La lección multiabarcante del placer literario

Colaboraciones

Pura López Colomé

(Epígrafe:  Uno de los poetas que más he admirado sostenidamente desde la primera vez que lo leí, Seamus Heaney, me confirmó que no había diferencia entre escribir un poema y traducir un poema.  Así lo he sentido desde entonces, y con ese criterio me he dedicado a las dos vertientes.  Ejerciendo lo que defiendo, comienzo ahora esta presentación con un par de estrofas originalmente escritas en holandés, traducidas al inglés después, y ahora al español. Pertenecen al poeta J.C. Bloem (1887-1966):

”Sube y baja la marea, ¡con tal regularidad¡
¿Qué eres corazón, por qué el temor,
A sabiendas, porque sabes, que la primavera es un alivio,
Corazón resplandeciente, como la marea, preciso, corazón?


Omnipresente, imperturbable,
Es la vida de la cual brota la muerte.
Y quejas, no.  Ni la menor queja cabría
Ahora que los campos de centeno se mecen tras las ruinas.”)

Cuánta razón tenía Goethe al señalar lo importante que es para un escritor contar con buena suerte en un principio.  Creo, sin exagerar, que fue mi caso: entré a la Literatura con mayúsculas por la puerta grande: la obra de Alfonso Reyes.  Otro de mis autores favoritos, William Wordsworth, atenazado por las dudas sobre el sentido y los orígenes de su vocación como poeta, se preguntaba: “¿Sería por esto/ Que aquel, el más bello de los ríos, con deleite/ Fundía sus murmullos con la canción de mi nodriza, / Y desde las sombras de sus alisos, y rocosas caídas, / Y sus estuarios y vados y bajíos, lanzaba una voz / Que rezumaba entre mis sueños?”  Todas las proporciones guardadas, al entrar por primera vez a la Capilla Alfonsina en los años ’70, a mi vez me pregunté si por y para esto mi papá me había dado a conocer algo de los Cartones de Madrid en la adolescencia; supe por qué, pues, me había dado lo que, en su tierra, Yucatán, se conocía entonces como un “intransmisible”, el boleto de entrada a un festejo, en este caso, el de una obra cuyo deleite no se quedaría ensimismado, sino que me llevaría al de otras y otras y otras.  

        En su mundo he podido confirmar -paso a paso hasta hoy- que todas mis lecturas anteriores, las que hice en casa, en la escuela, en la universidad, incluso las que hago en esta época de mi vida, han tenido sentido: entrar a, para nunca salir de, la suya, la de Borges, la de Conrad, Vargas Llosa o Julian Barnes, por ejemplo, o la poesía de Shakespeare, Yeats, Seamus Heaney, Sor Juana, Neruda, Paz, Villaurrutia o Emily Dickinson; la de algunos de mis contemporáneos o de los jóvenes tan originales de la actualidad. 

        He ido comprobando la realidad de ese oculto fragmento del destino en su enorme Paideia, el contenido literario e ideológico de sus ensayos; su cadenciosa manera de recorrer la experiencia, deteniéndose en momentos significativos tanto de la cotidianidad como de la excepcionalidad; los gustos, los placeres, la hondura del pensamiento, haciendo escalas en las humanas tragedias, comedias, pantomimas y maravillas, dueño de una profunda y natural melodía/armonía prosística (según creo, lo más envidiable, con cuya semilla probablemente se nace), un sentido del humor sutil, sin obviedades, y una puesta en escena de paradojas reales, algo que sólo se puede dar gracias a un exquisito y poderoso intelecto. No resisto citar al menos un fragmento de sus cartas, donde dice exactamente lo que piensa, sin corrección política o decoro mal entendido.  Le habla así a su amigo Pedro acerca de una de las cumbres de la pintura occidental:

“¿Tiene algún valor que te diga yo que Rubens me causa la impresión de pintar elefantes voladores, y que lo que más siento en sus cuadros (no es censura, es mi impresión, sin fabeleos) es el desequilibrio entre el peso de la materia y el dinamismo ascendente de que quiere dotarla?  Rubens cree que las cosas gordas y las mujeres llenas de ampulosidad carnal suben al cielo en toda la opulencia de su materia; el cristianismo nos ha enseñado a imaginar que para subir al cielo hay que adelgazarse.”

He aquí al autor desplegando sus preferencias artísticas y masculinas, sin desaprovechar la oportunidad de criticar a quien le tiene reservas, como Fabela.  

        Reyes era un decidido amante de su patria, que no por serlo perdía la objetividad:  reconocía la verdad costara lo que costara.  Siempre dueño de la musicalidad total de su lengua al lado de un rigor intelectual ecuánime, equilibrado y conciso, nos pone delante cuestiones dolorosas que evidenciaban las heridas abiertas de todo un pueblo al lado de su luminosidad, cuestiones atávicas en apariencia incurables, los complejos colectivos e individuales, las falibilidades en contraste con un originalísimo y espontáneo ingenio, nuestra miseria y nuestra belleza, el somos todo y no somos nada comunicado merced a su dominio lingüístico, su profundo amor por la palabra, su elegancia, lo mismo en sesudos textos analíticos que en cartas muy personales. En una obra tan vasta como la suya, los ejemplos chisporrotean (resulta difícil elegir).  Doy a continuación otro fragmento de mensajes exquisitos dirigidos a su amigo y colega Henríquez Ureña:

“Tengo esta teoría nueva que pienso exponer, pero que tú puedes usar desde luego si te parece: ganará con difundirse. En América necesitamos de escuelas alambicadas y complicadas, de escuelas que obliguen al escritor a rebuscar y a pensar, como el gongorismo y el modernismo. El gongorismo llenaba menos sus fines, porque era más palabrista que el modernismo y, en una época de pocas ideas y de aislamiento (como fueron los tiempos coloniales en América), tenía que parar en la confusión. Así y todo, los más elegantes poetas del siglo XVIII eran los gongorinos retrasados que competían con los seudoclásicos. En América hacen mucho daño las escuelas descuidadas, como el romanticismo: en ellas todo se vuelve ripio, y no sobreviven para las antologías sino pocas cosas. […] En México se perdió la elegancia de escribir casi por entero desde los sonetos gongorinos del siglo XVIII hasta la aparición de Gutiérrez Nájera. Somos pueblos ignorantes y necesitamos escuelas sabias y exigentes que nos obliguen a aprender.” 

No en balde Antonio Alatorre recomendaba siempre su lectura, y cómo se lo agradezco.  Si existe en algún escritor mexicano un acuerdo fluido y sin tropiezos entre las ideas que expresa, una actitud griegamente crítica en paralelo al disfrute de golpe, se encuentra en Reyes, de cuya mano me he dejado llevar desde entonces.  Este timonel me ha permitido disentir de lo que propone; pero sobre todo y privilegiadamente, asentir sonriendo, sentirme a ratos su colega y siempre su alumna silenciosa.

        Creo que cualquier lector de Reyes cantaría las mismas loas que yo.  Pero no tendrá la misma historia de acceso, la misma manera de haberlo ido descubriendo para mantenerlo presente en la escritura propia casi sin querer.  Cada vez que me sorprendo escribiendo frases torpes, rebosantes de relativos, repetitivas, fallidas, esas que Margit Frenk llamaba “frases chorizo”, tomo al azar un fragmento de las Obras completas y siento haber llegado a la Fuente Castalia, dispuesta a quitarme de encima polvo y paja. Doy un pequeñísimo ejemplo, un párrafo, de la invitación de este autor a su (y nuestro) universo griego. Dice en el proemio al Rescoldo de Grecia:

        “El viaje que vamos a emprender por el mundo espiritual de los griegos […] toca únicamente los pulsos esenciales, deja en olvido lo accesorio, prescinde de puntos controvertibles, se atiene al enfoque definitivo […] sin entretenerse en la elaboración confusa […] Hoy hemos querido ofrecer una Grecia a la media calle.”

Y como Reyes posee la extraña virtud de poner en práctica lo que defiende, prefiere crear literatura: quiere lectores de todos tipos; nos invita con sencillez y hasta desenfado a entrar a cada uno de los temas que aborda, trátese de la cultura occidental, la historia de este país (que, por cierto, lo implica a él directamente); su poesía, sus cuentos, su crítica, su anecdotario, los placeres gastronómicos, sus avatares como escritor o docente, e incluso su correspondencia.
        Confieso que llegué a la Capilla, allá en la prehistoria, en busca de Tito Monterroso, que impartía ahí un taller semanal.  Pero Tito, con todo y la brevedad que lo caracterizaba al escribir o guiar, ya era muy famoso y taquillero, así que en ese momento no había cupo.  Claramente, lo que con él se aprendía no correspondía a mi destino, al menos en ese momento.  Sin embargo, gracias a Marco Antonio Campos me enteré de que la nieta de don Alfonso, Alicia, “Tikis”, ofrecía un taller donde no solamente hallé el nicho perfecto para mi soledad:  conocí a mi gran Amiga con A mayúscula, Ana Castaño, y a unas cuántas personas más o menos de mi edad que ya contaban con escritos propios y lecturas variadísimas (desde Basho hasta Carlos Castaneda), así como sensibilidad y asombrosos elementos de juicio.  Ahí, en Benjamín Hill 122 (el mismo número, cabalísticamente certero,  de la casa morelense donde he vivido desde hace más de treinta años), a unas cuadras de la casa de otro de mis faros, José Emilio Pacheco, entre todos esos títulos maravillosos y lo que ahora constituye la memorabilia, su sillón de lectura, sus bastones, el títere de Valle Inclán que aparecía en un lugar distinto día con día, y tantos otros objetos cargados de significado, supe de la convocatoria al Premio Alfonso Reyes para Jóvenes Escritores, que representó un estímulo para leer más al autor y quizás intentar escribir sobre alguno de sus textos.  Sin pretender compararme con los demás miembros del grupo, entre los que se contaba quien había ganado el premio el año anterior con unas divertidísimas cartas imaginarias entre Don Alfonso y un corresponsal inventado por él, reconocí mi falta de originalidad, aunque no me deprimí:  decidí dialogar con Reyes “a mi guisa” (frase muy Alfonsina), según yo, como él parecía haberlo hecho de cierto modo poniendo a conversar a Elena y Aquiles, a su ingenio y su conciencia, o a su pluma y al duende de la biblioteca.  Todo en un silencio obligado por un accidente que me cayó de no sé dónde y me calló abruptamente la boca, haciéndome suspender el trabajo con que me ganaba la vida:  yo daba clases de inglés y de español en Berlitz, pero, con los dientes rotos, resultaba imposible.  No hay mal que por bien no venga; lo que yo necesitaba era tiempo para concentrarme en la lectura.  Y he aquí que volví a tener suerte con un segundo lugar que, casi por arte de magia, pasó a ser el primero al descubrirse en la información de la plica que el “ganador” ocupaba un cargo importante en la Universidad de Nuevo León (cosa que estaba prohibida explícitamente en la convocatoria).  Sin hacerme muchas bolas y con toda humildad, acepté la distinción.  Fue así como se publicó en el Boletín mi “Diálogo socrático en Alfonso Reyes”.   Más adelante, por gusto y devoción, le dediqué mi tesis de licenciatura en la UNAM: “Las Tres Ifigenias: aproximaciones a Ifigenia Cruel”.  En primer lugar, analicé en ella las Ifigenias de la antigüedad (Eurípides, Racine, Goethe); a continuación, me concentré en la Ifigenia Cruel de Reyes, pasándola por el filtro comparativo de Mallarmé, Valéry y las Ifigenias hispanoamericanas.  Al final, hice del hijo del general Bernardo Reyes de la Oración, es decir, el propio Don Alfonso, una Ifigenia que huye ante los sucesos de la Decena Trágica en que murió su padre.  En este trabajo caminé casi a solas porque, cosa muy extraña, nadie había dedicado estudios académicos a esta parte de la obra; y también porque quien se especializaba entonces en este autor, Ernesto Mejía Sánchez, estaba sumamente ocupado con otras responsabilidades.

        Desde aquellos años, fines de los ’70, no he dejado de leer y releer a Reyes. Por un motivo u otro, siempre termino acudiendo a su erudición sin pomposidades, a su prosa fluvial y llena de sentido.  Tal como ha afirmado certeramente Adolfo Castañón, “no es que Reyes sea un autor prolífico; es más bien toda una literatura”.

        ¿Cómo medirse con la vara de Reyes o de Borges sin salir perdiendo? Para no descorazonarse, hay que intentar, sólo en la medida de lo posible, seguir su ejemplo.  La lección número uno, acaso la central, es la congruencia, el no servir a dos amos.  Se está inmerso en lo que uno eligió como compromiso, o tarde o temprano ese mismo quehacer cobrará aranceles, entre los cuales la desafinación irá ganando terreno.  Así pues, desde un principio, he sabido que no poseo los dones inventivos del novelista o del cuentista.  Me guste o no, me torture o no, exija lo que exija, me abandone por temporadas o me obsesione día y noche, la poesía es mi quehacer principal; de hecho, vivo en ella, aunque no la esté escribiendo, en lo que siento, lo que digo, lo que pienso, lo que sueño; en lo que construyo y en lo que destruyo.  Con esto no pretendo pasarme de lista haciéndome la “inspirada”; simplemente estoy segura de que lo esencial de la poesía es el hecho de que en su mundo no se atenta contra la pluralidad de significados.  En el poema, una palabra se dispara hacia la multiplicidad, un verso hace lo mismo, una estrofa también.  De hecho, lo unívoco de la prosa, si ésta es poética, adquiere distintos timbres.  Es ahí, en este ámbito, donde soy capaz de vivir, donde no reina la ficción, donde se va al grano a sabiendas de su subjetividad, del dolor que suele acarrear si se la toma en serio.  A consecuencia, cuando escribo prosa, siempre voy de la mano de la poesía, de modo que solamente me siento a gusto con el ensayo literario.  Y aquí, en esta zona, aunque suene inmodesto, me encuentro con Alfonso Reyes.



La oración, la biografía, la teatralidad y su impacto

Inmersa ya en la lectura de Reyes, oscilando entre su poesía y su prosa, otro golpe del destino me permitió no distraerme.  En este caso, tuve la fortuna de presenciar la magnífica puesta en escena de Luis de Tavira de la Ifigenia Cruel entretejida con la lectura en voz alta de la Oración del 9 de febrero al fondo.  Mientras Ifigenia, según yo absorbí al personaje, a un lado del escenario dejaba salir en palabras el humo negro de su duelo, su abandono, su soledad sin memoria, al otro, un actor joven, de espaldas, bajo la muy tenue luz de una lámpara sobre una mesita, representaba al joven Alfonso Reyes recordando y escribiendo acerca del horrendo asesinato de su padre durante la Decena Trágica, ocurrido treinta años antes.  Sin el menor dejo de sentimentalismo y sí con el dolor vivo por lo que él llama “una oscura equivocación en la relojería moral de nuestro mundo”, Reyes dio cuerpo al general no como alguien infalible, ni siquiera como un héroe, sino como una víctima propiciatoria.  De ingenuidad no tenía un ápice Bernardo Reyes.  Era, en todo caso, un patriota con convicciones entregado a su deber, punto.  Su brillante y muy inteligente hijo lo admiraba amorosamente, permitiéndose el lujo de poner estos sentimientos por escrito sin falsos pudores, echando mano de un estilo único, inimitable.

        Lo que yo considero el gran acierto de don Alfonso es la creación de una entidad inasible, un espíritu aterrador, no imaginario, sumamente real, casi tangible, tanto como algunos sueños en que logramos recuperar a personas idas, muertas, que llegan hasta nosotros, se sientan a nuestro lado en la cama, y al encender la luz, comprobamos su visita en la forma que dejaron sobre la cobija; una especie de difuso recuerdo que nadie parece compartir, una aparición sólo para uno, una nube que lo sobrevuela todo y lo posee, más allá de la razón, de nuestros juicios o valoraciones literarias, y nos regala la verdad a cuenta gotas:  no puedo ocultar el culto que le tengo a esa entidad llamada memoria.

        Alfonso Reyes, entre otros grandes autores, al revelar su humanidad, esa “yegua que intenta salirse de su sombra”, me mostró e hizo confiar no en el engañoso e inbifurcable sendero de la retentiva, sino en el camino que borgianamente se bifurca, el dibujado por la memoria, que ahora identifico también con el trazado por el emblemático personaje de Lewis Carroll, algo transparente que llama, que convoca, que dice sí, sí, es por aquí, vas bien, no te distraigas, y al mismo tiempo, al dar en él los primeros pasos viendo una especie de horizonte a lo lejos, comienza a difuminarse para dejarme a solas ante los cuatro puntos cardinales, obligándome a cerrar los ojos y buscar por dentro el verdadero camino, el camino verdadero.  Si bien en él me acompañan ciertas personas de manera fugaz, sí siento el constante aleteo de un ave invisible y sin agüero, que me atreví a llamar por su nombre al final de mi libro Borrrosa Imago Mundi de la siguiente manera:



Memoria que no muere con la muerte

Albatros suspendido
Albatros atrapado
en una nube, majestuoso
Albatros disecado
en pleno vuelo

En estas dos obras de Reyes, la Ifigenia Cruel y la Oración del 9 de febrero, se revelan las puntas del hilo de oro de su vocación: nos conducen a todas las demás, propias o ajenas, las suyas y las nuestras, para encontrar el brillo central de la experiencia.  En ellas se cifra el impacto de toda obra de arte cabal, eso que la hace ser lo que es:  algo cuya lectura nos transforma, nos hace ver el mundo de otra manera.  La Ifigenia inicial es tan humana que rezuma lo que cualquiera de nosotros conoce hasta la saciedad:  el amor, el dolor, la desilusión, la devoción, la espiritualidad.  Representa a Reyes dispuesto a todo por su patria y su padre.  Una vez que las fuerzas oscuras lo hacen abandonar México lleno de horrendos rencores, incluso justificables, aprovecha la ocasión que el tiempo le ofrece para reflexionar: “Huyo de mi recuerdo y de mi historia, / como yegua que intenta salirse de su sombra”.  Encarnado en la sacerdotisa y sacrificadora, permanecerá lejos, en el intento de poner coto a su furia.  Obviamente no podía regresar al país sin sublimar lo que aún sentía.  El rey Toas, con la templanza de quien se halla más allá de las pasiones, le da la clave de su curación interior, su purificación:

“Todo lo sé: la onda cordial desata,
cólmate de perdón hasta que sientas
lo turbio de una lágrima en los ojos:
Mata el rencor, e incéndiate de gozo.”

Palabras estas que solamente se conciben en boca de un guía sabio.  Siente el veneno que traes dentro y expúlsalo, aconseja, pues eres igual a los demás, igual a quienes han causado las heridas.  Enfrenta tus recuerdos y sal de su misterio:  escribe la Oración para perdonar.  Sólo así serás digno de la libertad. 

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Para concluir, daré lectura a un poema más o menos reciente, parte del libro de inminente aparición en el FCE, Expósita



De un hilillo pende

la Verdad que dice Sombra… *

…como la savia

que por el tallo asciende,

vibra en su timbre

y se enciende;

apaga eso

que estaba de más 

esa carga de la vida;

igual, cantando

en otro sentido, 

pende la hebra al aire

de una bella telaraña rota,

previo reflejo del cosmos.

        Sutil bordado 

        de viuda negra

        llorando.

Sus lágrimas 

minúsculas

resbalan 

perfectas 

como el rocío,

mientras las notas

reverberantes                      

se disolvían sin querer,  

óvalos pálidos

en uno de tantos lechos;

y la sangre, ay la sangre 

        -sorda al desprendimiento

        del otro hilillo flotante-

seguía su cauce

con espesa lentitud

trasladando, 

sustanciando

la poderosa intención

de ancho río subcutáneo.

Demasiado peso, 

demasiada pena

para un cuerpo común y corriente

cuyas redes interiores 

habían soltado ya

tanta banalidad, tal indelicadeza.

Y yo instalada en el recuerdo de

la fuerza que por el verde tallo

mientras la viuda retenía

su misterio, 

encerrado a piedra y lodo:

alguien a las dos

nos observaba 

desde otra esfera

a punto de articular

el engañoso “aliento”

que me diría al oído:

        será primavera

        cuando esta luz

        nos atraviese.

[Me soñé despierta, vigilando tu respiración pausada, tu sonrisa involuntaria con los ojos cerrados. De la nada, comenzabas a hablar.  No entendía bien tus frases. Un remolino de palabras, sílabas sueltas, algo en torno a un tejido protector… un olvido de. Emisiones inconexas, eco vaporizando el ritmo de inhalación y exhalación.  Me acerqué y aspiré el dulce aire frío.  Principiaba el ciclo, según el calendario.]

Misterio encarna

la boca, 

el burdo músculo interior

cuyo nombre confunde

lengua

con multiplicación 

babélica y deseosa.  

Ella permite también 

cantar a coro

uno con uno,

en acrobacia   

sobre un hilillo

de voz.  

Que ahora lanzo a los cuatro vientos

suplicando al buen entendedor

al buen pastor

al buen misterio

a buen puerto llegar 

a la buena de Dios

a buena hora, 

que cure  

este dolor

anónimo, 

que nos toque la piel,

nos toque en suerte,

nos arranque 

los acordes 

que anuncien

el fin

dando fin

a esta falta atroz

de compasión.

[Sin la menor sombra de duda y comenzando por la sombra, la palabra, profeta en su tierra, se cierne sobre esta tierra adolorida.  Un recuerdo aislado, sumergido en la emoción adolescente, ahora me grita que la elegía de W. H. en memoria de W. B. concentraba todas las respuestas.  Me pone los cabellos de punta.  Recuerdo haber leído esellanto atronador, dejándome penetrar por su verdad sin religión: “la poesía no hace que algo ocurra”, haberlo sentido en carne propia:  no revive a mis muertos, deja en su lugar un canto fúnebre.  Ese verso, tan manoseado, lleva después, en las frases contiguas, el relámpago, la tangible profecía, esa que nadie cita ni recita, en la que muy pocos reparan: “sobrevive en el valle de su decir … fluye hacia el sur, entre granjas desoladas, rebosantes de congoja, pueblos toscos en los que creemos y morimos; sobrevive, una manera de ocurrir, una boca”.  En efecto, la poesía no hace nada (como se dice de un animal que parece violento y agresivo, pero también sabe llorar, echar cataratas de ternura por los lagrimales).  No hace “nada”, (su decir) no hace daño. Solamente hace creer, hace mirar, hace pensar, hace llorar.  Esta vox clamantis vaticinó lo que seguirá vivo.  Nos iremos yendo uno por uno, de diez en diez, de cien en cien, de mil en mil, este afónico concierto de las almas. Nos iremos yendo.  Con todo y lengua.  W.B. “desapareció en pleno invierno”, según el calendario. Como mis sueños.  O mis recuerdos.]

Mientras las cuerdas 

vocales

sean

Primavera

Mientras los hilos 

asciendan 

por el tallo de la flor

Verano

Mientras la miniatura

de estas vidas

alcance y conmocione

Otoño

Mientras llega el invierno.

Mientras se vaya yendo.

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*Paráfrasis de Paul Celan

Este texto es el discurso de recepción del Premio Internacional Alfonso Reyes en Humanidades 2023 otorgado a su autora, la poeta Pura López Colomé.

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