José Antonio Lugo, cartógrafo

Colaboraciones

Andrés Ordóñez

Autor prolífico y avidísimo lector poseedor de una memoria envidiable, José Antonio Lugo nos entrega Silenciar el miedo, un extenso compendio de noticias y reflexiones cuyo eje central es la literatura como ámbito idóneo de la transversalidad en las humanidades. Se trata de un ejercicio fragmentario y fragmentado. Los textos que componen su obra más reciente son breves y, lejos de ordenar el caos, mas bien parecen suscitarlo. De manera voluntaria o no, Silenciar el miedo evoca la herencia retórica de Nietzsche, referente fundamental de quien, junto con nuestro entrañable y recordado Hernán Lara Zavala, el autor identifica como uno de sus maestros, Juan García Ponce, y referente también de otros dos de sus escritores predilectos: Lawrence Durrell y Fernando Pessoa.

Para un lector, como es mi caso, propenso a los textos académicos, el libro de Lugo reviste, en principio, un carácter paradójico. De una parte, su lectura es amena desde la primera página. Sin embargo, por otra, su sentido general no es fácil de asir. En una lectura inicial, el libro desconcierta por su renuncia a la jerarquización de temas, autores y circunstancias. En primera instancia, fuera del goce de la reflexión y del recuerdo, el libro parece conducir a ningún lado. Podríamos decir que Silenciar el miedo ostenta un carácter centrífugo, cosa que lo convierte en una ametralladora de estímulos que, lejos de concentrar nuestra atención, la dispersa en una proliferación de sentidos posibles cuyo efecto es el de un barroquismo posterior a la mismísima posmodernidad; algo que, al tiempo de antojarse natural de un texto producido en la coyuntura de atomización absoluta que vive el paradigma occidental al cual pertenecemos, les asigna una historicidad precisa al libro y a su autor.

La peculiaridad centrífuga que he aludido antes lleva consigo otra característica del texto: su audacia. No se trata de una audacia formal. La audacia de Silenciar el miedo es más bien sustantiva. Un lector distraído podría caer en la tentación de juzgar la proliferación en su contenido como un defecto. A mis ojos, no es ese el caso. Y no lo es porque el texto de Lugo es fundamentalmente una obra testimonial heredera de la tradición, iniciada por nuestros intelectuales porfirianos cosmopolitas, de dar noticia en el país de lo que era “el mundo” y que alcanzó su punto más alto en la obra ensayística -es verdad, a veces un poco precipitada- de Octavio Paz en libros hoy cada vez más olvidados como Las peras del olmo, Cuadrivio o Puertas al campo.

Probablemente algunos de ustedes estimen mi apreciación exagerada. En mi defensa diría que el testimonio que brinda José Antonio Lugo es el de la configuración intelectual, estética y política, en una palabra: cultural, de la mayoría de quienes esta noche nos encontramos aquí reunidos. Ese hecho nos vuelve problemático identificar el fondo de Silenciar el miedo. La razón de ello es, simple y llanamente, porque aún carecemos de suficiente distancia crítica para objetivar su contenido y, más aún, a nosotros mismos.

Si algo caracteriza el libro y a su autor son, junto con su erudición, dos cosas: sinceridad y generosidad. Con la candorosa transparencia que atesoramos sus amigos, José Antonio Lugo nos abre el camino a las entretelas de sus afectos intelectuales y personales. En el desorden de sus pasiones, José Antonio nos presenta un rompecabezas fascinante y bien humorado que, como la Rayuela de Cortázar, deja su ensamblaje al criterio, a la voluntad, al interés o al ánimo de cada lector.

En lo que a mí respecta, la lectura de Silenciar el miedo me ha hecho recalar en José Antonio Lugo, el cartógrafo. El libro es un planisferio o, si se prefiere, un compendio de mapas que, en un arco de largo aliento en términos geográficos y espaciales, al tiempo de trazar la geografía intelectual de su autor, lo sitúa como actor y producto de su tiempo. De la Grecia clásica a la física cuántica. De Murasaki Shikibu del siglo xi japonés a David Toscana hoy, José Antonio traza un derrotero de fascinación por la diversidad. En este viaje el autor echa mano de un astrolabio cuyas piezas fundamentales son Jorge Luis Borges y Marguerite Yourcenar, los referentes básicos que orientan su perspectiva de las cosas.

Como lo he mencionado antes, Lugo es heredero de la tradición noticiosa de la que Octavio Paz es epítome. De allí resulta tal vez, en conjunción con el carácter generoso que le es propio, la voluntad pedagógica que permea Silenciar el miedo. Sin embargo, vale la pena notar que la pedagogía del autor no se ejerce desde la altura de la autoridad, que de sobra posee, sino a partir del entusiasmo del amigo que comparte lo que ha aprendido. Tal es la clave de la amenidad de la lectura, donde resuena el eco de Carl Sagan en su labor de difusión. Y la mención de Sagan me lleva a otro aspecto destacable en el libro: su atención a la cultura de masas, pero especialmente en la manera en que el autor la aborda.

Es claro que lo que fascina a Lugo es el relato que encierran las cosas, pero también es evidente que su fascinación es indisociable del placer que le causa identificar la continuidad en las rupturas: la manera en que todo es igual, pero distinto, sea en el espacio o en el tiempo. De tal suerte, con la memoria enciclopédica que la naturaleza le concedió, José Antonio recuerda, entre otras muchas cosas, los detalles de series de televisión que han llamado su atención, pero en consonancia con fenómenos sociales y tecnológicos de los cuales los relatos en sus capítulos han constituido puntos de inflexión. Por ejemplo, la premonición de la telefonía celular en Viaje a las estrellas o, con relación a esa misma serie, las implicaciones de una conversación casual entre una joven actriz de raza negra y el reverendo Martin Luther King, con el primer beso interracial de la televisión estadounidense. Lo mismo podríamos decir del fenómeno amarillista de la prensa de tabloides y la admiración por la belleza trágica, aspecto sustancial en la obra del fotógrafo mexicano Enrique Metinides, o el rescate de la cultura new age al despojarla de su frivolidad intrínseca cuando ubica el tai-chi en su sentido primordial y le restituye su dignidad científica y cultural.

El mundo es un texto complejo. Todo en él es narración: la ciencia, la técnica, la política, la gastronomía, el cine, y todo cabe en la literatura sabiéndolo acomodar. Así parece entenderlo José Antonio Lugo, y su hilo de Ariadna es la literatura y sus autores. Es a través de los escritores que han nutrido su percepción del mundo que el autor de Silenciar el miedo traza la ruta de su élan vital, del impulso que anima su curiosidad voraz en los territorios del pensamiento, la belleza, la naturaleza, la sensualidad y el erotismo.

Mirado en su conjunto, el universo de José Antonio Lugo se encuadra estrictamente en las coordenadas de los referentes más decantados de la cultura del siglo xx occidental y sus fuentes decimonónicas. Es desde ese mirador privilegiado que Lugo aborda la otredad, es decir, los territorios culturales del Oriente y la diversidad africana. Pero no solamente. Es también desde ese balcón que nuestro autor examina la realidad mexicana, misma que advierte partícipe del Occidente que tanto aprecia, pero a la vez no exenta de la singularidad que también la caracteriza.

En uno de los memorables textos de reflexión literaria de Fernando Pessoa, el poeta portugués sentencia que la poesía es aquello que, siendo íntimamente nuestro, es también de los demás. La íntima cartografía de José Antonio Lugo resulta ser también la nuestra. La estética ponderada por el autor en sus páginas es también la de quienes, nacidos hacia fines de la década de los cincuenta y principios de los sesenta, incorporamos en nuestra educación intelectual y sentimental los valores en crisis del fin del siglo XIX tamizados por la violenta transformación de la guerra fría en los dominios, lo repito, del pensamiento, la belleza, la naturaleza, la sensualidad y el erotismo.

Concluyo mi lectura de Silenciar el miedo destacando otra de las características del autor plasmada en su libro. Con la misma sinceridad con la que nos revela su deleite por la televisión y el cine, José Antonio Lugo renuncia a limitarse a la admiración de los consagrados y, con igual entusiasmo, abre sus páginas a sus contemporáneos, tanto a aquellos que, como él, gozan ya de reconocimiento, como a quienes por azares del destino vieron truncado el desarrollo de su talento. En una coyuntura marcada por la polarización y el denuesto como recurso para la propia exaltación, la generosidad de José Antonio nos hace abrigar la esperanza de que exista en el medio mexicano un camino alternativo al de las catacumbas.  

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