Colaboraciones
Héctor Ramírez
Andreu Jaume en su introducción dice: Un poema no es el relato de un acontecimiento, sino un acontecimiento en sí mismo. Y estas Cartas de cumpleaños son una prueba palpable de tal afirmación. Son tantas las cosas que hay que destacar de estos poemas, que, la verdad, desde aquella época en la que me deslumbraron los libros del Cioran, siendo yo muy joven, y que quedaron como testimonio de esa sorpresa y admiración resplandecientes e interminables subrayados casi en cada una de sus páginas, ahora con este gran libro he revivido esa emoción.
En esta breve reseña tuve que ser selectivo respecto a las citas de los poemas, pero creo que —de manera muy sintética— resultan una buena invitación para realizar su lectura. Hay uno en particular que me parece fundamental transcribirlo íntegramente pues, aunque parece dirigido a Sylvia Plath, me da la impresión de que Ted Hughes se habla a sí mismo y a todo aquél que escribe o que ha escrito, que ha accedido (o tratado de acceder) a lo que esto representa y a lo que significa hacer literatura o —quizá— cualquier manifestación artística:
EL DIOS
Eras como un religioso fanático
sin dios, incapaz de rezar.
Querías ser escritora.
¿Querías escribir? ¿Qué había dentro de ti
que debía contar su cuento?
La historia que ha de ser contada
es el Dios del escritor, quien más allá del sueño
proclama inaudible: ‹‹Escribe››.
¿Escribir qué?
Tu corazón, en medio del Sahara, rabiaba
en su vacío.
tus sueños estaban vacíos.
Te inclinaste sobre el escritorio y lloraste
sobre la historia que se negaba a existir,
como sobre una plegaria
que no podía rezarse
a un Dios inexistente. Un Dios muerto
con una voz terrible.
Eras como aquellos ascetas del desierto
que te fascinaban
agostándose en la tortura
de un vacuo Dios
que succionó trasgos de la punta de sus dedos,
de las suaves notas de los haces de luz,
del rostro de una roca inexpresiva.
El amordazado rezo de tu esterilidad
era un Dios.
Igual tu pánico al vacío, un Dios.
Le ofrecías versos. Primero
pequeñas ampollas de vacío
en las que tu pánico dejaba caer sus lágrimas
que se secaron dejando espectros de cristal.
Costras de la sal de tu sueño,
como el sudor del rocío
en algunas rocas del desierto, tras el alba.
Oblaciones a una ausencia.
pequeños sacrificios. Pronto
tu silencioso aullido a través de la noche
se había hecho una luna, un ardiente ídolo
de tu Dios.
Tu llanto llevó a cuestas su luna
como una mujer a su niño muerto. Como una mujer
que cuida de un niño muerto, inclinándose para refrescarle
los labios con gotas de lágrimas en la punta de los dedos,
así te cuidé yo, que cuidabas a una luna
humana pero muerta, marchita, y que te quemaba
como un trozo de fósforo.
Hasta que se desperezó el niño. Su agujero bucal se desperezó.
Rezumaba la sangre en tu pezón,
alimento que goteaba sangre. ¡Nuestro momento de dicha!
El pequeño dios voló hasta el Olmo.
En tu sueño, de ojos vítreos,
oíste sus instrucciones. Al despertarse
moviste las manos. Y las miraste decepcionada
mientras hacían un nuevo sacrificio.
Dos puñados de sangre, de tu propia sangre,
y en esa sangre pedacitos míos,
envueltos en el tejido de una historia que por algún motivo
se escurrió de ti. El embrión de una historia.
Ni podías explicarlo ni saber quién
comió de tus manos.
El pequeño dios rugió en la noche del huerto,
Y su rugido parecía risa.
Le alimentabas de día, bajo la tienda de tu pelo, sobre tu escritorio, en tu secreta
casa de los espíritus, mientras susurrabas,
tamborileabas sobre tu pulgar con los dedos,
agitabas las conchas de Winthrop para oír voces marinas
y me diste una efigie, una hoja de salvia
prensada en una Biblia de Lutero.
No podías explicarlo. El sueño se había abierto.
La oscuridad salía de él, como un perfume.
Tus sueños reventaron su ataúd.
Cegado encendí una luz,
y me desperté del revés en tu casa de los espíritus
moviendo miembros que no eran mis miembros,
y contando, en una voz que no era mi voz,
una historia de la que nadie sabía.
Mareado
con el humo del fuego que atendías
llamas que sin quererlo había yo encendido
y que se volvían blancas en el surtidor de oxígeno
de tu susurro encantador.
Alimentaste las llamas con la mirra de tu madre
el incienso de tu padre
y con tu propio ámbar y las lenguas
de fuego contaron tu cuento. Y de repente
todos lo sabían todo.
Tu Dios aspiró el grasiento hedor.
Su rugido fue como la caldera de un sótano
en tus oídos, trueno de los cimientos.
Entonces escribiste en un arrebato furioso, llorando,
tu júbilo de bailarín en trance
entre el humo de las llamas.
‹‹Dios habla a través mío››, me dijiste.
‹‹¡No digas eso!››, grité. ‹‹No digas eso.
¡Trae muy mala suerte!››.
En tanto allí me senté con los ojos irritados
mirándolo arder todo
en las llamas de tu sacrificio
que al fin también te alcanzó a ti hasta
que desapareciste, explotando
en esas llamas
de la historia de tu Dios
que te abrazaba
y de tu Mamá y de tu Papá,
de tu Dios azteca de la Selva Negra
bajo el eufemismo Aflicción.

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