Dos amigos de Hernán Lara Zavala

El laberinto del mundo

José Antonio Lugo

  1. José Antonio Lugo

Conocí a Hernán en 1981, cuando yo estudiaba la licenciatura en Letras Francesas y él era el coordinador de Letras Modernas, es decir, el de mi carrera. Seguramente fui a su oficina a preguntarle algo y le dije que era el amanuense del maestro Juan García Ponce. Me dijo que era su discípulo y que eran amigos; así inició la primera de nuestras complicidades. Después vino la segunda: nuestra novela favorita es El cuarteto de Alejandría, de Lawrence Durrell. Hernán no fue mi maestro de literatura, pero me inscribí como materia optativa a un taller literario que daba en la Facultad.

No sé cuando dimos el salto mortal de una relación cordial pero académica a departir el pan y la sal. Lo cierto es que en los últimos años de su vida, las comidas con Ricardo Ancira, el odontólogo Jaime Moedano -compañero de Hernán de la misma generación del CUM-, Hernán y yo se volvieron una tradición mensual, sin fecha predeterminada. Hablábamos de literatura y, con Jaime, de futbol y del tiempo en el que vivieron su prepa, tiempo que retrató tan bien en su novela El último carnaval.

Un amigo de Aguascalientes, pintor por computadora, hizo un cuadro al que tituló “Homenaje a Durrell”. Le pedí que me hiciera dos, uno para Hernán y otro para mí. Convoqué a mi amigo y maestro a una cantina para dárselo. Al final del convivio nos acompañaba el fotógrafo Javier Narváez. Le pedimos la foto. Hernán me habia llevado de regalo el DVD de la película Justine, de George Cukor, basada en El cuarteto… De pie, ambos con nuestros regalos, a Hernán le sobrevivo el primero de los derrames cerebrales. Se desplomó y se golpeó en la cabeza. No perdió el conocimiento. Después de un momento se levantó y Javier condujo su coche para llevarlo a casa.

Parecía estar totalmente recuperado. Me invitó a la ceremonia en la Fundación Sebastián, en la que el escultor le otorgó un premio por su labor literaria. Sentado a su mesa con su familia y con Silvia Lemus, Ricardo Ancira y Nadine, lo vimos exultante, feliz. Fue la última vez que lo vi así.

Un segundo evento cerebro vascular lo condujo a Médica Sur y al Hospital 20 de noviembre. Lo fui a ver y a hacer guardias. Su condición era muy mala, aunque albergábamos esperanza en su recuperación. Lo dieron de alta y regresó a su casa de San Nicolás Totolapan. El sábado 15 de marzo del año pasado yo andaba en Coyoacán a media mañana cuando me dieron la noticia de que había fallecido. Me senté en una banca y me quedé pasmado. No me podía mover. Finalmente, me levanté y ante un puesto de distintas piedras, compré una malaquita. Estará en mi escritorio mientras yo esté.

Con su desaparición física, terminaron décadas de conversaciones literarias. Tuve el privilegio de presentar su novela en el Zócalo y, más aún, de que Hernán presentara -junto con Armando González Torres- en el Fondo de Cultura Económica mi novela El maestro y su escriba, cuyo personaje principal alude a Juan García Ponce. Extraño su enorme sabiduría literaria. Me decía cada vez: “Confío en ti, Luguito”, refiriéndose a mi escritura literaria. Espero honrar esa confianza en mis próximos libros. El más reciente, el libro de ensayos Silenciar el miedo, está dedicado a él y a Juan García Ponce. Por esa razón lo presentará su viuda, Aida Lara, junto con Tae Solana, que leerá el prólogo que escribió su padre, Fernando Solana Olivares, y mi amigo de toda la vida, el escritor, diplomático e investigador Andrés Ordoñez.

El primero de diciembre tuve un evento pulmonar que me llevó al hospital. Allí estuve 8 días. Aída me ofreció terminar de convalecer en su casa. Estuve allí 10 días en los que sané finalmente. En ese tiempo presenté mi examen profesional para obtener el grado de doctor en Teorías Estéticas por la Universidad de Guanajuato, con una tesis sobre García Ponce y Klossowski. La sesión tuvo lugar en la mesita en que Hernán daba clases por zoom. Presenté el examen con una foto de Hernán a mis espaldas. Gratitud infinita a Hernán, a Aída, a su hijo Victor Manuel.

  1. Mi amigo Hernán, de Gonzalo Celorio  

En el sepelio de Hernán, Aida le pidió a Gonzalo Celorio -todavía no ganaba el Premio Cervantes- que dijera unas palabras. Comenzó diciendo algo así: “Se fue mi amigo; 70 años de amistad”. Se le quebró la voz y a todos el corazón. Cuatro meses después publicó Mi amigo Hernán.

El primer capítulo y el último se refieren a su desaparición física; el II, a la obra ensayística, el III y el IV a cuentos y novelas; el V a su labor como editor. En el VI el narrador le habla de tú a Hernán, y se refiere a los múltiples viajes que hicieron juntos.

Si bien Celorio se curó en salud al decir que si habla de él mismo es porque Hernán y él hicieron muchas cosas juntos, a veces se sale al acotamiento de la carretera para describir lo que él piensa o lo que vivió. Luego vuelve a la carretera de Hernán. Esas digresiones son su derecho y a fin de cuentas no son importantes. Aída ha encontrado inexactitudes e incluso tergiversaciones que los demás, desde una posición más alejada, no detectamos. Como lector y amigo de Hernán, tampoco me parecen importantes. Lo que trasciende es el dolor de la pérdida. Al final, Celorio señala: “Estas palabras han sido mi duelo durante cuatro meses. Las he escrito para prolongar un poco tu vida”.

III. Un viaje a Alejandría

Hernán y yo habíamos planeado visitar Alejandría, la ciudad de nuestro amado Cuarteto…. la ciudad de Melisa y Darley, de Justine y Pursewarden, de Clea y Amaril. Algún día haré ese viaje, solo, con la familia de Hernán o con mis hijos Diego y Francesca. Ese día sé que Hernán estará a mi lado y juntos veremos el lago Mareotis, donde estuvieron a punto de asesinar a Justine “ojos como luciérnagas en la noche”…

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