El librepensador

Colaboraciones

Eduardo Subirats

Un hombre saltó de pronto sobre unas cercas que protegían de una autopista densamente transitada. Llevaba un maletín desvencijado y parecía llegar de un largo viaje. Una toga negra y harapienta era toda su vestimenta. Mechones de cabellos grises caían sobre su rostro. Su larga barba, la delicadeza de sus rasgos faciales, sus manos delgadas y su mirada profunda le daban un semblante profético. Un temor inexpresable parecía atormentarlo interiormente. De pronto le vi agitar sus brazos con gestos nerviosos, mientras pronunciaba a grandes voces:

“¿Dónde están los hombres y las mujeres capaces de pensar… Libre-pensadores independientes de los escenarios políticos, de los espectáculos mediáticos y del tedio académico? ¿Dónde, intelectuales libres de las censuras comerciales y administrativas? ¿Fugitivos de la repetición y la obediencia a las lingüísticas corporativas? ¿Un real pensamiento iluminador…?”

El bullicio de los automóviles me impedía discernir algunas de sus palabras perdidas al viento.

“¿Dónde… una conciencia ejemplar de nuestro tiempo…?” – se oía y repetía una y otra vez –. “¿Dónde una autoconciencia soberana? ¿…un libre-pensador…? ¿Dónde el intelectual asume el papel educador de una comunidad humana permanentemente idiotizada por el consumo, manipulada por las redes de información, vigilancia y punición…, vigilada…, militarmente aplastada…? ¿Dónde la inteligencia dice No? Un No a la permanente distorsión de la realidad por las agencias mediáticas… No a las estrategias financieras y militares de deconstrucción y destrucción de ciudades, culturas y vidas humanas… No…”.

Transcurrido un cierto tiempo el extranjero volvió a agitarse y a exclamar con mayor vehemencia todavía:

“¡Nosotros…! ¡Nosotros le hemos dado muerte al librepensador…! ¡Nosotros hemos acabado con la independencia intelectual! ¡Hemos suprimido el pensamiento…! ¡Nosotros confiamos en las pantallas mediáticas como si fueran verdaderos oráculos! ¡Nosotros asumimos las disciplinas académicas como sacerdotes eunucos de una ciencia irreflexiva sobre sus medios y sus fines institucionales y administrativos…! ¡Arrastrados por la venalidad hacia una competencia fratricida y absurda por conseguir un lugar en las estanterías vacías de la historia…, en medio de paisajes infinitos de destrucción industrial e intelectual del planeta, científicamente, biológicamente, espiritualmente… triunfo de la irreflexión y la mediocridad… escisión esquizofrénica de la inteligencia humana… depresión colectiva… ¿Dónde… un intelectual… una conciencia libre… una luz?”. 

Se dirá, sin lugar a dudas, que este aprendiz de profeta ignora que la cultura administrada eleva todos los días al intelectual a un rango de suprema estrella. Flashes, pantomimas y aplausos son sus señas de identidad pública. El intelectual esgrime con arrogancia un discurso narcisista compuesto de fórmulas y eslóganes prediseñados. Erige su autoridad como guardián de las jergas políticamente correctas.

Subalternidad, postfilosofía y postsubjetividad, hibridismo, multiculturalismo y human rights son algunos de sus más repetidos slogans. Las condiciones postmoderna o posthumana se suceden en sus performances como las marcas de un catálogo de ropas de moda. Al mismo tiempo, este letrado asume las jurisdicciones y territorios que la administración cultural vigila: son entertainers y ficcionalistas, o bien investigadores y expertos. Se los puede definir con mucho mayor rigor como ideologues en el sentido napoleónico de la palabra: reproductores de sistemas semióticos sin referente, embaucadores al servicio de las corporaciones académicas y mediáticas. Son representantes de un conocimiento científico de cuyos últimos fines éticos “man nicht sprechen kann… man schweigen muss” (“no se puede hablar… se tiene que callar”—Wittgenstein).

En el sistema académico este intelectual ha menguado el alcance de su inteligencia a los escasos metros cuadrados de su cubículo y al limitado campo de concentración disciplinaria al que sus bibliografías, metodologías y epistemologías pueden darle acceso. Su función no consiste en pensar, ni mucho menos en esclarecer, sino en disfrazar y enmascarar los dilemas de una sociedad dividida bajo el sistema de reproducción automática de discursos prêt-à-porter. Su principio de conocimiento consiste en la repetición y la reproducción ad nauseam de siempre las mismas cosas y los mismos paradigmas; y siempre con diferentes colores y títulos. Un sujeto completamente vacío.

Es un experto de conocimientos especializados y lingüísticamente segregados que garantizan la reproducción indefinida de un espectáculo político de poderes globales que son violentamente conflictivos y completamente opacos. Un especialista idiota en el sentido de la palabra griega idiotés: la conciencia acantonada tras las murallas de sus intereses económicos egoístas y de sus destinos individuales. Posthumano incapaz de articular una comprensión cabal del mundo. Y un completo inepto a la hora de reflexionar sobre los dilemas ecológicos, tecnológicos, militares y políticos de nuestra edad final.

Tanto en las organizaciones políticas, como en las mediáticas y académicas su quehacer invierte el principio del esclarecimiento de todos los tiempos: pensar por sí mismo, hacerse un juicio propio a partir de una experiencia ejemplar de la realidad, rechazar la diseminación masiva de la ignorancia a través de los medios de comunicación corporativos, y educar a partir de un conocimiento claro, crítico y responsable.

Aquella misma obsesión por menguar la inteligencia, aquel mismo “rencor contra el desarrollo del cerebro humano”, que Thomas Mann puso de manifiesto en la literatura del nacionalsocialismo europeo del siglo pasado, distingue hoy a la condición mediáticamente impuesta sobre una aldea global masivamente idiotizada.[1] El microintelectual como star de los vigilados escenarios culturales no es más que la cima de este proceso de degradación de la inteligencia bajo el poder de las monoculturas de la conciencia, de sus lingüísticas uniformadas, y de una obediencia servil a las reglas de juego de los mercados culturales y las burocracias democráticas.

Este proceso de empobrecimiento intelectual es paralelo a la sofocación comercial de toda expresión artística que sea reflexiva, asuma una conciencia al mismo tiempo formal e históricamente compleja, y esté atravesada por una voluntad emancipadora. Lo mismo curadores que editores y simples funcionarios repiten la cháchara de la muerte del arte, de la conversión de la literatura en ficción y entretenimiento, y de un pacto mefistofélico del pensamiento y la lógica del mercado. Todos ellos dan por sentado que sólo CNN, RT, DW… son reales.

Frente a la degradación de la enseñanza a discursos automáticos de una razón instrumental y una semiología sin referentes, frente a las catástrofes ecológicas industrialmente generadas, frente a sucesivas guerras diseminadas en las cuatro partes del mundo, frente a las decisiones financieras que condenan a masas humanas de decenas de millones a la miseria y la violencia como última forma de supervivencia, frente a un sistema democrático degradado por las demagogias del espectáculo, frente a todo ello y mucho más, el intelectual, la inteligencia que no ha sido completamente mermada por sus funciones de cubiculista académico, productor de bestsellers o media-star, es una obscena ausencia.

La economía se contempla fuera de sus marcos ecológicos y sociales, los estudios políticos se desgajan de la historia social, la ingeniería genética se analiza con entera independencia de sus efectos sobre la biodiversidad y la salud humana, y el calentamiento global se debate fuera de los campos de interés del complejo militar, industrial y energético que lo genera. La literatura es recortada a textualidades herméticamente selladas frente a la realidad humana y social. Y la filosofía se enclaustra tras las murallas lingüísticas de las escolásticas y los sistemas de reproducción departamentalizados. Las micropolíticas y las políticas identitarias, institucionalmente implementadas en el interior de las megamáquinas académicas han empequeñecido las inteligencias escolares hasta su completa esterilidad. La fragmentación de saberes genera perfiles profesionales inmunes a toda reflexión y a toda crítica racional. Su actuación se recorta según los patrones de una praxis al mismo tiempo reproductiva y subalterna. Su autoconsciencia se reduce al punto lógico de una identidad existencialmente vacía. La inteligencia humana se torna irrelevante. La inteligencia artificial invade y coloniza progresivamente todos los aspectos de la vida humana.

Estas limitaciones coinciden con la eliminación institucional del intelectual independiente en todos los espacios públicos, desde los festivales literarios y artísticos, hasta los talk shows televisivos. Estas limitaciones coinciden con su neutralización lingüística en los centros de investigación y en las mismas aulas académicas. Son demarcaciones y fronteras epistemológicas que por sí mismas inducen y presuponen la evaporación de la inteligencia humana y su función articuladora de un esclarecimiento antropológico y político sobre el desorden mundial realmente existente; presuponen la suplantación de la experiencia por la información y el triunfo absoluto de la repetición sobre la reflexión.

Incipit vita nuova

¿Era necesaria esta defección del intelectual? ¿Es acaso el signo y el sino de una condición histórica postmoderna providencialmente elevada a fetiche? Y, ¿qué significa una edad, una comunidad y una realidad histórica transnacional de sujetos carentes de una conciencia reflexiva capaz de rebasar las fronteras disciplinarias del conocimiento corporativamente reglamentado, y de sus aduanas epistemológicas y políticas? ¿Qué ingenio diabólico y qué maligno principio nos obliga a caminar ciegos al borde de un precipicio, bajo la vigilancia de los pentágonos del poder que, como verdaderas aves de rapiña, se enriquecen con la destrucción masiva de los equilibrios biológicos y no disimulan su desprecio por las vidas humanas?

La disminución de la inteligencia y la ausencia del intelectual en el amanecer del siglo veintiuno reiteran aquella trahison des clercs que Julien Benda denunció un siglo antes, en el amanecer de la Europa de los nacionalismos e imperialismos fascistas.[2] La traición y complicidad de aquellos “clérigos” fue, efectivamente, la premisa que desbrozó el camino a los líderes de los autoritarismos europeos que elevaron el estado nacionalsocialista y las políticas imperialistas a realidad. Hoy esta ausencia es la condición de la marcha ciega de la humanidad hacia un suicidio gradual pero irreversible a través de sus propios instrumentos de dominación.

La ausencia del intelectual y la disminución de la inteligencia humana que esta ausencia propaga es la condición al mismo tiempo deslumbrante y ciega frente a los signos adversos de nuestro tiempo, desde las epidemias y los desastres ecológicos, al militarismo y los totalitarismos electrónicos. Aquella síntesis de una visión apocalíptica y una voluntad mesiánica bajo la que Benjamin describió el destino del Ángel de la Historia o Angelus Novus se ha trocado por una conciencia impotente frente al ciego destino de una guerra global, híbrida e indefinida.

Pero, a diferencia del silencio de la intelligentsia europea durante el período de entreguerras del pasado siglo, denunciado por Julien Benda o Thomas Mann, y por tantas voces intelectuales, en el mundo postmoderno la “muerte del arte”, el “último libro” y el “final de los discursos” se han celebrado con estrepitosos aplausos como la máxima expresión de la libertad. Han sido objeto de cultos masivos y se ha enaltecido bajo el glamour de una verdadera avant-garde revolucionaria postmoderna.

Frente a este nihilismo que recorre la administración burocrática de las culturas autoproclamadas avanzadas, frente a la ceguera ante los signos apocalípticos de nuestro tiempo histórico y frente a los sistemas de educación departamentalizada y deshumanizada, podemos y debemos oponer el postulado universal del esclarecimiento, el mantra de Horacio: Sapere Aude. Esclarecimiento como voluntad e impulso existenciales hacia lo verdadero; esclarecimiento como el arrojo de querer saber; esclarecimiento como soberanía del espíritu y autonomía individual de la reflexión; esclarecimiento como proceso colectivo de formación de una sociedad reflexiva y responsable.

El objetivo y el sentido original de este arrojo del conocimiento, de acuerdo con la filosofía del esclarecimiento de Kant, era la Mündigkeit, una palabra corrientemente traducida, en castellano o en inglés, por “madurez”, cuya raíz germánica munt la vincula, sin embargo, a la mano tutora y a la vez manipuladora de la que la conciencia esclarecida se libera exactamente en el sentido de una “manumisión”.

A comienzos del siglo veintiuno nuestra esperanza histórica no reside en la visio et fruitio dei consumada en el acto místico de la comunión espiritual con cualquier objeto de consumo; tampoco es la esperanza del devoto arrodillado ante los templos mediáticos de los poderes corporativos, académicos y políticos en espera de una protección, favor o gracia de sus organizaciones. Es más bien la esperanza de que se detenga el crecimiento de las megamáquinas militares del planeta, que se suspenda la contaminación y destrucción de la biosfera, que se interrumpa el proceso de empobrecimiento material y espiritual de los seres humanos, y que se ponga fin al desorden ético y la violencia que hoy impera urbi et orbi.

Nuestra última esperanza es el retorno del fuego usurpado por la corporación olímpica de los dioses, y su devolución a los humanos para su desarrollo civilizatorio en armonía con los ciclos eternos de una naturaleza creadora e increada. Esperanza en el poder esclarecedor de la inteligencia humana.


[1] Thomas Mann und Karl Kerényi, Gespräch in Briefen (Zürich: Rhein Verlag, 1960), p. 42 (20/2/1934).

[2] Lucien Benda, Le trahison des clercs (Paris: B. Grasset, 1927).

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