Hilar el mundo
Nidia Soledad Esteva
Hablar de cuidados y ternura en plena primavera puede sonar cursi e ingenuo, pero en un mundo aquejado por la violencia y el clima es, quizá, el gesto más radical y tierno que nos queda. Estamos viendo las violencias, constatando las desigualdades, viviendo las injusticias, padeciendo la sed de una tierra agrietada por el cambio climático; y antes habiendo vivido entre pandemias y aislamientos. Estoy segura de que a mí me han salvado el cuidado y la ternura que, de forma directa o indirecta, han salvado a varios en los días de su vida.
Aquí, en el sur de México, o en el rincón más aislado del mundo, nos agrupamos en redes humanas. Algunas son estructuras de gestión participativa; otras, fenómenos sociales colectivos. Desde distintos lugares (cómodos, adversos o expuestos) nos rodea y podemos constatar, si tenemos la sensibilidad necesaria, aquello que señaló Olga Tokarczuk al recibir el Nobel de Literatura en 2018: “La avaricia, la falta de respeto a la naturaleza, el egoísmo, la falta de imaginación, la rivalidad interminable y la falta de responsabilidad han reducido el mundo al estado de un objeto que se puede cortar en pedazos, agotar y destruir”.
Esta labor, que durante siglos fue un mero silencio doméstico, encontró nombre y argumentación cuando Carol Gilligan señaló en su libro In a Different Voice de 1982 que existía una ética del cuidado distinta a la ética de la justicia. Argumentó que mientras la moral tradicional se basa en reglas y derechos, la ética del cuidado se basa en la responsabilidad por los demás y en mantener los vínculos humanos.
Hilar cuidados es sostener el mundo con hebras invisibles que evitan que se desgarre, es ese algo que ha estado ahí siempre y es imposible cuantificar, algo que ha movido la propia economía, algo que hace funcionar el mundo como un organismo infalible, los cuidados, esos que todas las personas necesitamos en todas las etapas de la vida, en todas las condiciones y clases sociales, en todos los momentos, hasta al comer y tomar agua, por ejemplo, sin discutir la calidad y periodicidad de la misma ni lo que fue necesario para que ese líquido vital esté a nuestro alcance.
El cuidado no es sólo un concepto ético: es el motor oculto de la economía. Está en los núcleos mínimos, en la madre que teje una red invisible para que sus hijos e hijas sean los primeros miembros de la familia en pisar una universidad o cruzar una frontera, posibilitando así romper el círculo de la pobreza. Lamentablemente, muy pocas veces esos cuidados esenciales que las personas necesitan para mejorar sus condiciones de vida están en un sistema político que se haga cargo de sostenerlos. Quizá se encuentran, de manera incompleta, en algunas políticas públicas de movilidad social, horarios de trabajo, enfoques de género y derechos humanos.
En medio del cuidado más cercano es más fácil advertir la ternura, un gesto que allí podemos encontrar casi a diario, como lo menciona Tokarczuk: “dar existencia a todas las pequeñas partes del mundo que están representadas por las experiencias humanas”.
Las políticas públicas, las economías, los feminismos en México y el mundo discuten como articular el sistema de cuidados desde una mirada positivista, pero no debe olvidarse que los sistemas de organización son diversos: comunitarios, urbanos, rurales, y que no existe una receta única para cuantificarlos o potencializarlos. Las posibilidades radican en la voluntad de las personas para hacer conciencia y no perder la ternura en el intento de aprender a dar y recibir cuidados.
El cuidado y la ternura atraviesan todas las vidas y las impactan mucho más de lo que creemos. Sería fácil y tal vez sonaría superficial indagar en las vidas de familias que nacieron con capas de privilegio, pero también ahí existen esas manifestaciones y sus necesidades. Para ejemplificarlo recomendaré el libro Lazos fuertes- lazos débiles de Patrick Inglis (2026). A través de preguntas metodológicas pertinentes, Inglis documenta historias de personas cuyas trayectorias se transforman entre procesos de movilidad social como puente de vínculos, entre lazos (fuertes y débiles) que impactan sus vidas. Recuerdo especialmente su encuentro con Francesca en la periferia profunda de la capital del país, una zona de contrastes como Chimalhuacán, y más tarde en la Central de Abastos, epicentro de una metrópoli avasalladora. Al enterarse del embarazo de Francesca, Inglis reflexiona con una crudeza poética sobre la fragilidad de su red de apoyo: «Un lazo débil que pende en el aire, pienso para mí mismo. Un lazo fuerte ahora deshilachándose».
A este panorama vivencial, debemos sumar la explotación externa y extrema a la que somos sometidos por la búsqueda del éxito, lo que Byung-Chul Han describe en La sociedad del cansancio: nos hemos convertido en sujetos de rendimiento que se autoexplotan hasta el colapso. En esa carrera por la productividad, el «otro» desaparece y, con él, la capacidad de cuidarlo. El descuido no es solo falta de atención, es la erosión misma de la vida bajo el peso del éxito individual.
El cuidado no es únicamente un principio ético: es el engranaje invisible que sostiene la economía y la vida. Está en la madre que teje un futuro improbable, en las redes comunitarias que rompen el círculo de la pobreza, y en las pocas políticas públicas que logran reconocerlo, también en la sonrisa de mis abuelos que sembraron mangos durante décadas. Sin ese tejido, el mundo se desploma.
Entonces, sin cuidados y sin ternura, el mundo no se deshilacha: se rompe.

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