El laberinto del mundo
José Antonio Lugo
- El libro de la irlandesa Maggie O’Farrell
La mejor novela que he leído en mucho tiempo. A partir de unos cuantos datos: Shakespeare tuvo con su mujer Anne Hathaway tres hijos, la primera Suzanne y luego dos gemelos Judith y Hamnet, habiendo el niño perdido la vida a los cuatro años de edad, la novelista imagina cómo se encontraron ella -en la novela Agnes- y Shakespeare -nunca se le menciona por su nombre-.
A Judith le da peste. La muerte parece inminente. Los gemelos son uno y Hamnet, a su cortísima edad, decide ofrecer a su hermana su vida, intercambiarse con ella, engañar a la muerte para que se lo lleve a él y no a su hermanita. Lo logra. Judith sana y Hamnet muere. Agnes se vuelve loca y le reprocha al padre -que vive en Londres representando sus comedias- que no estuvo cuando el niño murió, que no se quede en Stratford-upon-Avon ahora que ya no está. Él la deja. Ya no escribirá comedias sino una tragedia: Hamlet.
Agnes asiste al teatro y al final comprende: “Este Hamlet del escenario es dos personas, el joven, vivo, y el padre muerto. Está vivo y muerto al mismo tiempo. Su marido lo ha devuelto a la vida de la única forma que podía. Mientras el fantasma habla, se da cuenta de que, al escribir esta obra, su marido se ha cambiado el sitio con su hijo. Ha cogido la muerte de su hijo y la ha hecho suya; se ha puesto él en las garras de la muerte y ha resucitado al hijo en su lugar”.
- La metaliteratura
Me encantan las novelas que se basan en otras novelas. Viernes o los limbos del Pacífico de Michel Tournier y Foe de J.M. Coetzee son variaciones de Robinson Crusoe de Daniel Defoe. Estas novelas contemporáneas son magníficas. Hay también grandes fracasos, como el de la novelista italiana Pía Pera que en su Diario de Lo intentó reescribir Lolita de Nabokov desde la visión de la nínfula.
Acercarse a obras maestras o a un personaje de la talla de Shakespeare requiere un gran talento para estar a la altura. O’Farrell lo logra. Su ambiciosa novela da en el blanco y es una maravilla.
III. Hamnet, la película
La escenografía, la ambientación, la cámara que crea claroscuros que son cuadros, la actuación, todo parece espléndido aunque la necesidad hollywoodense del final feliz casi lo echa a perder todo. En la película el padre dramaturgo -su nombre sí se menciona- y Agnes intercambian sonrisas alegres, han entendido su cita con el Destino, han hecho bien las cosas, igual que Hamnet, que reaparece como un espectro. No había necesidad de agregarle crema chantilly a la tarta de chocolate amargo. Incluso la música, que al principio era magnífica, se vuelve al final melcochosa y digna de un aumento desmedido de la glucosa. Sin embargo, no la descalifico por completo. La disfruté y bueno, el espectador juzgará. Leer el libro y ver la película es un doble manjar. ¡Háganlo, queridos lectores de Morfemacero!
- Hamlet, de Shakespeare
Horacio.- Pronto le harán saber de Inglaterra el éxito que ha corrido su empresa.
Hamlet.- Pronto será; pero el interín es mío, y la vida de un hombre se apaga con un soplo.
(…)
Hamlet.- Me muero, Horacio. El activo veneno subyuga por completo mi espíritu. ¡Lo demás es silencio!… ¡Oh!, ¡oh!, ¡oh!… (Muere).
En el original:
Hamlet.- O! I die, Horatio; the potent poison quite o’er-crows my spirit… The rest is silence (Dies).

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