Carta a un editor español


Colaboraciones

Carta a un editor español 1

Eduardo Subirats

Preludio

Quiero contarles hoy un chisme, una patraña. Pero que es también un síntoma de la regresión cultural llamada a establecerse globalmente a través de una variedad de instancias administrativas del conocimiento, y a través de las propias palabras. Su protagonista es un joven editor madrileño que se encaprichó con mi ensayo Una edad de destrucción, aparecido en la revista electrónica colombiana Crisis y crítica y, más recientemente, en el primer número de un Almanaque literario editado en México.2 El editor en cuestión pretendía publicarlo de manera inmediata junto con otros ensayos breves. Pero a la hora de revisar las galeradas me asombró con una serie de exigencias de limpieza lingüística dictadas en nombre de la Real Academia Española. Primero traté de negociar sus rectificaciones y depuraciones, y de corregir de algún modo sus enmiendas, pero a medida en que releía el manuscrito me convencía de la fiscalización irreversible de sus alteraciones. Finalmente opté por escribirle una carta de despedida.

Carta a un editor español

Vaya por delante, mi querido editor, el más cariñoso agradecimiento por sus comentarios de estilo a mi manuscrito Una edad de destrucción.3 Algunos de los párrafos que usted consideraba confusos los he corregido. Sin embargo, sus rectificaciones no me han parecido siempre pertinentes. 

Quiero expresar en primer lugar mis disculpas. La vida errante de un hispano-germano entre París, Berlín, Nueva York, México y São Paulo, y casi siempre fuera de España, quizás explique mi tendencia a introducir expresiones cotidianas comunes en el lenguaje internacional. Los slums, slogans y stars, y los flashes, bestsellers y alibis, que usted condena sumariamente como anglicismos, son algunas de esas palabras comúnmente usadas en cualquier país, incluso en España. Expresiones como “por todo remate”, que usted dictamina como un mexicanismo por las mismas razones que mis amigos mexicanos podrían esgrimir contra sus sucedáneos madrileños como castellanismos, son asimismo expresiones individuales de alguien que está más en casa en México, Colombia o Brasil, que en un Madrid castizo y casticista que censura mis libros, mis críticas y mis ideas por extravagantes. 

No desearía que viera en estos comentarios un ataque personal contra las normas de edición de su casa editorial. En realidad, todas las editoriales españolas “importantes”, es decir, dotadas de un poder de expansión comercial sobre América Latina, limpian sistemáticamente sus obras de hispanoamericanismos. Un escritor mexicano me llegó a confesar incluso que esta suplantación de las voces latinoamericanas por sus supuestos sinónimos madrileños, la realizó una prestigiosa editorial española sin siquiera pedirle su consentimiento. Esta rancia práctica imperial se legitima hoy democráticamente para que todos, tanto peninsulares como hispanoamericanos, puedan comprender el ensayo o la novela en cuestión. Lo que supone, y no tengo que subrayarlo, confundir la democracia con la masificación y la uniformización lingüísticas. Y no sólo lingüísticas. Tampoco tengo necesidad de recordarle que semejante “limpieza”, esgrimida como el más alto valor de la Real Academia de la Lengua Española, ha sido, desde su misma fundación por la lexicografía de Antonio de Nebrija, un postulado programáticamente racista y un principio gramatológicamente colonizador.

En numerosas ocasiones iza usted la bandera del Diccionario de esa Real Academia como suprema autoridad y dueño incuestionable de las palabras que pueden o no pueden pronunciarse con plena legitimidad. A este propósito tengo que mencionar a Carlos Subirats Rüggeberg, un lingüista innovador que ha publicado al respecto algunos comentarios jocosos. Cito un párrafo a título de ejemplo: “Haciendo propia la herencia del nacional-catolicismo, la Academia define ‘protestante’ como persona ‘que sigue el luteranismo o cualquiera de sus sectas’. Y por si al lector le cupiera alguna duda sobre la cerrazón de dicha definición, la Academia insiste de nuevo en la entrada luteranismo, que define como “secta de Lutero”. Asimismo, es fantástico constatar que la sacrosanta Institución define “alma” tal como enseñaban los frailes del siglo XVI: “sustancia espiritual inmortal”. 

Más adelante, mi hermano, que obviamente ha acabado en el exilio de la International Computer Science Institute de Berkeley y vive en Canadá, se refiere a la pintoresca definición de la voz “mendrugo” en ese mismo diccionario: “pedazo de pan duro o desechado, y especialmente el sobrante que se suele dar a los mendigos”. Y no solamente subrayó el desprecio por la realidad lingüística y multicultural que atraviesa tanto al español como al hispanoamericano (que ese diccionario sigue tratando como un dialecto colonial), sino también su obediencia ciega a las tradiciones nacionales más vetustas: este moderno Diccionario simplemente había reproducido la susodicha definición de mendrugo de un Diccionario de Autoridades del siglo XVIII, sin añadir ni un acento, ni una coma. 

En fin, para hacer breve la historia sólo mencionaré un inventario improvisado de ausencias, en la edición de 2002 de ese Real diccionario, que Carlos Subirats puso de manifiesto en un libro precisamente titulado Intransiciones. Su repertorio incluía las palabras acientífico, antialérgico, antiterrorista, celulitis, circularidad, clasificable, destacable, enfatización, entreno, finalización, fluctuante, hinchable, indisociable, iniciático, karaoke o lanzamisiles, y un interminable etcétera. Sin lugar a dudas, estos comentarios se refieren a ediciones pasadas y es posible que algunos de esos extravíos lingüísticos hayan sido subsanados a raíz de su protesta. La cuestión que ésta levantaba no reside, sin embargo, en la serie de sus ostensibles ausencias y definiciones polvorientas. El problema subyacente a este Real diccionario es su anacronismo estructural, que lo convierte en un testimonio ejemplarmente decrépito entre los grandes diccionarios comerciales de la lengua española. 

Sin embargo, usted me acaba de descubrir otra ausencia no menos significativa: lo mistérico. “Esta palabra no existe en el Diccionario…” ha sido su veredicto. Y no tengo más remedio que aceptar su institucional condena contra la mera existencia de dicha palabra. Pero debiera usted recordar que el cristianismo imperial romano y bizantino acabó con los cultos mistéricos de Eleusis a sangre y fuego. Y ese baluarte del nacionalcatolicismo que es la Real Academia pretende desterrar también su diabólico nombre, para borrar para siempre la memoria religiosa de esos sagrados misterios.

Debo añadir que una de sus correcciones me ha hecho sonreír: la substitución de mis “humanos” por sus “personas”. En rigor, ambas voces no pueden considerarse como simples sinónimos. Soy plenamente consciente de que recordar el bello concepto latino de humanus en las provincias de Castilla es chocante: se tiene por costumbre suplantar patriarcal y sexistamente lo humano por los “hombres”, una palabra que incluye a las mujeres sin necesidad de mencionarlas en un acto de reducción lingüística que emula el Génesis bíblico. Usted, para sortear ese entuerto, opta por sus “personas”. Sólo que en latín esta palabra designaba a las máscaras teatrales y en la filosofía moderna europea define específicamente a un sujeto moral. Y yo no me refiero en mi ensayo ni a sujetos morales ni a sus mascaradas, sino a los millones de humanos exterminados en la sucesión de holocaustos que recorre la sangrienta historia de la civilización occidental.

Entre sus correcciones he encontrado otro detalle interesante: su obsesiva españolización de los nombres de ciudades mundiales, de Dresde a Pequín, y desde Calcuta a la misma Nueva Jersey dónde yo vivo. De nuevo le ruego que no se tome esta apostilla como una diatriba personal. Pero siento la misma aversión a un trueque tan gratuito como innecesario de nombres propios y personales, que al de nombres de ciudades. Puede ser que algún español se tragara la “n” final de Dresden, ya sea por descuido, ya sea por torpeza muscular de su lengua, e inmediatamente después se impusiera el resultante error fonético como Ley lingüística de obediencia absoluta: la española ciudad de Dresde. 

Los ejemplos son abundantes y me pregunto qué sentido tiene hoy usar nombres diferentes para las mismas cosas, ciudades y regiones enteras, compartidas por una comunidad global y en inglés como su lengua franca. Para cualquier individuo situado en un aeropuerto de Moscú, São Paulo o Shanghai el significante Dresde no tiene significado alguno. La situación se extrema todavía más en el espacio virtual de la comunicación electrónica. 

Esta obsesión de hispanizar ciudades es un anacronismo colonial, bajo cuyo poder de falsificación lingüística adulteró, cuando no eliminó, los nombres de ciudades sagradas, como Tenochtitlán o Kosko, desfiguró la denominación de regiones enteras como la península de “Yucatán” (una alteración del enunciado maya para decir que no se comprendía la pregunta que hacía un conquistador cualquiera por el nombre de su civilización y su tierra, rigurosamente pronunciada en la lengua de Castilla), e impuso nombres arbitrarios a naciones enteras como Perú, sin otras razones que las de un puñado de conquistadores que en una playa de Tawantinsuyo, que significaba las cuatro partes del universo, interrogaron a un  “indio occidental” que respondió por su nombre propio, Pelú, y por el nombre del río Berú, en el que estaba pescando. No en último lugar, este mismo principio de limpieza lingüística permitió suplantar impunemente los nombres de los dioses y las diosas de América: la profundidad ctónica de la Gran Madre Coatlicue por una celestial Virgen de Guadalupe, por recordar un caso sonoro. 

Me duele tener que repetirlo: esta obsesión de cambiar, imponer, unificar y normalizar los nombres de las cosas cuando no se tiene la capacidad de comprenderlas, ni tampoco de definirlas, constituye la fórmula mínima del anacronismo.

Pero quiero pedirle mil perdones por molestarle con esos reparos, que sin lugar a dudas usted considerará desechables y superfluos. Además, deseo expresarle de nuevo mi agradecimiento por sus correcciones gramaticales y sintácticas, y su interés por publicar Una edad de destrucción, un ensayo del que nunca hubiera imaginado que pudiera despertar interés alguno por parte de un editor español. Sin embargo, tengo que observar en mi defensa un concepto realmente importante desde el punto de vista del proyecto intelectual que recorre este ensayo: una nueva ética y estética, y una nueva epistemología reflexiva y crítica que defino con el nombre de esclarecimiento: un concepto que tampoco nombra su ilustre Diccionario.

Así como la lengua jurídicamente adueñada por la Real Academia Española sustenta la mala costumbre de no pronunciar las ciudades por su nombre propio, así también asiste y secunda la traducción al castellano de los nombres de reformas en el pensamiento y la cultura a los que el mismo tradicionalismo que ella sustenta les cerró violentamente el paso con inquisiciones y una variedad de supresiones y exilios, y con un reiterado ninguneo a lo largo de los siglos. Humanismus y Reform, Enlightenment y los Droits de l’homme, Liberalism y Open society… son algunos de esos nombres vertidos al castellano por signos que en la “Realidad histórica de España” (por recordar al exiliado y ninguneado historiador español Américo Castro) carecen rigurosamente de referentes gracias a sucesivas y eficaces estrategias de “limpieza” teológica, política y también lingüística. 

Uno de estos nombres, precisamente el más importante desde el punto de vista de una definición rigurosa de modernidad, es Aufklärung: una palabra germánica que usted corrige en varias ocasiones como aufklärung, con minúscula inicial, probablemente con la venia de ese mismo Real Diccionario. Dicha Aufklärung con mayúscula nos conduce al argumento principal de mi ensayo Una edad de destrucción que usted pretendía publicar.

La palabra Aufklärung tiene grabada en su memoria etimológica el simbolismo apolíneo de la claritas grecolatina, cultos milenarios al sol y el fuego que remontan al lejano Oriente, así como diferentes expresiones de la espiritualidad hindú, budista e islámica, vinculadas a la luz. El principio moral e intelectual de esta Aufklärung es el gnōthi seautón, el“conócete a tí mismo”, que todavía hoy corona el Templo de Apolo en Delphi. Su principio racional de soberanía subjetiva lo formuló Kant cuando redefinió el Sapere aude de Horacio en los términos Habe Mut dich deinen Verstand zun bedienen…  Ten el ánima y el aliento de servirte de servirte de tu propio entendimiento”.

Pero escribo en español, y ni en Castilla, ni en la Península Ibérica, ni tampoco en sus colonias o excolonias americanas ha existido una reforma del pensamiento filosófico y político que sustentara este principio de autonomía y autorreflexión que definió paradigmáticamente el proyecto intelectual de la Aufklärung. En uno de mis libros más extensos, Memoria y exilio (obviamente censurado por las más distinguidas editoriales y los más distinguidos intelectuales españoles), dedico un largo artículo de casi cien páginas a demostrar que el referente de lo que los hispanistas legitiman como “ilustración” del español siglo XVIII no es conceptualmente equiparable al esclarecimiento formulado por el filósofo cordobés e islámico Ibn Rushd (Averroes) en el siglo XII, o por escritores y filósofos modernos como Leibniz, Lessing o Kant. Y allí también pongo de manifiesto que la misma palabra “ilustración” es equívoca, puesto que designa el lustre del que se han revestido los pensadores oficiales españoles de ayer y de hoy, esos “picos de oro” que grabó sarcásticamente Goya. Y allí también pongo de manifiesto el ocultamiento precisamente bajo el brillo y lustre del oropel y las candilejas ilustrados, las luces de una razón que esa misma cultura ha desechado como el peor enemigo de un sacrosanto orden político y teológico autoritario hasta las mismas puertas del siglo veintiuno. 

Por decirlo con palabras llanas: las culturas hispánicas son ilustres, lustrosas y muy ilustradas, pero nunca han asumido un proceso de esclarecimiento en el sentido de la máxima del templo de Apolo y la definición de Aufklärung formulada por Kant. Y ahora usted pretende rebajar nominalistamente el centro conceptual de mi ensayo, es decir este esclarecimiento sobre la actual crisis civilizatoria, escamoteándolo bajo una trivializada “ilustración”, y pretende hacerlo con la sola justificación de un anacrónico diccionario al que usted rinde culto y pleitesía como única e incontrovertible autoridad gnoseológica, moral y política.

Además, usted soslaya y elude por el mismo procedimiento gramatológico mi crítica de la modernidad. Concretamente trata de menguar mi pregunta por el sangriento vuelo del ángel de la historia a través de un continuum de holocaustos, y del Holocausto nuclear de la humanidad como coronación genocida del Leviatán moderno. Sí, Holocausto nuclear con H mayúscula. Un término que tampoco existe en su diccionario.

En cambio tiene muy a bien ensalzar a los patronos de la Iglesia, y en una frase en la que resumo la continuidad discursiva del antihumanismo de Loyola, el racionalismo ascético de Descartes y la identidad de conocimiento y dominación de Bacon (una tesis que desarrollé en mis años de estudiante en mi ensayo El alma y la muerte), usted rompe el ritmo necesariamente uniforme de estos tres nombres al distinguir al primero de ellos con el prefijo de “Santo”, o sea todo un “San Ignacio de Loyola” junto a los nombres distintivos del enlightenment o la Aufklärung que siglos atrás constituyeron el núcleo de la conciencia europea. Todo ello con la finalidad irreflexiva e inconsciente de que yo asuma el supremo postulado antiesclarecido que representan las cartas sobre el principio de autoridad absoluta que en su día santificó el fundador de la Compañía de Jesús.

El último argumento que usted esgrime para justificar esa limpieza, normalización y unificación nominales, y sus implícitas rebajas y achatamientos conceptuales, es la fluidez del estilo, el buen escribir y un limpio castellano. Con ello invoca usted sin percibirlo la gran tradición española de los “picos de oro”, de los “eruditos a la violeta” y de los “asnos ilustres” que en su día ridiculizaron tres destacables intelectuales del siglo XVIII español: Goya, Cadalso y Blanco White. 

Admito que no es fluido hablar de Holocausto nuclear: más bien es chocante, conflictivo, brutalmente violento respecto a la corriente neutralización nominal y mediática del genocidio genético que la moderna guerra representa para la vida humana, animal y vegetal del planeta. De este Holocausto no se puede hablar, ni tampoco pensar, y precisamente gracias a que ustedes prohíben su nombre. Y para un español nacional-católico hablar de esclarecimiento en lugar de alabar su celebrada ilustración resulta extravagante, puesto que le obliga a reflexionar sobre una historia cultural que no ha conocido ninguna de las reformas que ha atravesado la Europa moderna: un humanismo expulsado por judaizante; la Reforma perseguida a sangre y fuego por la Inquisición; la ciencia y el esclarecimiento, desechados como teológicamente aberrantes; y la propia democracia, cuyo lamentable espectáculo de decadencia hoy es ostensible en las expresiones más comunes de la civilización moderna, lo mismo orientales que en occidente, y pese a todas sus diferencias. 

Repito mi agradecimiento por sus correcciones. E insisto en que no pretendo herirle personalmente con estos comentarios que usted considerará oscuros, abstrusos y enredados. Incluso doy por bueno que mis distinciones conceptuales harían ininteligibles mis argumentos contra el nuevo totalitarismo electrónico y corporativo, y en definitiva perjudicaría la venta y el consumo de mi ensayo sobre nuestra edad de destrucción ecológica, financiera y militar. Pero debe reconocer también que no se trata de una mera cuestión de sustituir unas palabras por otras. Son maneras diferentes de ver la realidad que sus respetables correcciones nominales no respetan. 

Y se trata, y no en último lugar, de ritmos vitales. Usted me redondea los verbos, la puntuación, frases enteras. Desecha las sentencias tensas, los contrapuntos dramáticos, la composición desencajada de una escritura que desea esclarecer un mundo desvertebrado, fragmentado y destruido. Y si Usted no puede asumir esas diferencias como editor yo prefiero quedarme con mi edición colombiana y mexicana, que no ha pasado por los rigores de esa irreal Academia de la Lengua y su dogmático desprecio por la libertad de las palabras.

Epílogo

No me queda otro remedio que justificarme frente a Ustedes y frente a la ciudad letrada española por una afrenta tan agresiva como la que he acabo de leerles. Menciono, además, a esta “ciudad letrada” no solamente en memoria de otro voluntario olvido, el de uno de los máximos críticos de la sociedad y la literatura latinoamericanas en el siglo XX: Ángel Rama. Subrayo esta “ciudad letrada” como categoría central de la teoría crítica contemporánea y del rechazo de una élite hispánica que a lo largo de su breve historia ha ignorado todo principio de independencia intelectual y muy raras veces ha puesto en cuestión la continuidad del poder colonial. Con grandes excepciones, confortablemente censuradas, como la de Simón Rodríguez y José María Blanco White. 

Pero sólo puedo legitimar mi osada desobediencia al orden gramatológico que representa esa Real Academia con lo que tengo a mano, es decir, mi propia relación intelectual vis-à-vis el llamado “problema” de España. Y como tengo que dar por descontado que ese problema ha sido evaporado por sucesivas generaciones de letrados para quienes tanto la realidad histórica de España como la de Hispanoamérica nunca han entrañado problema alguno, tengo que añadir unas palabras explicativas. Ese “problema” de España fue un eslogan bajo el que una serie de voceros protofascistas, de Maeztu y Azorín a Unamuno y Ortega, plantearon el colapso de la conciencia imperial española a raíz de la pérdida de sus últimas colonias americanas, la subsiguiente desvertebración de su unidad política, el derrumbe de la monarquía nacional-católica y una sucesión de regímenes políticos regresivos. 

No me queda mucho tiempo hasta el cierre de esta conferencia y por consiguiente seré muy breve. Mi primer descubrimiento, cuando era estudiante de filosofía, fue que España no había experimentado un esclarecimiento científico, ético y político en el sentido de la Aufklärung alemana o Les Lumières francesas. Sólo conoció los rigores de una restauración absolutista y una prorrogada Inquisición. Tampoco pudo experimentar una Reforma religiosa, sino precisamente una Contrarreforma y sus subsiguientes guerras contra los poderes reformistas centroeuropeos. La monarquía española tampoco conoció un humanismo secular en el sentido de Erasmus, Bruno, Spinoza o Goethe, sencillamente porque el poder de la Iglesia católica veía en ello una amenaza a su oscuro monopolio ideológico y político. En consecuencia, escribí un ensayo titulado La ilustración insuficiente. Fue, por así decirlo, mi primer gesto de protesta desde mi exilio de la España franquista en Berlín occidental. Posteriormente, en un libro que la censura eclesiástica española hizo destruir, El continente vacío, puse de manifiesto la teología política de la colonización de América. Por último, tengo que mencionar la colección de ensayos que mencionaba en la carta: Memoria y exilio. En esta obra reviso todo lo que puede revisarse de la historia de la decadencia hispánica: desde la extirpación sistemática de la diversidad lingüística, religiosa y étnica a lo ancho de sus colonias en África y América, hasta la teología política de la obediencia absoluta al sistema moral del imperialismo cristiano formulado por Loyola. 

Con ello llegamos a nuestro punto de partida. Llegamos a los chismes y los síntomas de una regresión de la masa encefálica humana llamada a perpetuarse globalmente a través de una variedad de instancias administrativas, mediáticas y también académicas. Y llegamos a nuestra pregunta final sobre los dueños jurídicos de nuestras palabras. 

Que las palabras poseen dueños, administradores, vigilantes físicos y electrónicos, sistemas de vigilancia e instancias de legitimación parece un sólido fundamento para nuestras precarias existencias. Pero la palabra libre, la palabra poética y los conceptos filosóficos recorren otras veredas que los diccionarios reales y la academia muerta. Son los caminos y las veredas de las memorias perdidas y del silencio que envuelve a las palabras. Son, como un día me escribió la poeta argentina Ana March, “el batir de alas de un misterio ancestral que se cuenta un cuento a sí mismo mientras pasa de cuerpo en cuerpo su delirio milenario”.4 El mismo destino recorre la palabra reflexiva y el concepto filosófico, si es que alguna vez reflexión, filosofía y poesía pueden segregarse como estamentos independientes.

Gracias por su atención.

1 Carta leída en el Instituto Caro y Cuervo, Bogotá, 10 de septiembre, 2015. 

2 En 2016 fue publicado en forma de libro: Una edad de destrucción, México, Fineo, 2016.

3 E. S., Una edad de destrucción: http://cvisaacs.univalle.edu.co/crisisycritica/

4 Ana March, en un e-mail del 10 julio de 2015. 

La “Carta a un editor español”, fue enviada en un e-mail el 9 de julio de 2015. La presente edición ha sido alterada en algunos detalles de estilo. Su versión original puede encontrarse en: http://infoling.org/elies/?t=ir&info=InformacionGeneral&id=49&r=180#.Vawd9rfLCCQ

He mencionado en esta carta dos libros que entre tanto han encontrado editores: Una edad de destrucción fue publicada por la editorial mexicana Fineo, y Memoria y Exilio ha sido publicada en su cuarta edición por la Universidad de Guadalajara, México. 

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