Hilo a las infancias y la sonrisa

Hilar el mundo

 Nidia Soledad Esteva

Todos los adultos hemos pasado por la infancia, etapa de vida que generalmente va desde el nacimiento hasta los 12 años, dividida en subetapas que reflejan el desarrollo físico, cognitivo y emocional. Mucho se ha escrito e investigado sobre esta etapa de vida y su impacto en todo lo subsecuente. Su trascendencia es innegable, pero su fragilidad lo es aún más.

Mientras escribo, resuena de fondo “Smile Jamaica” de Bob Marley. La canción es un himno de resistencia para un lugar que parece perderlo todo de forma cíclica entre huracanes, sismos y crisis políticas. En ese contexto de pérdida, surge un dato revelador: se estima que en la niñez se sonríe, en promedio, 400 veces al día. Al llegar a la adultez, esa cifra se desploma a apenas 20. Una caída dramática que marca nuestro paso por el mundo.

En las subetapas de la infancia se aprende a comer, la autonomía, las muestras de emociones, el control o autocontrol de otras tantas. Pero es también ahí donde se tejen las primeras y más crueles desigualdades: la calidad de la nutrición, la estimulación cognitiva y la construcción emocional determinan quiénes seremos.

Por ello hablar de la sonrisa, que tiene tantas definiciones y enfoques, desde una visión fenomenológica puede interpretarse como un acto que revela la interioridad del sujeto. Umberto Eco sugería que la sonrisa es una herramienta de la ironía, la marca del escéptico culto; por su parte, para su conocido personaje literario, Jorge de Burgos, la risa es vulgar, hace que los aldeanos pierdan el miedo y eso entraña múltiples riesgos para el poder, pero ambos coinciden en que es fuente de rebeldía y libertad. La risa y la sonrisa son, entonces, el gesto de quien entiende que la realidad tiene múltiples capas y a veces es puente entre lo íntimo y lo social, un gesto que comunica sin palabras. Hay, además, un “misterio” de la biología que conmueve: los bebés que nacen ciegos sonríen al sentir alegría, sumando un argumento a que el gesto es una herencia genética del gozo, incluso antes de ser un espejo social.

Sin embargo, en las infancias actuales se reflejan los mayores fracasos de la humanidad. Hoy, millones de niñas y niños carecen de acceso a esquemas básicos de vacunación o salud; los espacios escolares para la primera infancia en el sector público son escasos y miles de vidas transcurren bajo el estruendo de la guerra.

UNICEF ha publicado recientemente su informe bandera «Estado Mundial de la Infancia 2025», el cual se centra en la pobreza infantil, pero también aborda las «megatendencias» (como el cambio climático y la tecnología) que están moldeando el presente y futuro de las infancias. Acaso, se pretende que las generaciones nacidas después de la primera década del siglo XXI comiencen a enfrentar el mundo con inteligencia artificial para sortear los misterios de la vida. 

Hemos pasado del mundo que mi abuela vio transformarse en derechos y asfalto, al milagro del estado benefactor que soñaron los padres de los sesenta del siglo XX, hasta llegar a los millennials —la última generación que conoció el tiempo de la carta postal antes de la inmediatez—. Hoy, frente a la Generación Z y la niñez que vienen, urge recuperar el proyecto ético de la alegría, tal como lo sugiere Fernando Savater recuperando a Aristóteles, la sonrisa es la manifestación de la eutrapelia: la virtud del buen humor y la alegría moderada. No es una burla, sino una forma de hospitalidad hacia el otro. 

Quizá por eso la sonrisa infantil, repetida cientos de veces al día, sea el verdadero patrimonio de la humanidad. No es ingenuidad, es conciencia. Y cuando el mundo les niega agua, salud, escuela o futuro, lo que se apaga no es sólo un gesto: es la posibilidad misma de que la conciencia se exprese en plenitud.

La vida entre su inicio (infancia) y fin (vejez) no sólo no puede prescindir sino que debiese llevar una alta frecuencia de sonrisas. Y mientras termino de teclear este texto, resuena “Al final de este viaje” de Silvio Rodríguez, que dice “Quedamos los que puedan sonreír”. Les propongo tejer el hilo que interpela las injusticas, reconoce la generosidad y no pierde la gratitud, con un sólo gesto. A manera de paráfrasis vamos a quedarnos los que queramos sonreír en plena luz.

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