Cartas de cumpleaños de Ted Hughes / I

Colaboraciones

Héctor Ramírez

Para Mariana Jasso
Con infinito agradecimiento por esta revelación

En mis lecturas tengo la pésima costumbre de muchas veces saltarme las trancas de los prólogos y de las introducciones. Es por ello que cuando inicié la lectura de Cartas de cumpleaños de Ted Hughes pensé que se trataba de una cuestión epistolar tradicional y me lancé de lleno a las páginas iniciales. Por supuesto no entendí nada. Me desconcertó enormemente el encontrarme con lo que me pareció una prosa cortada o una poesía extendida, me refiero por supuesto a la estructura de los párrafos, sin embargo, desde las primeras líneas (ya después de leída la introducción y puestas en contexto muchas cosas) caí en un estado de fascinación que hace mucho no me ocurría.

A diferencia de lo que me sucede con la novela, me gusta leer los libros de poesía de “una sentada”, de principio a fin, por lo menos al realizar la primera lectura, ya después regreso con otro ritmo e incluso con otro orden. En el caso del libro de Hughes, una hermosa edición bilingüe de Lumen, parecía muy complicado seguir mi costumbre pues se trata de 477 páginas y en un principio dudé cumplir con mi hábito, pero no fue así. El libro lo abrí la mañana de un domingo y pensé que llegaría hasta donde tuviera que llegar ese día. Sin darme cuenta las horas se me fueron acumulando y me encontré sin la menor intención de abandonar la lectura. Cancelé un par de actividades que tenía planeadas para ese día y me dejé llevar por la lectura como en uno de esos ríos que en las películas llaman “rápidos” donde la corriente es de una fuerza y velocidad inauditas y quienes conducen las balsas apenas tienen tiempo y oportunidad de esquivar las rocas y otros obstáculos.

Andreu Jaume en su introducción hace un brillante análisis de la obra de Hughes, de su relación con T. S. Elliot como su primer editor, de su evolución como poeta y lo determinante que es en su obra la de William Shakespeare. Inevitablemente realiza algunos apuntes de la relación de Sylvia Plath y Ted Hughes, el suicidio de la poeta norteamericana en 1963 y cómo este hecho empañó la carrera del poeta inglés con especulaciones respecto a su responsabilidad en el suceso; asimismo de lo que califica como “mimético suicidio”  de Assia Wevill, la también poeta alemana por la que Hughes decidió dejar a Plath y que , al quitarse la vida en 1969, resolvió llevarse consigo a Shura, la hija que había tenido con Hughes. ¿Hasta dónde tuvo qué ver el poeta inglés con en estos lamentables acontecimientos? Esto se ha discutido mucho desde aquella época y, según dicen algunos, es justo este dilema el que ha contribuido al aura de la que gozan la poeta norteamericana y su obra. Al respecto Hughes escribió:

“En los años siguientes a la muerte de Plath, cuando los estudiantes se me acercaban, yo trataba de tomar sus aparentemente serias preocupaciones por la verdad sobre Sylvia Plath también con seriedad. Pero aprendí la lección rápidamente… Si trataba esforzadamente de explicar cómo ocurrieron algunas cosas, con la esperanza de rectificar alguna fantasía, era muy probable que yo fuese acusado de intentar suprimir el “Libre Discurso”. En general, mi rechazo a tener algo qué ver con la Fantasía Plath ha sido considerado justamente como un intento de suprimir dicho “Libre Discurso”… La Fantasía acerca de Sylvia Plath es más anhelada que los hechos. Si ello permite el respeto por la verdad de su vida (y de la mía), o de su memoria, o por la tradición literaria, eso yo no lo sé.”

De lo que si podemos hablar es de los ochenta y ocho poemas que conforman estas Cartas de cumpleaños y que —de alguna u otra manera— narran aspectos personalísimos de la relación que sostuvieron por algunos años los dos poetas: desde que se conocieron cuando ella llegó a Inglaterra, de su Luna de miel, del viaje que realizaron a Estados Unidos, de su regreso al Reino Unido y de muchas otras cosas más. En este que fue el último libro de poesía que publicó Ted Hughes es claro que no está escrito desde el remordimiento, la culpa o el arrepentimiento: se trata de literatura pura. El lenguaje poético transita de lo personal a lo universal sin que nos demos cuenta, y los versos se multiplican cuando escribe: Y tus palabras/ eran rostros a contraluz/ sujetándose las entrañas. O bien cuando en el extenso poema “18 Rugby Street” afirma: Mientras caíamos/ en un estruendo de alma tu cicatriz me contó/—como contraseña o nombre secreto—/ cómo habías intentado matarte. Y oí/ sin dejar ni un momento de besarte,/ como si lo susurrase una estrella serena/ sobre la ciudad que giraba retumbando: aléjate.

El poeta entra y sale de la narración de acontecimientos para pasar a la descripción de la mujer amada sin ningún obstáculo, como en el poema donde narra del día en que se casaron:

Estabas transfigurada.

Tan esbelta y nueva y desnuda, 

asertiva esencia de lilas húmedas.

Temblabas, sollozabas de alegría, eras la profundidad del océano

colmada de Dios.

Dijiste que habías visto abrirse el cielo

y mostrar riquezas, prestas a caer sobre nosotros.

Levitando a tu lado, permanecí sometido

a un raro tiempo verbal: el futuro hechizado.

Mientras que para Plath la visión acerca de Europa era idealizada, para su esposo, quien había vivido desde un inicio los horrores de la Segunda Guerra Mundial, la visita a París en la Luna de miel tenía muy poco de sublime: Mi París era un superviviente útil de la posguerra./ El hedor del miedo colgaba aún de los armarios. Para más adelante afirmar en el mismo poema: Tu París/ era el secreter de una pensión/ donde tus cartas/ esperaban sin abrir. Era un laberinto/ dónde aún corrías, derramando lágrimas./ Era un sueño en el que no podías/ despertar ni hallar la salida,/ ni al Minotauro que pusiera un final feliz/ al tormento. Así de dispares eran los pensamientos y los anhelos de los dos poetas.

En el poema titulado “55 Eltisley” Hughes hace referencia a la casa que habitaron a su regreso de la Luna de miel: Nuestro primer hogar nos ha olvidado./ Cuando un día pasé por delante conduciendo,/ ví lo insignificantes que habían sido nuestras vidas/ al no dejar ningún rastro. / Cuando allí nos mudamos por primera vez. Para más adelante escribir: Afiancé a solas nuestro primer hogar/ y dormí solo en él,/ intentando no inhalar el fantasma/ que colgaba aún del aliento de la cama./ La muerte de él y el duelo de ella/ fueron nuestros únicos invitados a la fiesta de inauguración. Los fantasmas rondan a la joven pareja y no son solo los que heredan en la casa que recién habitan, también los invocan como sucede en el poema titulado “Ouija” y en el que se acumulan preguntas y respuestas de temas tan británicos como son los resultados de la quinielas de fútbol o fragmentos de poemas de Shakespeare y más concretamente del Rey Lear, uno de los temas preferidos del autor. Pero la hay una interrogante que llama más la atención: 

Una vez, arrimados los dos, pregunté:

‹‹¿Seremos famosos?››, y tú apartaste la mano hacia arriba

como si alguien la hubiese agarrado desde abajo.

Destellaron tus lágrimas, tu cara estaba convulsa,

tu voz se rompió, era a la vez trueno y relámpago:

‹‹¿Y salir a la luz? ¿Eso es lo que queréis?

¿Por qué queréis ser famosos?

No lo veis, la fama lo arruinará todo››

Para más adelante concluir:

Te negaste a seguir con la ouija. Nada

de lo que se me ocurría explicaba

tu impresión y tu llanto. Tal vez,

simplemente, habías cazado un susurro que se me escapó,

antes de que nuestro vaso se moviera, una débil y quieta voz:

‹‹Vendrá la Fama. Especialmente para ti.

La Fama no puede evitarse. Y cuando llegue

la habrás pagado con tu felicidad,

con tu marido y con tu propia vida››.

Sin lugar a dudas el lenguaje poético le ofrece un atuendo distinto a la realidad. A veces la engalana, otras la disfraza y otras más la desnuda. En estas maravillosas cartas Ted Hughes hace postales de lo bueno y de lo terrible que hay, siempre, en las relaciones de pareja; el péndulo se mueve para dejarnos en ese viaje que realiza las virtudes y los defectos de “el otro” y le otorga a ese otro exactamente la misma oportunidad para que vea lo mismo en nosotros. Antes de transcribir algunas líneas del poema titulado “Rodaballo”, me gustaría compartir aquí la información que ofrece Wikipedia:

“El rodaballo (Scophthalmus maximus) es una especie de pez marino pleuronectiforme de la familia Scophthalmus. Su cuerpo es romboidal, casi circular, con los ojos en el flanco izquierdo, llegando a alcanzar una longitud de 100 cm y 12 kg de peso, aunque lo más habitual son los 60 cm. Los machos son más pequeños que las hembras.” 

El poema habla de un día de pesca, justo de esta curiosa especie, pero lo realmente importante es la impresión que produce en el poeta:

Qué diminuta aventura

para hacerse tan monumental en nuestro matrimonio.

Una leve ordalía de lo que pudo haber sido, 

y un leve aliento de emoción de lo que es la vida para muchos.

Un pequeño trofeo, un juguete en miniatura 

de esa vida que pudo habernos unido

en un solo animal y en un alma sola.

Fue una visita de la diosa, la belleza,

hermana de la poesía, vino para decir

a la poesía que nos mimaba en exceso.

La poesía quizás lo oyó, nosotros no oímos nada.

Y la poesía no nos lo dijo. Y nosotros

solo hacíamos lo que la poesía dictaba.

En este mapa tan personal que va trazando Hughes, los lugares, los espacios que ocupa el matrimonio son puntos de gran importancia que se revelan así por la extensión de los poemas, cuando se trata de estos temas. 9  Willow Street que en su primera línea define como Calle del Sauce, poético domicilio es el lugar que habitan cuando viajan a los Estados Unidos y, como en las otras residencias, Boston está lleno de luces y sombras, de encuentros y desencuentros:

Te envolví

con las alas negras, alas de la negritud que me encerraban,

meciéndome de modo infantil,

y encerrándote conmigo. Y tu corazón

daba brincos contra las costillas, te faltaba el aire.

Intentabas aprehender el mundo

esforzándote inútilmente, tu café matinal, cualquier cosa

con tal de seguir volando.

(…)

Como siameses, cada uno pudriéndose

en la singular toxina del alma del otro,

éramos cada uno una estaca

empalando al otro. Avanzábamos en silencio

por las calles, afirmándonos mutuamente,

tullidos por los sueños y por los sueños cegados.

(…)

La felicidad

apareció momentáneamente,

se asomó a tu ventana

como un migrante salvaje, una oropéndola,

un sinsonte, un colibrí, puramente americano,

pedacitos marrones de la libertad del continente,

pero, sin rumbo, se marcharon

antes de que los pudiéramos identificar.

(…)

En casa miré la sangre y me acordé:

los murciélagos americanos tienen la rabia. ¿Cómo podría el Hado

montar un tan simbólico escenario

sin haber escondido el fin trágico

y la muerte irónica? Confirmó

el mito en el que habíamos entrado cual sonámbulos: la muerte.

Esa era la luz del murciélago en la que vivíamos: la muerte.

Los versos se suceden, el viaje continúa y nos va llevando de una emoción a otra, de momento en momento: Nuestra mirada bogó a través suyo como una pluma/ perdida en el resplandor crepuscular de sus sensaciones. O para generar imágenes: A lo largo del sur/ la tormenta se deslizaba y resplandecía como una guerra. En sus cartas Ted Hughes también habla de sí mismo y, por momentos, es el centro: Estaba mirando al mar, supongo./ Intentando sentirme profundamente solo,/ simplemente yo mismo, con afiladas aristas./ El mar y yo una gran tabula rasa,/ como si mis huellas al retornar/ desde aquel lienzo de resplandor, aquel borrón a lo largo del horizonte,/ pudieran ser un nuevo comienzo.

El padre de la Plath es un tema recurrente en Cartas de cumpleaños: Finalmente, te habías arrancado el vestido de la muerte/ y lo quemaste en la tumba de Papá/ Lo hiciste con tanta resolución, creaste/ de ello tal triunfante magia, que la Vida/ se sintió atraída y se volteó,/ dudosa, como una paloma silvestre que se posara en tu cabeza. O en otro poema, en otros versos donde dice: Tuviste que levantar/ la tapa del ataúd un dedo./ ¿En tu sueño o en el mío? Extraño buzón./ Sacaste el sobre. Era/ una carta de tu Papá. ‹‹Estoy en casa./ ¿Puedo ir a verte?›› Nada dije./ Para mí una solicitud era una orden. Para más adelante afirmar en el mismo poema: Como una monja/ atendiste a lo que quedaba de tu Papá./ Vertiendo nuestras vidas del cántaro/ en su café matinal. Luego hiciste/ añícos, toscas estrellas/ y se lo diste a tu madre.

Esta edición bilingüe de Cartas de cumpleaños nos permite apreciar cómo, en el idioma original, algunas frases o conceptos tienen una mayor sonoridad en la lengua original, como es el caso del poema titulado “The rag rug” donde las erres vibrantes múltiples crean de entrada un divertido juego que hace sonar pobre y sin gracia la traducción que la define como “alfombra de retales”; de entrada me parece que más que “alfombra” es lo que nosotros conocemos como “colcha de parches”; en fin, sin importar de qué objeto se trate, la diferencia es muy significativa. Es en ese poema en el que, mientras Sylvia Plath trabaja en cuestiones domésticas, el poeta la entretiene, en un cuadro muy hogareño: De igual modo, podía/ sentir tus dedos acariciando mi lectura hora tras hora,/ ensamblando el desordenado arcoriris de la serpiente./ Yo era como el encantador de serpientes, cimbreándose/ mi voz sobre las tiras amontonadas. Mientras tú/ sacabas de la tierra algo más profundo que nuestros versos./ Un conocimiento como las dos mitades de un imán roto.

En esos asuntos domésticos se encuentra de manera cotidiana también la muerte y el padre de ella. Un tema que ronda constantemente estas cartas en la vida de los poetas. Así sucede cuando Hughes habla de la mesa que le construyó para que ella pudiera escribir:

Compré una ancha tabla de olmo de dos pulgadas de grosor.

La corteza silvestre rematando el borde,

toscamente cortada para un ataúd. El olmo de los ataúdes 

halla una nueva vida, con su cadáver,

hundido en las aguas de la tierra. Da protección

a los muertos para un viaje ligeramente más largo

que el que podrían hacer el fresno, el haya o el pino. Con un cepillo

preparé una perfecta pista de aterrizaje 

para tu inspiración. No sabía

que había fabricado y dispuesto una puerta 

que, hacia abajo, comunicaba con la tumba de tu Papá.

(…)

Ya no es un escritorio.

Ni tampoco una puerta. Una vez más sencillamente es una tabla. 

La tapa de un ataúd

apartada con la violencia

de tu mirada hacia arriba.

Volvió de nuevo a la superficie,

alcanzó la orilla, al otro lado del Atlántico,

un objeto curioso,

fregado con el sudor con que lo empapé

encontrando a tu padre para ti y luego

abandonándote con él.

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