infieles). Este proceso de reforma, una batalla de ideas como el surgimiento del protestantismo representó en Europa, está en marcha a pesar de la barbarie brutal del salafismo yihadista del Estado Islámico y de las atroces variantes islámicas de Al-Qaeda. Ante ello, Tahar Ben Jelloum, escritor marroquí, habla del islam que da miedo, aquel que trata de imponer el siglo VII en la época moderna: “Uno no puede desplazar los contextos y la historia a su antojo. En cambio, el EI actúa como si los quince siglos que nos separan de la aparición del islam hubieran sido borrados de un sablazo mágico”. De ahí su imposibilidad para triunfar definitivamente pues ni el tiempo ni la historia regresan: fluido ininterrumpido en constante movimiento.
El eterno retorno. El que no parecía pensarlo así fue Fernando del Paso, quien en el homenaje que se le rindió al cumplir 80 años dijo que no cambiaría una sola coma ni de su literatura ni de su biografía y que de ser el caso las viviría de nuevo igual. Hay otro tipo de gente que sin duda enmendaría muchas cosas si tuviera tal oportunidad. El mero hecho de volver a vivir lo vivido es vivirlo distinto. Lo sabía el filósofo griego: nadie se baña dos veces en el mismo río, así el anhelo fáustico clame al instante que se detenga por ser tan hermoso. Detenerse, sin embargo, no es repetirse otra vez.
Sabiduría de Chamfort empleada por Cyril Connolly. “Casi todos los hombres son esclavos, por la razón que daban los espartanos de la servidumbre de los persas: el no saber pronunciar la sílaba no. Saber pronunciar esta palabra y saber vivir son los dos únicos medios de conservar la libertad y el carácter”.
Filosofía romántica. “Cuando doy a las cosas comunes un sentido augusto, a las realidades habituales un aspecto misterioso, a lo que es conocido la dignidad de lo desconocido, a lo finito un aire, un reflejo, un resplandor de infinito, las romantizo. Es la operación inversa para lo sublime, lo desconocido, lo místico, lo infinito —ahí la relación establecida es logarítmica— pues esa operación les da una expresión corriente”. (Novalis.)
Sobre el siete. Las siete diferentes etapas de la vía mística aparecen simbolizadas en el célebre poema de Attar, La conferencia de los pájaros (también traducido como El lenguaje de los pájaros): a) la búsqueda, b) el amor, c) el conocimiento místico, d) el desasimiento, e) la unicidad, f) la perplejidad, g) la pobreza y la aniquilación. En otra versión se dice a) la búsqueda, b) el amor, c) el conocimiento, d) la independencia, e) la unidad, f) el asombro, g) la desnudez y la muerte mística.
Variantes complementarias. Siete también son los estados de la materia, los grados de la conciencia, las etapas de la evolución: conciencia del cuerpo físico, de la emoción, de la inteligencia, de la intuición, de la espiritualidad, de la voluntad, de la vida. La conciencia lleva a la comprensión, la conciencia es comprensión. Y comprender es aceptar la entrada a otro orden o espacio de sentido y de ser. En esta época crepuscular la gente sobre todo siente. Por eso en lugar de “yo pienso” hoy se dice “yo siento que”. No obsta que la cita clásica de Heidegger establezca que el lenguaje es la casa del ser y que los hombres moran en esa casa: “Los que piensan y los que crean poesía son los custodios de esta morada”, escribe. Nuestras épocas de miseria semántica representan las del estrechamiento del ser. Palabra viene de parábola. Las palabras son perspectivas. Perder las palabras es perder el alma. Son una escalera para alcanzar el cielo. O para enunciarlo, cuando menos. Una forma para saber que está.
El saco de Satanás. Titivillus, un repugnante demonio, se describe a sí mismo como “un pobre diablo” ante el abad que lo confronta. Y le explica que su tarea es llevarle diariamente a Satanás “mil sacos llenos de errores y negligencias en sílabas y palabras”. El demonio conserva esos errores como pruebas contra las personas cuando sus almas se vean juzgadas. “Aunque tales cosas sean pronto olvidadas por quienes las hacen, el demonio no las olvida”, dice Titivillus. Pero el tratado devocional del siglo XV Myroure of Oure Ladye que consigna esta historia no es aplicable hoy, cuando esos errores han disminuido no ante un rigor lingüístico creciente sino ante la casi desaparición del lenguaje. El español contiene decenas de miles de palabras. En estos días se utilizan no más de dos o tres centenas de voces. Así, ¿quién puede errar ante la neolengua terminal del homo videns contemporáneo, aquel que reemplaza al homo sapiens de no hace mucho en la historia, a ese ser hecho de lenguaje?
Siete consejos japoneses. Son normas para la vida, prácticas diarias que deben ser mantenidas. No son autoayuda, pero vaya que ayudan. Ikigai. Descubrir el propósito en la vida. La razón para despertar cada mañana. Shikata ga nai. Dejar ir lo que no se puede controlar. Reconocerlo y aceptar que está bien. Enfocar la energía en lo que sí se pueda cambiar. Wabi-sabi. Encontrar la paz en la imperfección. Reconocer que nada en la vida es perfecto, ni uno mismo ni los demás. En lugar de luchar por la perfección, encontrar alegría en las imperfecciones que hacen que la vida sea única y hermosa. Gaman. Preservar la dignidad en tiempos difíciles. Mostrar madurez y autocontrol ante los desafíos de la vida. Trabajar la paciencia, la resiliencia y la empatía. Dubaitori. No compararse con los demás. Todos tienen líneas de tiempo diferentes y un camino único. Uno debe concentrarse en el propio progreso en lugar de tratar de medirse con los otros. Kaizen. Buscar la mejora en todas las áreas de la vida. Incluso los pequeños cambios pueden tener un gran impacto en el tiempo. Ganbatte. Hacer siempre en todo lo mejor que se pueda. Nunca dejar de buscar la excelencia en todo lo que se haga. La excelencia no es perfección sino establecer en todos los aspectos existenciales el mayor compromiso hacia los pensamientos, palabras y acciones. Y una advertencia. Dos extravagancias: excluir la razón, admitir sólo la razón (Pascal dixit).
Perseverancia. Como diría aquél: arriesgándome a no existir, yo prefiero resistir.

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