TA MEGALA
Fernando Solana Olivares
Sí: la hipótesis sabiamente paranoica de que ya estamos muertos, de que el fin del mundo por fin ocurrió.
No: la enajenación invariable que empantana a los sofistas de lo que sucede, los comentaristas de la anécdota, los creyentes de que todo lo real es racional y de que todo lo racional es real.
Sí: la certeza de que las cosas cambiarán desde los pequeños formatos humanos, y que los partidos y las estructuras políticas son parte del problema, para nada la solución.
No: el optimismo voluntarista que confunde el deseo con la persona, al deseante con su ansiedad, al sujeto con el objeto.
Sí: la cacería de signos culturales que señalan la abundante existencia de otras maneras de ver, de sentir, de hacer.
No: la reiteración de la costumbre, el abandono ante la creencia, la cesión frente al pensamiento de moda que nos piensa.
Sí: la búsqueda de los máximos bienes profanos que enumera un hombre de conocimiento: la tierra como casa común, la salubridad del aire, un papel social no angustiante, un trabajo razonable, ropas y utensilios suficientes, alimentos puros.
No: la obsesión sexual omnipresente, casi absoluta, que todo lo toca y todo lo somete, haciendo del tiempo un mero proxeneta y de la civilización un burdel desorbitado.
Sí: el dicho tibetano que define a la esencia de la liberalidad como una mente privada de apegos y espontánea en dispensar dones, la que advierte que mientras las cosas regaladas muestran el camino hacia la iluminación, las cosas retenidas indican el camino de la condenación.
No: la literatura de moda cuyos protagonistas ya no poseen lo que antes se llamaba psicología del personaje, aquellas peripecias ficticias que los conducían al reconocimiento interno y con ello a la transformación.
Sí: la literatura de moda que sólo utiliza la acción a manera de único horizonte narrativo y así permite entender con precisión quirúrgica cómo se ha hecho el mundo actual, pero nunca por qué.
No: el aburrimiento continuo de Pétrus Borel, precursor de Baudelaire, quien objetó que las hojas fueran verdes en lugar de violetas o azules, y con ello anunció la infección imaginativa que enajenaría a la modernidad en su sociedad del espectáculo.
Sí: el tedio del instante, compartido por hombres y animales, el cual detiene súbitamente el paso del tiempo y provoca un silencio sagrado, un breve lapso donde la conciencia percibe la eternidad.
No: la dispersión entre opciones múltiples, impulsos inacabables, productos efímeros y rápidamente obsoletos que conducen a la desorientación paralizante, un método de control de la conducta perfeccionado por la ingeniería social.
Sí: la concentración focalizada que lleva a cumplir perseverantemente con el yoga más difícil que existe, el yoga de lo cotidiano, la humilde acción diaria que se lleva a cabo con plena atención.
No: la carcajada histérica de una felicidad que se simula gregariamente y es un lamento disfrazado más que un gozo cabal.
Sí: la alegría serena y estable que proviene de la atención a lo existente, aquella que aprende que todo pensar es un agradecer.
No: la nostalgia imaginaria de lo que fue y ya no será, la mirada retrospectiva y paralizante donde la memoria sentimental, una comparación arbitraria entre el hoy y el ayer, no conduce a ningún conocer.
Sí: el recuerdo legítimo como una forma de sentido de la conciencia humana que se sabe episódica pero en sustancia permanente conforme quería el poeta: recuerda, cuerpo.
No: el poder y el prestigio que se buscan en el mundo de la competencia moderna como realización personal, el poder sobre los otros, tan transitorio e irreal.
Sí: el poder sobre uno mismo, el autoconocimiento, el autocontrol, único alcance verdadero que existe, el poder sobre el poder. O la invulnerabilidad.
No: la patética absorción en un rectángulo luminoso que abduce a las personas y cuyas imágenes son virtuales, no están aquí sino en “la nube”, eufemismo para señalar su no-ser, su inexistente condición.
Sí: la crítica de la necesidad falsa, del consumo forzado, de la represión de la naturaleza, del ruido y la desatención, de los masturbatorios ensueños que son la raíz del mal.
No: la configuración de la propia vida según los otros, lo ajeno y exterior, aquello dictado por la pulsión mediática, materialista y artificial.
Si: la inteligencia como una facultad que se abstiene y antes de aceptar algo debe saber lo que negará, la que apaga la sed de prestigio, de riqueza, de falsa seguridad y desvanece todas las enfermedades que lleva aparejadas.
No: el yo obsesivo, circular y auto referencial, aquel que se hincha de sí mismo y no conoce la levedad pues todo lo personaliza.
Sí: la desagregación que cura a la conciencia, aquella que suelta y cede para permanecer intacta, la que sabe que al dar se recibe y que toda prosperidad se funda en la generosidad.
No: la vida que se cree esta siempre afuera, en las pantallas o en la vida de los otros, ignorante de la intimidad y los silencios confidenciales, sufriente y agobiada en la doméstica soledad.
Sí: descubrir a tiempo que ni nuestras sensaciones ni nuestras opiniones nos revelan verdades o falsedades, que debiéramos dudar de ellas para vivir sin juicio ni predilección, sabiendo que cada cosa es tanto como no es, que no es ni deja de ser, que dicho ánimo se llama imperturbabilidad, o ataraxia, una vida apacible y mesurada que se funda en la suspensión del juicio.
No: volver más noble la náusea que el apetito, presentarse públicamente como un herido sin serlo, volverse dipsómano de la queja y habitante de la razón victimológica.
Sí: entender que toda comprensión es dar un paso atrás para convertirse en observador, que sin distancia ni desimplicación no hay conocimiento, de ahí que el budismo defina la sabiduría como una suspensión de la reactividad.
No: atormentarse por la opinión que se tiene sobre las cosas y no por las cosas mismas.
Sí: aprender a envejecer conociéndose a sí mismo, practicar el desapego, que es dejar aparecer lo otro sin anteponer prejuicios o suposiciones, hacer las paces con el pasado para no arruinar el presente o el futuro.
Sí: saber que Dios cuenta las lágrimas de las mujeres.

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