El laberinto del mundo
José Antonio Lugo
El erudito italiano Roberto Calasso (1941-2021), discípulo de Mario Praz y director hasta su muerte de la editorial Adelphi, escribió este libro, un compendio de la mitología griega narrada como si fuera un relato, articulada en torno a ciertos motivos. Cada capítulo plantea un tema. El eje central temático es la desaparición de los dioses y de los héroes en la vida del ser humano. Calasso tenía toda la mitología en la cabeza y eso le permitió escribir este libro asombroso. Repasemos brevemente sus capítulos, como una invitación a leer esta obra monumental.
- “Pero ¿cómo había comenzado todo?”.
“Las figuras del mito viven muchas vidas y muchas muertes, a diferencia de los personajes de la novela, vinculados en cada ocasión a un único gesto. Pero en cada una de estas vidas y de estas muertes están presentes todas las demás, y resuenan”.
Calasso nos narra los amores de Teseo y Ariadna, que ayudó al primero a vencer al Minotauro; la lucha de poder entre Zeus y su mujer Hera, y el rapto de Europa, que permitió que los ritos cretenses pasaran a Grecia.
- “Hay un toma y daca entre los dioses, una rigurosa contabilidad, que se difunde a través de las eras”.
Aura enfurece a Artemisa por un comentario sobre sus senos. Lo pagará caro. Dioniso la embriaga y luego la posee. Hay una epidemia de suicidios femeninos: Ariadna, Fedra, Erígone. Era necesario lavar toda esa sangre. Todo comenzó cuando Semele fue fecundada por Zeus y de sus entrañas nació Dioniso, el Dios del vino.
- “La virginidad perenne, que la pequeña Artemisa pide como primer don al padre Zeus, es la señal invencible de la distancia. La cópula es ‘mezcla’ con el mundo”.
Apolo fecundó a Corónide. Ella, después se sintió atraída por un extranjero. Su castigo fue morir a manos de Artemisa. Antes de perecer, le dijo a Apolo que había matado también a su hijo. “Cuando el cuerpo perfumado de Corónide quedó tendido sobre la hoguera, las llamas se abrieron ante la mano rapaz del dios, que extrajo del vientre de la muerta, ileso, a Asclepio, el que cura”.
- “Homero vislumbraba en el futuro a su gran enemigo: Platón, el evocador de las copias, de las irrefrenables cascadas de copias que sumergen el mundo”.
Dice Calasso: “Cuando los griegos tenían que referirse a una autoridad última, no citaban textos sagrados, sino a Homero. Grecia se basaba en la Ilíada”. De la vida sólo ha quedado un largo cansancio. Sólo han quedado los simulacros. Helena es el simulacro. “En el origen del simulacro está la imagen mental”.
- “El lógos, cuando aparece, aniquila lo concreto, la acumulación de detritos que hay en cada experiencia, la coacción que obliga a repetir cualquier detalle”.
Este capítulo está dedicado a la sibila, la pitonisa de Delfos. (Quien esto escribe, gracias a que me llevó allí Andrés Ordoñez, querido amigo, fui a Delfos y me incliné ante el famoso oráculo, la piedra sagrada). Atisbar el futuro era el don de Prometeo. Epimeteo, su hermano, en cambio, ve hacia el pasado. Tratan de comprender la vida. “¿Acaso el exceso no es la vida misma?”.
- “Olimpia es la felicidad de los griegos, expertos en infelicidad”.
Tántalo invitó a los Olímpicos a comer y les sirvió su propio hijo, Pélope. Zeus decretó terribles castigos para Tántalo. En estas cadenas de atrocidades, Egisto y Clitemnestra mataron a Agamenón, sólo para que más adelante Orestes los matara a ellos (su madre y el amante de ella).
- “El mar es lo continuo, la perfección de lo indeferenciado. En la tierra su emisario es la serpiente. Allí donde está la serpiente, mana el agua”.
Zeus poseyó a Démeter y nacería Perséfone, la cual, ya convertida en mujer, fue raptada por Hades, quien la llevó al inframundo. Démeter, enloquecida, paralizó al mundo, hasta que se hizo un pacto. Perséfone volvería seis meses a la tierra -tiempo de siembra y cosecha- y el resto del año reinaría en el mundo de la muerte.
- “La vida: incurable, tenía que aceptarse como era, en su malignidad y en su esplendor”.
Sentencia Calasso: “Los mitos griegos eran historias construidas con variantes. El escritor -fuera Platón u Ovidio- las recomponía, de manera diferente, en cada ocasión, omitiendo o añadiendo. Pero las nuevas variantes debían ser raras y poco visibles. Así, cada escritor incementaba y afinaba el cuerpo de las historias. Así siguió respirando el mito en la literatura”.
- “Hierogamia y sacrificio olímpico tienen en común el tomar posesión de un cuerpo, invadiéndolo o devorándolo”.
Nos dice Calasso: “En Delfos, los consultantes interrogaban a la Pitia para conocer el pensamiento de Apolo. En Dodona, los consultantes interrogaban a la encina para que Zeus les guiara en el laberinto de los dioses”.
- “Algo separa a los héroes homéricos de lo que fue escrito antes y se escribiría después”.
La muerte de Jasón fue como la de Cyrano de Bergerac: una viga le cayó en la cabeza.
- “Corresponde a la esencia de Ulises ser el último de los héroes, el que cierra el ciclo”.
Menelao mata a Helena, la adúltera. Ulises y Penélope se reencuentran en Itaca. “Solitarios por larga costumbre, les costaba reconocer a alguien con quien compartir el propio monólogo”.
- “Ni los dioses ni los hombres sabían que la fiesta nupcial de Cadmo y Harmonía había sido el momento de su máxima aproximación. A la mañana siguiente, el palacio se había vaciado de los Olímpicos. Cadmo y Harmonía se despertaron en el lecho preparado por Afrodita. Ahora sólo eran un rey y una reina”.
Cadmo había llevado a Grecia vocales y consonantes: el alfabeto.
Las bodas de Cadmo y Harmonía, de Roberto Calasso, hace un repaso de toda la mitología griega: las uniones de los dioses con los humanos, el fin de los héroes, el sacrificio, el simulacro, estupros y suicidios, nacimientos, asesinatos, afrentas y ofrendas a los dioses. Todo está allí. Espléndido mosaico. No es un diccionario de mitos, a la manera de Robert Graves, es casi una novela, el compendio de los mitos griegos que abarcan a los dioses y a nosotros, pobres seres humanos, esplendorosos seres humanos que ya no necesitamos a los dioses. Para bien o para mal -anticipándonos al existencialismo- sólo nos tenemos a nosotros mismos.

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